Analfabetas (in)funcionales


¿Cómo es posible que un pueblo culto y refinado como el italiano haya aceptado ser gobernado durante varios años por un tracalero medio ignorantón, y además putero, como Berlusconi?

¿Cómo explicar que un pueblo como el español, que poseyó un imperio, y cuyos habitantes desde siempre rebosan talento, vote por partidos corruptos y por presidentes de gobierno intelectual y profesionalmente tan mediocres como Aznar, Rodríguez Zapatero y Rajoy?

¿Cómo justificar que el pueblo argentino, rápido de reflejos culturales, y con una educación formal de nivel europeo, se haya fanatizado durante generaciones por algo llamado peronismo?

Preguntas similares pueden formularse para los otros pueblos con altísimo nivel cultural, a diferencia de aquellos países donde la pobreza, la corrupción extrema de sus gobernantes, el colonialismo, la esclavitud, o las guerras, han impedido acuerpar esa masa crítica mínima de gente escolarizada, requisito supuestamente indispensable para disponer de paz y prosperidad. Así mismo, ¿no es impensable que a estas alturas del progreso humano y de la sociedad de la información, en el país que desde hace casi un siglo domina al planeta, haya millones de ciudadados capaces de votar a Trump?; y para que estas líneas no respondan a un sesgo ideológico determinado, también podríamos preguntar ¿cómo comprender que la señora Clinton haya podido ser candidata, o Bush hijo haya sido presidente durante dos períodos, un actor de cine ignorante como una perdiz haya sido presidente también durante dos mandatos, otro actor de cine fuera gobernador del estado de California -cuyo producto territorial bruto está entre los diez primeros del mundo-, y un campeón de lucha libre gobernador de Minnesota?. Y por supuesto que acá también cabe la pregunta ya esterotipada de siempre, esto es, por qué un pueblo culto como el alemán aceptó con entusiasmo al nazismo, y a su líder desequilibrado Hitler.

Este comportamiento suicida de los pueblos podría deberse al hartazgo que en determinado momento hace que la gente defenestre a como dé lugar a sus gobernantes, llevándose por delante a todo el sistema político; una opción comprensible cuando durante mucho tiempo ese pueblo ha estado autoconvenciéndose de que no había otro camino. Total, dicen, ya tocamos fondo, y erradamente piensan que será imposible estar peor, aunque la realidad enseña que siempre se podrá estar peor, y más cuando el vector con el cual el pueblo pulveriza su sistema político es un demagogo disfrazado de demiurgo, un farsante cuyo único objetivo es alcanzar un poder que en condiciones normales de ciudadanía jamás lograría.

Pocas veces el salvador de la patria ha sido un autócrata benévolo y honrado, además de gerente efectivo y visionario, y un guía con la mano dura pero afectuosa de un pater, como rarísimo es ver que luego de un tiempo razonable ceda el poder mediante elecciones libres, porque en su proyecto real casi nunca hay nada de benevolencia, ni agenda para el bien común.

Sin embargo, dado que ese hartazgo y comportamiento de la gente es idéntico tanto en países desarrollados como en los más pobres, se requiere de una respuesta alterna o complementaria, la cual podría derivarse del nivel de analfabetismo funcional, un mal social que aún en este siglo XXI está muy difundido en porcentajes sorprendentes, en todas partes, con millones de personas leen y escriben bien, pero son incapaces de comprender algo más que una simple frase acertiva.

Sus causas son variadísimas, pero todas convergen a la naturaleza misma de los sistemas educativos y al entorno multimediático que desde hace décadas nos rodea a todos cercenando la reflexión serena. Contra ésta conspira también la cantidad y velocidad con que nos bombean información a nuestro cerebro; por ejemplo, luego de ver noticiarios durante unos minutos, se es incapaz de recordar toda la retahíla de datos; lo mismo pasa con las pausas publicitarias de la televisión y la radio, lanzadas a repetición sin siquiera un milisegundo entre cada una, para que al final terminemos con la mirada vaga y alienada, y los oídos sordos.

Nuestro cerebro no puede aprehender a plenitud la cantidad de estímulos que recibe a partir de una interacción social que crece exponencialmente, y como las exigencias sociales y laborales lo obligan a abarcar lo máximo posible, pues nos autoengañamos cubriendo más terreno, pero sin profundidad. De ese abordaje solo obtenemos superficialidad y frivolidad, y si la reflexión no se practica desde muy jóvenes, el futuro como analfabeto funcional estará asegurado. Por ello, tal vez el camino directo a éste sea el tipo de educación contemporánea al que se somete a los niños y jóvenes, unido a la sobreprotección de sus padres y maestros, que suponen que el mundo real será tan complaciente como ellos y le dará todo predigerido, cosa que en efecto ocurre, pero respondiendo a intereses corporativos y políticos muy distintos a los de la gente común.

Vivimos en un mundo con millones de analfabetas funcionales, incapaces de razonar sobre su propio destino, mientras aplauden entusiastas las estupideces que los medios audiovisuales les presentan, cuales conceptos instantáneos frente a los que, aún queriendo desarrollarlos un poco más, sería imposible…porque a continuación viene la publicidad.

Por supuesto que toda la basura con la que se ha envenenado la mente de tantas personas se repotencia en las redes sociales, donde al insulto banal se le unen bulas con fotos de esqueletos de gigantes humanos alienígenas, y las curas más hilarantes para el cáncer o el mal de amores.

En Europa se estima que hay unos 70 millones de analfabetas funcionales –ver https://goo.gl/C0CCvz-, aunque los italianos son algo más severos consigo mismos, indicando que allí viven unos 35 millones con esa limitación –ver https://goo.gl/rDlDTz. En España los datos periódicos del informe PISA sobre el estado de la educación formal de países OECD son simplemente inaceptables –uno de cada tres alumnos, por ejemplo, repite curso, https://goo.gl/xQsTOl-. Las historias sobre la bovina ignorancia del norteamericano común son conocidas por todos: desde no saber reconocer su propia ciudad en un mapa, hasta las gaffes presidenciales más escandalosas, junto a la aquel vicepresidente Dan Quayle, quien lamentó no haber estudiado Latín para conversar con la gente durante su visita a países de Latinoamérica –https://goo.gl/xQsTOl-, o peor aún, las de un marine en plena guerra de Vietnam, a quien un soldado mexicano le ofreció un tamal y comenzó a comérselo con el envoltorio, hasta que su colega le indicó que había que quitarlo para entrarle al bollito –ver https://goo.gl/qXQybG

Por supuesto, el analfabeta funcional ni sabe que lo es, ni aceptaría esa realidad si se llegara a enterar; ello es lo que explica por qué un país que considerábamos había superado cierto umbral de civilidad, durante la democracia prechavista fue capaz de elegir y aplaudir a legisladores y gobernantes cuyo comportamiento indecente sobrepasó todo límite, y como luego fue capaz de escoger como guía a un militarejo corrupto e ignorante.

Obviamente que en la Venezuela del chavismo hay muchos más analfabetas (in)funcionales que nunca -incluso en la MUD-; y si así anda el mundo supuestamente civilizado y desarrollado, entonces cuando Cabello afirma que hay chavismo para rato –https://goo.gl/xHF469– pues no le falta razón, porque a estas alturas de la degeneración de la patria, los analfabetas funcionales han pasado a ser los maestros de quienes deberían ser el futuro del país.

A lo mejor todo esto, al menos con relación al mundo desarrollado, es causado por demasiado bienestar material, un factor que induce a la pereza mental. Quien sabe; tal vez aquellos que piensan que la inevitable solución a estas cosas es que de vez en cuando haya un evento al cual los analfabetos funcionales recibirían como siempre lo han hecho -esto es, con inmenso entusiasmo-: una mega guerra que devuelva a los supervivientes el sentido del valor de las cosas, para así empezar todo de nuevo.

Tengan o no razón, el peligro que implica la cercanía de los analfabetos funcionales con gobernantes desequilibrados está a la vista, y Venezuela es una prueba más de ello.

Hermann Alvino.

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