Los tres enemigos de la democracia: 1- El dinero.


La democracia contemporánea se enfrenta a tres enemigos formidables, como son el dinero, el fundamentalismo religioso, y la ignorancia.

1- Por dinero entendemos que solo quienes disponen de enormes bienes de fortuna pueden tomar el mando de un país; en este sentido resalta el hecho que quienes defienden a la democracia, siempre se ciñen a que ésta permite a la gente participar mediante el voto en la configuración de su destino –dejemos aparte las versiones de democracia de voto censitario, étnico, de género y religioso que había hasta mediados del siglo XX, puesto que en la actualidad el voto universal y directo de cada persona, independientemente de sus creencias, sexo y riqueza es ya común en todo el planeta-; así mismo, alaban a la democracia como un mecanismo que permite la alternancia pacífica de poder, contrastándola con tantos asesinatos y golpes de Estado al estilo  “quítate tú, pa’ ponerme yo”.

– Sin embargo, muy pocas veces se habla de la dificultad de participar políticamente en una democracia como candidato a algún cargo de elección popular, porque la realidad es que para ocupar parte importante del tiempo en ganar voluntades, y en difundir las ideas mediante técnicas de marketing político eficaces, se requieren muchos recursos materiales y financieros.

– Por tanto, la democracia bien puede vanagloriarse por abrir las puertas a la participación ciudadana, para que periódicamente se generen alternativas de poder relativamente serenas, pero persiste el hecho de que si alguien pretende encarnar alguna de esas alternativas, deberá tener mucho dinero.

– Por supuesto que se puede argumentar que quienes han desarrollado una carrera profesional o empresarial exitosa, o que desde los cargos de representación que han ocupado se proyectaron como dirigentes o líderes que agregan valor a la gobernanza, casi siempre pudieron consolidar una plataforma económica muy sólida, y una red de apoyos financieros, para abordar el objetivo último de ser electos en algún cargo de relevancia nacional, o regional. Ello ha sido así en las versiones europeas de democracias parlamentarias, así como los sistemas presidencialistas latinoamericanos.

– Pero por otra parte, y a favor de esos países, el ascenso hacia el poder también ha sido posible para mucha gente humilde, sin patrimonio familiar, que a base de esfuerzo y talento se abrió paso entre la enorme maquinaria del Estado. El caso venezolano no escapa a la benevolencia de esta versión de la democracia, puesto que ningún presidente del país entre el período 1959-1999 disponía de bienes de fortuna importantes –incluyendo al mismo Chávez-, al menos antes de llegar al poder, algo que igualmente fue cierto para la mayoría de nuestros legisladores, alcaldes y gobernadores.

– Es interesante además resaltar que el dinero es una condición necesaria, más no suficiente, al menos en Venezuela, y prueba de ello es el reiterado fracaso político de notables empresarios industriales y de medios de comunicación, quienes nunca fueron capaces de superar el simple umbral conspirativo de desprestigio a la democracia, ni mucho menos de ganar alguna elección política fuera de su ámbito concreto de actividades.

– Esta variante de democracia, quien sabe si por la misma importancia que sus mismos fundamentos teóricos le dieron a la existencia de un Estado de Bienestar relativamente sólido y funcional, constituye una versión mucho más abierta que la versión norteamericana, dentro de la cual no caben candidatos pobres, puesto que luego de dos siglos de experimentación social, en ese laboratorio electoral que es EEUU, donde se ha impuesto la riqueza personal como requisito tanto para ser candidato como para ganar cualquier elección, la presencia de outsiders exitosos, más no ricos de antemano, como Obama, es muy rara, y posible solamente en circunstancias muy particulares. En este sentido, la democracia de EEUU no es un ejemplo exportable de valores de convivencia y solidaridad.

– Pero el detalle es que habiendo sido EEUU durante casi un siglo la potencia dominante en Occidente –centena que se cumplirá el próximo año, aniversario del fin de la Primera Guerra Mundial-, el filtrado al resto del mundo de esa forma de concebir y consolidar la democracia ha sido inevitable, y de allí, dentro incluso de la ola neoliberal que todo lo privatiza, el financiamiento del Estado a la actividad partidista y electoral, concebido para prevenir desigualdades, es una opción remota a la luz de la austeridad que se ha querido imponer en las finanzas públicas, porque los neoliberales, se sabe, aborrecen al Estado –salvo cuando les conviene para formalizar leyes oportunistas para sus intereses-, y como democratizar a la democracia –valga la frase- implica financiarla, pues eso no está en su agenda.

– Por tanto, la tendencia actual es que organizaciones y candidatos se las arreglen privadamente, en una dinámica que lejos de integrar los diversos intereses de la población en general, inevitablemente converge en la defensa de los intereses del gran capital, representado políticamente por los candidatos que logran salir electos en virtud de ese financiamiento.

– A estas alturas de la presidencia de Trump, es lícito preguntarse si realmente él creía que iba a ganar las elecciones, o simplemente optó por ser candidato como una inversión publicitaria para su marca, la cual impulsada por la lógica difusión de su imagen mediante una campaña presidencial, cobraría más impulso en aprovechar ulteriores oportunidades para hacer buenos negocios –dicho sea de paso, es a partir de esos sus negocios inmobiliarios en Rusia, que podría explicarse el súbito interés de Putin en el triunfo de Trump, algo que no habría pasado por la cabeza del ruso si éste no se hubiese lanzado como candidato.

– Con Trump entonces, se confirma la tendencia actual de ser rico como condición necesaria para abordar a la política con alguna posibilidad de éxito. En ese mismo país sucedió con Kennedy, Carter, Bush padre e hijo, Clinton, y en parte con Reagan, siendo Nixon y Obama excepciones relativas, puesto que ellos también eran ya parte del statu quo político. Por otra parte, si vemos quienes perdieron las primarias candidaturales, se confirma que casi siempre ganaba el que tenía más dinero a la mano.

– Pero si en la presidencia de EEUU tenemos esas pocas excepciones presidenciales, cuando se trata del Congreso éstas prácticamente desaparecen del todo, porque allí, para ser candidato sí se requiere disponer de inmensas fortunas, algo que tampoco es ilegal ni inmoral, pero que sí traza una frontera de exclusión para resto de la gente de ese país, una línea que poco a poco también se ha ido haciendo más nítida en el resto de las democracias occidentales.

– Por eso es que para borrar en gran parte ese límite discriminatorio es que en muchos países no es lícito el financiamiento privado de las campañas electorales, sino que éste debe estar sujeto al del Estado –el reparto de dinero de acuerdo a criterios de fuerza política de cada organización es otro asunto, si bien polémico- , y ha sido gracias a esta manera de concebir la democracia, que en Venezuela ha sido posible que mucha gente talentosa, pero sin este volumen de recursos a la mano, haya podido ser electa para aportar valor a la gobernanza. Hablamos por supuesto de la democracia prechavista, porque hablar de estos asuntos durante el ciclo chavista no es menester por el simple hecho de que a partir de 1999, en el país no ha habido una democracia real.

– Probablemente muchos verán que este financiamiento del Estado, por el mero hecho de tener un techo, abre la puerta al financiamiento ilegal de las campañas, esto es, dinero del cual no se puede justificar su proveniencia y que se utiliza para el marketing político; después de todo, al igual que cuando alguien vive por encima de sus posibilidades todos se percatan de ello, también los partidos políticos se delatan cuando realizan actividades que a todas luces no les sería posible abordarlas con los recursos legalmente disponibles. Es evidente que el financiamiento ilegal existe, pero si lo consideramos un mal menor a cambio de permitir una mayor cantidad de opciones políticas para el ciudadano, lo que debe hacer el Estado es refinar los mecanismos de control para minimizar ese daño.

– Una última observación con relación al poder del dinero es que en una democracia no se trata de ser rico para tener éxito en la política, sino de que mediante dicho dinero se puede condicionar a la opinión pública de tal manera que ésta termina por creer que lo que le dicen es cierto. El dinero entonces es el instrumento obvio para lograr el objetivo de captar votos, y sin éste no hay ninguna posibilidad, ni de ser conocido como candidato, ni de dar a conocer sus idear –falsas o genuinas-, liquidando así muchas opciones políticas que podrían haber sido mucho más útiles a la sociedad que la basurita que ésta, condicionada por tanto mensaje embrutecedor, se ha empeñado en elegir para que la gobiernen.

– Superar entonces el escollo de la pobreza para intentar ser agente de cambio con proyección amplia es muy dificil, y solo algunos lo logran, aunque claro está, una vez dentro es inevitable que se organicen para disponer de esos recursos que originalmente no tenían. Después de todo está la misión de ser reelecto…

Hermann Alvino

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