Chavismo y revolución (4): el chiquero


Seguramente muchos conocedores de algo de historia patria habrán asociado la reciente agresión del malandraje chavista a la Asamblea Nacional, con aquella enorme reyerta que se armó el 24 de Enero de 1848 en el entonces Congreso venezolano. En aquella oportunidad se trató de un cruce de intereses existenciales entre los liberales de Monagas y los conservadores de Páez –ambos términos muy relativos, considerando los líderes de aquellos partidos-, que derivó en señales erradas y en una comedia de equivocaciones que a su vez conllevó a que los conservadores que controlaban el parlamento, y que se habían propuesto juzgar al presidente Monagas por traición a la patria -una excusa para defenestrarlo, dado que éste no había cumplido ciertos términos de clientelismo muy importantes para los paecistas-, rodearan la sede parlamentaria con decenas de civiles armados, lo cual, dentro de una ciudad ávida de rumores y experta en distorsionarlo todo, provocó a su vez la reacción de los adversarios, para que al final se armara una pelotera gravísima, puesto que costó varias vidas.

Entre las frases que pasaron a la historia venezolana está por supuesto la de no peleo enchiquerao, pronunciada por el médico barinés Dr. Miguel Palacio Fajardo –de Mijagual, para más señas, cerca de ese río Masparro que de vez en cuando inunda esa villa, como testimonio del abandono del mismo Chávez hacia su propio terruño.

La frase, sin embargo, hay que ponerla en contexto, esto es, que en plena reyerta, mientras el diputado José María Rojas le ponía un puñal en el cuello al Secretario de Interior y de Justicia Tomás Sanabria –que había ido al congreso para entregar el mensaje anual del presidente Monagas-, el diputado Julián García le disparaba al mismo Sanabria, pero sin atinarle, gracias a un manotazo oportuno del, a su vez diputado, Lossada. Fue durante ese episodio –cuentan- que un futuro arzobispo, pero que para entonces era solo un estudiante, Antonio José de Sucre –no el prócer, ya muerto para entonces-, le grita al presidente del Congreso Miguel Palacio Fajardo –nuestro barinés en cuestión- manténgase en su sitio y muera como un romano, a lo que Palacio le respondió, para pasar a la Historia, con aquello de no soy romano, soy llanero de Mijagual, y no peleo enchiquerao.

Por supuesto que habría que detallar un poco más sobre todo esto, como por ejemplo las razones por las que Sanabria se hallaba aún en la Cámara de Diputados -antes de pasar a la del Senado-, tiempo durante el cual se dio pie a la especulación callejera de que se hallaba allí secuestrado, catalizando la movilización de partidarios del Monagas y los eventos que le siguieron.

Pero ello es otra historia, por ahora baste con recordar que nadie está realmente seguro de la frase exacta de Palacios, y hasta hay versiones de que habló de forma más elegante, algo improbable porque, sin desmerecer la educación de los barineses con buena formación, en una situación así cualquier llanero se expresaría de la manera más similar a la de la sabiduría popular de su terruño.

Al margen de la frase exacta, lo que sí es seguro es que el chiquero estuvo en ella, probablemente en la conjugación de participio pasado, que justamente se corresponde con enchiquerao.

En el Diccionario de la lengua española, el chiquero se define como:

  1. m. pocilga (establo para ganado de cerda).
  2. m. Cada uno de los compartimientos del toril en que están los toros encerrados antes de empezar la corrida.
  3. m. Ext. Choza pequeña en que se recogen de noche los cabritos.

En la primera definición entonces, enchiquerao sería una metáfora del presidente del Congreso sobre las circunstancias políticas y físicas lamentables en que todos estaban siendo succionados durante el episodio descrito; a su vez, la segunda y tercera defición sugerirían que el congresista se refería a que esas circunstancias le impedían físicamente moverse a plenitud, y que por tanto no tenía mayor sentido dar una batalla prácticamente amarrado.

Cambiando de siglo, cuando el coronel Lugo, en labores de servicio y armado, se salta doblemente la Ley agrediendo a un ciudadano indefenso y sin razón alguna, siendo éste además el Presidente de la Asamblea Legislativa, o sea el dueño de la casa, y por tanto el jefe del militar dentro de dicho recinto, ese doble delito, cuando se  asocia con la ausencia del mismo Lugo durante la invasión a la AN y la salvaje agresión chavista a sus parlamentarios, delata la degeneración de las fuerzas armadas por la pasividad mostrada durante ese episodio, además de la misma poca hombría de Lugo, quien es guapetón de barrio con un civil que le abordó de manera educada y tranquila, pero cobardón cuando se trata de cumplir con su deber de reprimir a los malandros y asaltantes para proteger el recinto del que él mismo afirmó aquello de que “yo soy el Comandande de la Unidad”. Ya le tocará estar en una cárcel con delincuentes comunes a ver si es tan bravo.

Para ese militar a quien cualquier militante de un partido de izquierda del planeta catalogaría como gorila –el chavismo ya sabemos que no es de izquierda, sino una variante sociopolítca del fascismo-, seguramente le es más fácil tutear y apuntar con el dedo a la cara al Presidente de la AN que apuntar con el armamento que la República le ha consagrado a quienes agreden a la institución que representa la voluntad popular.

Hay peleas que no se deben cazar, no tanto porque de ellas no se puede salir victorioso, sino porque simplemente hay un orden y una ética institucional que no debe pisotearse, y nuestro coronel lo hizo, aunque seguramente no haría lo mismo con su comandante natural fuera de la AN, un general sobre la línea jerárquica a la que está adscrito, ni le apuntaría con el dedo a Padrino López, ni le levantaría la voz al comandante de las fuerzas armadas, que guste o no, es el fraudulentamente electo presidente Maduro.

Seguramente Lugo diría lo mismo que aquel llanero de 1848, esto es, que no se debe pelear estando limitado, ya no físicamente como en aquel lance del siglo pasado, sino jerárquicamente, porque por más que Maduro lo haya condecorado hace una semana, iría preso, algo que ya debería hacer sucedido si la Fiscalía –o sea Ortega Díaz, ¿la recuerdan?-, hubiera oportunamente actuado por oficio con relación a los múltiples crímenes –ya no delitos- que se le atribuyen a este señor, como el maltrato a mujeres y a periodistas, corrupción por tráfico de barras de oro, secuestro de los hermanos Faddul.

Obviamente, luego de casi 160 años, el sucesor de Palacios como Presidente de la AN tampoco pelea enchiquerao; a Borges, no llanero sino caraqueño, y tal vez más parecido a aquellos romanos que su antecesor barinés, perfectamente se le pueden aplicar las definiciones 2 y 3 del Diccionario: no se puede pelear ni amarrado ni en condiciones de desigualdad física.

Pero la primera definición de chiquero, tal y como la entiende todo el mundo, cual es donde se revuelcan los cerdos en sus propias excrecencias, sí se aplica unívocamente al coronel Lugo, quien no pelea enchiquerao contra esos malandros justamente porque él es uno de ellos. Al igual que se le aplica al diputado Diosdado Cabello, incapaz de defender su propia investidura, porque al afirmar en su programa que Lugo “debió meterle una sola mano para que respetara” –a Borges-, confirma una vez más su proveniencia de ese mundo de porquería espiritual que construyó Chávez, una pocilga en la cual también parece gozar retozándose en ella la hijita millonaria de ese barinés que haría resucitar de la rabia a su paisano mijagualeño Palacios, luego de que esa joyita llamada Maria Gabriela Chavez, cuya fortuna en bancos del imperio y en Andorra se estima en 4200 millones de dólares, refiriéndose a Borges, tuiteara eso de que Pa’ que respete, pues!!!

Ese es pues el verdadero chiquero: Maduro, Cabello, Cilia, Ortega Díaz, las rectoras del CNE, el TSJ –con su actual presidente y la anterior joyita-, el Poder Moral, la Contraloría, Pedro Carreño, Freddy Bernal y Barreto –organizadores de colectivos delincuentes-, los hermanitos Escarrá, los embajadores de la vergüenza antes de Delcy, la misma Delcy y su hermanito sicópata, Arias Cárdenas, casi todos los integrantes de las fuerzas armadas y policiales, Aristóbulo, Carmen Meléndez -protectora de Lugo-, Jacqueline, Rafael Ramínez, Chaderton, junto a muchos ex ministros como Giordani, y politólogos como Nícmer Evans, los asesores españoles, los colonizadores cubanos, los bolichicos, y uno que otro cómplice opositor que se enriqueció y ahora anda vociferando, pero con moderación -no vaya a ser que lo delate el marido de la Fiscal o alguno de esos socios revolucionarios con los que ha convivido-, los padres, los hermanos y las hijas de Chávez…y muchos(as) más.

Porque el legado de la revolución bonita es justamente eso: un chiquero (primera definición…)

Hermann Alvino

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