Analogías inevitables


Es inevitable. Al ver la primera rueda de prensa concedida desde Julio del año pasado por el ahora presidente electo de EUU, no se puede evadir la analogía con aquellas conferencias de prensa de Chávez: (auto)culto a la personalidad, negación de todo hecho o análisis distinto a lo que le indica la realidad en la que vive el personaje, (auto)referencias a él mismo en tercera persona, negarse a contestar preguntas de comunicadores representantes de medios que le son incómodos o no le son afines, burla e insulto como instrumento de ataque y división social, chistes de muy mal gusto, ignorancia general en materia geopolítica. En fin…

Los admiradores que Trump tiene en Venezuela seguramente percibirán esa analogía, aunque lo nieguen, o incluso aunque lo acepten, pero con la distinción de que allá las instituciones son mucho más sólidas de lo que eran –y son- en el país de Chávez, y por tanto el abordaje de Trump a la realidad y al mundo de la prensa solo es una cuestión de estilo…ya veremos lo que pasará con la Corte Suprema norteamericana, o con la Fiscalía con la joyita que nombrarán para dirigirla…

En otras palabras, todo lo que valía para valorar negativamente a Chávez, ahora no vale para hacerlo con Trump: la megalomanía, la mitomanía, la inmensa necesidad de sentirse admirado y sobre todo querido, la manía de ponerlo todo en banco o negro, de extremar las diferencias al punto de que el resto ya no es un adversario sino un enemigo, en un entorno donde le es vital ir midiéndose a cada rato para confirmar su condición de macho alfa.

Los parecidos son demasiados, infortunadamente no solo con Chávez, sino con otros personajes que han resultado nefastos para la Humanidad, porque al final de todo, al margen de las competencias y aptitudes que alguien tenga como gobernante, la felicidad de su prójimo depende fundamentalmente del carácter de quien gobierna.

Y visto lo visto, el carácter irascible mostrado en el primer contacto real con la prensa, no anuncia nada bueno ni para EEUU ni para el resto del mundo, en unos tiempos donde el ser guapetón de barrio se pensaba que era un rol ya relegado para las autocracias, como la rusa o la turca, o donde las formas y los buenos modales chinos, japoneses o alemanes, al margen de sus pretensiones como potencias, han sido fundamentales para mantener cierta paz en el planeta, a diferencia de los desplantes del actual primer ministro israelí, cual clon en menor escala de Trump, para desgracia de la única democracia real en aquella región.

La analogía Trump-Chávez puede parecerle algo fuerte a los trumpistas venezolanos con alma sensible, y por tanto podríamos cambiarles a Chávez por Berlusconi. Al final es lo mismo: un país gobernado por un autócrata a quien las instituciones poco a poco se van rindiendo a sus caprichos, como la Corte Suprema, TSJ -o como se llame en cada país- para revertir derechos y libertades consolidadas, el congreso o parlamento amigo para aprobarle sus locos nombramientos y para arrodillársele cuando le pida poderes especiales, y los medios de comunicación independientes, sometidos a una enorme presión que pone en peligro su supervivencia como tales, a cambio de silencios cómplices o directamente de opiniones favorables.

Al final es lo mismo: un presidente que hace lo que le venga en gana con el aplauso de incautos y cínicos, y que actuando de acuerdo a la Ley y su constitución –aún haciéndolo en esas inevitables zonas grises de todo texto legal-, gradualmente las va vaciando de su espíritu. Un ejemplo inmediato lo tenemos en la cesión que hizo Trump a su hijo de todas sus empresas, algo que es legal, pero que todos sabemos no se corresponde con el espíritu en materia de prevención de conflictos de intereses con la que se redactó la respectiva ley.

Y eso es solo el comienzo.

Curiosamente, refiriéndonos ahora a los admiradores de Chávez que siempre insistieron –e insisten, como el Podemos español- sobre lo impecablemente democrático que eran sus elecciones y reelecciones, o las de Maduro y Daniel Ortega, ahora ellos son los primeros en cuestionar esa virginidad democrática con la que se eligió a Trump. Ahora nos vienen con lo del colegio electoral que escoge al Presidente en segundo grado, cuando lo natural sería hacerlo directamente en la elección universal –mecanismo por el que habría ganado Clinton…aunque tampoco habría sido como para tirar cohetes para festejarlo.

Puestos contra la pared, ya que los argumentos son contundentes, a algunos de estos admiradores internacionales de la revolución bonita solo les resta decir que siendo Venezuela un país de importancia muy relativa en comparación con el papel de potencia y centinela norteamericano, el que Chávez o Maduro gobiernen esta ahora república bananera –sin bananas, por la política agropecuaria del chavismo-, no es tan grave en comparación a si ese fuere el caso en EEUU, cargándose con ello todo el sufrimiento de los venezolanos durante estos 17 años. En fín…

En cualquier caso, tanto los intelectuales de la izquierda chavista internacional, como los de la derecha neoliberal, saben que los tiempos que se avecinan son borrascosos, y mientras unos ya escarban en el basurero de su argumentario cómo justificar la megalomanía de Chávez y censurar la de Trump, lo otros buscarán la manera de seguirse enriqueciendo groseramente a cuenta de las libertades y la salud de sus compatriotas.

La lección que los pueblos se empecinan en no aprender es que se puede ser militar, gerente o empresario exitoso, al igual que abogado o médico, dentista o ingeniero, más no necesariamente esas son credenciales para ser un legislador o gobernante cabal –entendiendo como tal a alguien sensible, orientado al bien común, capaz de aprehender la complejidad de la sociedad y el Estado contemporáneos, y con la visión adecuada para abordar su realidad concreta.

Porque ser político no es ni un oficio ni una profesión, sino una combinación de vocación de servicio, formación profesional, sensibilidad humana, experiencia con grupos humanos para aprender los procesos de transacción y consenso, y sobre todo un profundo apego a la Ley. Y ese no es el caso de estos personajes, a los cuales, lamentablemente, millones de analfabetos funcionales los eligen y reeligen sin pensárselo dos veces. Y mientras ni pueblos ni quienes desean dedicarse a la política lo comprendan, nunca habrá alternativas decentes a la gentuza que audazmente ocupa el poder.

Demasiadas analogías de esta clase, entonces, hay ya en estos tiempos, sea en países democráticos como en los que no lo son, como para dormir tranquilo.

Es lo que hay.

Hermann Alvino

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