El alzhéimer cívico de Venezuela.


-Hace unos 30 años algunos venezolanos tuvimos la oportunidad de ser invitados por el National Democratic Institute de EEUU como observadores electorales en Haití. Eran años donde realizar una elección presidencial más o menos libre en ese país no era precisamente un evento frecuente, por lo que todas las delegaciones invitadas se tomaron muy a pecho su trabajo, algo que a la postre resultó inútil, puesto que a las pocas horas de terminado el proceso, hubo otro golpe de Estado…

– Entre el material de propaganda invitando a votar, y de alguna manera ilustrando la importancia de esa decisión, había un afiche que explicaba las semejanzas entre el practicar la democracia y el andar en bicicleta, algo que entre las figuras del caso se resumía en tres frases:

1- La democracia es como andar en bicicleta; esto es, que es uno mismo quien tiene que aprender a conducir el velocípedo, algo imposible de hacer por cuenta ajena.  El ser demócrata ciertamente puede enseñarse, pero también exige aprender.

2- La democracia es como andar en bicicleta, puesto que una vez que se aprende a hacerlo jamás se olvida; lo cual es cierto, porque donde la democracia se ha perdido, apenas se restituyen las libertades la gente, más rápido que tarde, vuelve a practicarla.

Y por último:

3- La democracia es como andar en bicicleta, puesto que si uno se distrae, se cae, porque si ciudadanos y gobernantes se descuidan, siempre se termina perdiendo la libertad.

– Visto así, pues todo parece muy lógico y coherente; pero las cosas fallan en lo referente al olvido mencionado en la segunda frase, ya que para olvidar alguna cosa, o forma de vida, primero hay que conocerla a fondo, y haberla vivido y practicado, en virtud de que no puede olvidarse lo que no se conoce.

– De manera que así surgen dos formas para juzgar a un pueblo, la primera, más benévola, para aplicarla cuando éste es ignorante de antemano sobre la vida en democracia, y sobre los valores que la sustentan, mientras que la segunda, más severa, está destinada a los pueblos que, conociendo a plenitud dicha forma de vida y de organización social, adrede la olvidaron.

– ¿A cuál de éstas categorías de juicio pertenecía aquella Haití de hace tres décadas? Evidentemente que a la primera, puesto que allí, para entonces, la democracia contemporánea aún no había podido abrirse camino –ha sido solo durante los últimos 15 años cuando de alguna manera en ese país los valores democráticos han comenzado a abrirse paso, lentamente. Y falta tanto por andar.

– Pero…¿y a cuál de éstas categorías de juicio pertenece la Venezuela actual, a la que nunca conoció la democracia, o a aquella a quien se le olvidó lo que ésta era, y debe ser?

-Todo indica que pertenece a ambas, porque por un lado, luego de casi veinte años de chavismo, no se le puede pedir a los jóvenes nacidos en la década de los 90, e incluso de los 80 del siglo pasado, que conozcan de qué se trata la vida en democracia, ni cuáles son las instituciones que la hacen posible mediante el comportamiento adecuado de ciudadanos, legisladores y gobernantes.

– Así mismo, el país pertenece a la segunda categoría, esto es, la del olvido, donde podemos incluir a todos aquellos que, conociendo más o menos cómo era la democracia prechavista, con sus imperfecciones y fallas espirituales que la llevaron al suicidio, simplemente olvidaron su lado bueno, y la forma como un gobernante debe relacionarse decentemente con su pueblo. Ello no solo se evidencia en el tipo de reclamo político que en general hace el venezolano de a pie –al margen del hambre y el resto de penurias creadas por el chavismo-, sino en la forma misma cómo los partidos opositores la practican –es un decir…- hacia dentro de sus respectivas estructuras.

– Sobre este desconocimiento, por una parte, y desmemoria por otra, es que recientemente han aparecido dos escritos importantes para tenerlos siempre como referencia, y que han dado la idea de fondo para este post. El primero reseña una entrevista de Hugo Prieto en el medio digital Prodavinci a la escritora Ana Teresa Torres, quien entre muchas reflexiones importantísimas, dejó una que resume el tema acá presentado, cual es: La democracia se va convirtiendo en una reliquia, en un recuerdo de las personas mayores…Un recuerdo, una memoria, que tenía tu papá, que tenía tu abuelita. –ver http://prodavinci.com/2017/10/15/actualidad/ana-teresa-torres-la-democracia-no-puede-ser-un-recuerdo-de-la-abuelita-por-hugo-prieto/

El otro conjunto de reflexiones nos lo ofreció Juan Carlos Rubio Vizcarrondo en su escrito  El Quiebre del Olvido -ver https://www.analitica.com/opinion/el-quiebre-del-olvido/-, en el cual, basado en las loqueras que en este país  se han sucediendo sin pausa desde que el barinés tomó el poder, Rubio afirma que no debería extrañar que tantos venezolanos prefieran al olvido que a perder la cabeza...al tiempo que apunta que solo el recuerdo puede salvarnos de la miopía que nos ha llevado hasta este instante.

– Sin duda que si hay (buena) memoria los pueblos pueden ser capaces de recuperar ese espacio de ciudadanía llamado democracia, al menos cuando se les presente la oportunidad de hacerlo. Pero esa memoria, como se indicó anteriormente, solo puede ser disponible si se adquiere previamente el conocimiento cívico del caso, y fue por ello que Chile, luego de aguantar los abusos y el latrocinio de Pinochet et all, al caer esa dictadura volvió rápidamente a practicar una democracia impecable, algo que no ha sido posible durante la Argentina gobernada por los Kirchner, puesto que antes de las dictaduras que precedieron la democracia que renació luego de la última Junta Militar, tampoco había democracia plena, y la poca que había no podía ser recordada, porque fue hace tanto tiempo que ya mucha gente con memoria había fallecido. Lo mismo puede decirse de Rusia, porque allí simplemente nunca hubo democracia como tal, ni siquiera en el ínterin parlamentario de los meses previos a la toma del poder de los Bolcheviques. Y por supuesto, lo mismo puede decirse con relación a México, a Bolivia, o a Ecuador, y con mucha más tristeza, a Nicaragua, Honduras, y Cuba.

– La desmemoria que diluye todo recuerdo de cómo es una democracia, es un proceso inevitable cuando los regímenes duran décadas. Solo países excepcionales, disciplinados, que atienden su pasado con esmero, y con algo de suerte, como puede ser la Alemania que amaneció luego de los años del nazismo, son capaces, más rápido que tarde, de rescatar esos valores y practicarlos para bien de sus ciudadanos; algo que ni los españoles, ni los italianos, al ver los escándalos y abusos que se cometen impunemente en esas democracias parlamentarias y bien consolidadas, han sido capaces de resolver, como tampoco los polacos, húngaros y checos. Un reto que a su vez estará vigente en los EEUU, para saber si sus ciudadanos serán capaces de retomar ciertas prácticas democráticas luego del vendaval Trump, quien exuda ordinariez, y ganas de entrarle al poder judicial para apartar todo impedimento a los obvios conflictos de intereses que lo caracterizan como Presidente y empresario poco escrupuloso.

– No es entonces solo el drama económico lo que habrá que abordar cuando el chavismo se despida de esta (mala) Historia patria, sino primordialmente el cultural, algo que olvidan por completo los expertos y académicos, tanto nacionales como de las mejores universidades del planeta, que se la viven reflexionando y apuntando recetas muy concretas -y certeras.

Porque después de todo, las referencias para rescatar una economía destrozada están en los libros y en el sentido común de legisladores y gobernantes, mientras que el camino (olvidado) hacia la democracia solo pasa por un pueblo dispuesto a practicarla. Y cuando esa práctica se olvida, el alzhéimer cívico se hace irreversible.

Hermann Alvino

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