Chavismo y revolución (3): el bravo pueblo


– Dentro de pocos días se cumplirán 30 años desde que Eduardo Fernández pronunciara el discurso de orden en el Congreso Nacional del 5 de Julio de 1987, el cual cerró con aquello de que “El pueblo está bravo, ¡gloria el bravo pueblo!”, un discurso que tal vez esté entre los cinco mejores de la democracia, junto al de Luis Castro Leiva del 23 de enero de 1998 y ¿por qué no?, el de Jorge Olavarría -5 de Julio 1999-, en contextos diferentes que apuntaban a lo mismo: ¿quienes somos realmente los venezolanos?

– A pesar del impactante efecto de aquella frase de Fernández, el tiempo demostró que el pueblo no estaba bravo sino más bien confundido, al punto que incluso luego de la estupenda campaña electoral presidencial que al año siguiente realizó Eduardo –aprobada con mérito en todos los baremos de calidad que imponían los especialistas electorales de todo el mundo-, ese pueblo reeligió a Carlos Andrés Pérez, probablemente porque el mismo COPEI se había condenado desde el mismo momento en que su dirección nacional optara por una oposición elegante –por no decir blandengue– al gobierno de Lusinchi… algo que el bravo pueblo no tomó como un gesto civilizatorio, sino de complicidad con otro gobierno adeco corrupto.

-El confundido bravo pueblo tenía ya diez años sin comprender qué había pasado con aquella chispa de prosperidad ficticia creada por la regadera de dinero durante el primer gobierno del reelegido CAP, porque luego de ese fiestón, amenizado por los mayores escándalos de corrupción, hubo que  pagar la cuenta con devaluaciones y restricciones financieras.

– Una confusión explicable además, porque incluso luego del refinado saqueo nacional durante el mandato de Lusinchi, el pueblo sabía que aún había algún dinerito disponible para ese reparto a manos llenas al que lo acostumbró CAP I. Para ese bravo pueblo entonces, la solución obvia sería volver a la repartidera sin control, reeligiendo a CAP…porque aquel pueblo no estaba bravo, sino ávido.

– Por su parte, la clase media y empresarial, que de confundidas no tenían ni pizca, apoyaron con entusiasmo a CAP II, en la manifestación de cinismo más marcada de aquellos cuarenta años de democracia; porque ellos sí sabían –por su nivel de formación, y por haber participado activamente en el festín CAP I- lo que en términos de desorden y degradación moral representó aquella presidencia, contribuyendo decisivamente a un proceso irreversible de degradación nacional que, al final, más temprano que tarde, provocaría algo similar a lo que realmente ocurrió con Chavez.

– Aquel bravo pueblo entonces, una vez comprobado empíricamente que CAP II no era el demiurgo que se esperaba, y luego de apoyar en plazas y calles la defenestración de ese ídolo que él mismo había creado, creyó así haber descubierto otra verdad, esta vez dentro del mensaje con que los medios de comunicación más poderosos lo machacaban y embrutecían –del Sábado Sensacional a las entrevistas de Granier-: la antipolítica, que de eso no tenía nada, siendo una astuta maniobra de un grupo de vivarachos para intentar alcanzar un poder, que su poca constancia y su muy arraigado concepto de comodidad personal, no les permitía hacerlo haciendo carrera partidista. Lo que el pueblo no sabía era su papel fundamental como tonto útil en la difusión de ese mensaje, el cual, y por su propia naturaleza, suponía la destrucción del sistema político existente.

– Dentro de tanta confusión, avidez frustrada, y resentimiento, Caldera se cuela como presidente, dando lugar a otra ironía, cuando su designado para medio enderezar las finanzas patrias -un marxista exguerrillero convertido al liberalismo más ortodoxo-, al aplicar esos principios, lo que hizo fue echarle sal a la herida social; algo que Teodoro –cuestión de carácter…-, repetiría años más tarde, al regar sal  en la herida opositora abierta por la derrota electoral de su pupilo Manuel Rosales, al reconocerla de inmediato y sin pestañear.

– Con el paso del tiempo, el supuesto bravo pueblo chavista también confirmó que no era ni lo uno ni lo otro, sino –de acuerdo a las definiciones de masa de Elías Canetti- más bien una ameba cargada de resentimiento hacia el enemigo imaginario que Chávez les metió en la cabeza.

– Por su parte, el pueblo opositor, luego de sufrir todos los niveles de frustración por haber aceptado sin chistar las loqueras de los partidos de la Coordinadora y luego la MUD, sus banalidades, su ceguera política, sus complicidades con el régimen, y por haberse calado otra ironía -la de que otro ex(?) comunista como Torrealba los haya dirigido-, también dejó de ser bravo durante más de una década, aunque ahora despierta de nuevo, a pesar de que el hambre y las enfermedades que comparte con su homónimo chavista lo hayan vuelto físicamente tan débil como aquél.

– Pero bravo pueblo, si nos atenemos al himno patrio, no es solo valentía, porque ésta debe actuar respetando la Ley, la Virtud y Honor, algo que los saqueadores de Maracay, los de El Valle, y afines, no hacen, como tampoco hicieron sus antecesores del Caracazo, ni los que agreden a los diputados y trabajadores de la Asamblea Nacional, y a los comunicadores sociales y reporteros gráficos que cubren esa fuente.

– Ése no es bravo pueblo, sino una horda espiritualmente envenenada y confundida que arruina la propiedad de gente de su misma condición social, y la de la clase media, contribuyendo a la destrucción material del mismo desgobierno chavista. Mandar a la ruina de miles de empresarios, y pulverizar sus fuentes de trabajo no es digno de un bravo pueblo, sino de una masa amorfa de cobardes que se ponen al mismo nivel de la Guardia Nacional Bolivariana y el resto de esbirros de la dictadura. El pobre que roba al pobre encarna lo más bajo de la degradación humana, y esos saqueadores, junto a guardias y esbirros que también son pueblo pobre, ya dejaron de ser personas, para convertirse en bestias.

– El abismo de escasez y destrucción material generado por el chavismo se asemeja al de los terremotos, huracanes, inundaciones, o explosiones volcánicas; pero como la miseria humana está democráticamente repartida en todo el planeta, también allí salen los miserables a saquear, y no precisamente por hambre, sino por avidez, como el maldito imbécil que dentro de su frustración por no poder arracar una monitor de tv anclado al techo de Farmatodo en Maracay, comenzó a darle mandarriazos –https://www.youtube.com/watch?v=O_V6o2MeSu8-.

– Eso no es por hambre, sino por envenenamiento existencial, la misma causa por la que aquellos saqueadores, luego de la desgracia de Vargas por el deslave del Ávila, comenzaron a esquilmar cadáveres y viviendas, además de ahogarse para rescatar contenedores llenos de electrodomésticos y hasta cajas con maquillaje femenino.

– Por otra parte, si por bravo pueblo entendemos lo de la primera estrofa del himno, junto a la tercera de gritemos con brío, entonces el bravo pueblo es aquel que ha llenado las calles civilizadamente. Bravo adquiere entonces un significado muy distinto al del salvajismo dentro del cual está cayendo el país.

– Pero el bravo pueblo, el de verdad, también debe saber que esa bravura solo conquista la libertad si hay un tributo de sangre, la suya y la del opresor, la de los estudiantes, la de una que otra rectora que impide las elecciones, la de mucha gente humilde, la de algún magistrado entre esos delincuentes que pululan en el TSJ, la de algún notable de la MUD, la de la Fiscal farsante, la del hipócrita Defensor, la de la misma Primera Combatiente, o la de varios de los que aparecen en la lista que circula por las redes con decenas de nombres de bolichicos, de cómplices del chavismo provenientes de la cuarta república y  de sus hijos ya duchos en estas prácticas. Lo sabían, y lo vivieron en su propio pellejo, los pueblos del Cono Sur durante las dictaduras apoyadas por los que ahora han vuelto al poder en EEUU, así como los pueblos centroamericanos, y los disidentes cubanos que el castrismo deja morir en las cárceles.

– Bravo pueblo, pero bravo de verdad, fue el vietnamita en su guerra contra los invasores, y el pueblo hebreo del Gueto de Varsovia, cuando se enfrentó a los nazis antes de ser exterminado, porque sus causas eran justas, al igual que la de los lanceros analfabetas de Páez. Todos ellos sabían que hay momentos en la historia de un pueblo en que lo bravo debe concretarse con acción real, aun a cuenta del riesgo que supone. Por supuesto, sin el armamento ni organización requeridas, muchos de esos pueblos fueron aniquilados, pero la Historia los recuerda con respeto y como ejemplo de libertad.

– Por eso es que esa bravura, si desea conquistar la ibertad, por ahora solo tiene dos opciones: o extrema una lucha armada sin cuartel y en todos los frentes, o se decanta por la lucha pasiva. Lo primero, al menos por los momentos, no es realista –aunque no contradice ni la Ética ni el derecho a rebelión cuando se es oprimido, a pesar de la pérdida humana que conlleva-, pero lo segundo sí se puede hacer, paralizando al país, hasta que el cuerpo aguante.

– Lo que sí parece muy claro es que seguir con lo mismo de hasta ahora no conduce a ninguna parte, y a la dirigencia opositora le está llegando el momento de definir el asunto antes de que la anarquía se los lleve por delante.

– Por cierto, y para visualizar mejor a estas décadas perdidas desde CAP II hasta Maduro, lo que Fernández proponía hace treinta años (!), aún tiene plena vigencia.

Hermann Alvino

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