Cien años desperdiciados.


Desde hace tres años el mundo que aún posee algo de memoria histórica ha estado realizando actos conmemorativos sobre la Primera Guerra Mundial, iniciada en 1914 y finiquitada en 1918, una tragedia que sigue asombrando a los historiadores por el cambio que sufrió el mundo, en materia cultural, tecnológica, militar, ética, religiosa, económica y, obviamente, política. La lista de transformaciones es enorme y no la vamos a detallar acá, salvo una mención a genocidios con un sustrato muy sólido de logística que anticipaban lo que sucedería veinticinco años después, la consolidación de diversas identidades nacionales, y lo que implicó la muerte de unos 10 millones de soldados, quedando heridos otros 20 millones, más el dato realmente inquietante que refleja lo que allí sucedió, como es el que unos 8 millones de soldados desaparecieran, para que nunca se supiera nada de sus restos, y por supuesto, la muerte de otros 20 millones de civiles, sea por acción militar directa, por desnutrición o epidemias; personas que sin guerra habrían sido gente normal que se dedicaba a trabajar y a intentar ser felices, y cuya ausencia provocó la extinción de varios imperios y reinos: el zarista, el otómano, al austrohúngaro, el alemán, más el mismo británico, y cambios de fondo en los sistemas políticos de muchas repúblicas.

Todo ello fue el preludio de una crisis material global y de valores que a la postre condujo a la siguiente guerra mundial, para terminar de configurar el mundo tal y como lo conocimos hasta 1989 con la desaparición de la URSS, y más o menos hasta hoy, debido a la relativa fortaleza de alguno de los valores liberales -en el sentido amplio del término-… aunque ahora éstos no parecen tener la fuerza para renovarse frente a la creciente desigualdad y generalizada inconformidad ciudadana.

Y por ello fue que la secuela –si cabe el término- más importante de aquella gran guerra fue el ascenso de EEUU como potencia global, como árbitro inapelable del destino de los eventos, como líder económico, tecnológico y militar, y como representante de dichos valores, que poco a poco fueron permeando hasta las sociedades más remotas, contribuyendo directamente a que la guerra, como instrumento político de primera mano fuera relativamente limitada.

Aquel empuje que el mundo sintió desde que EEUU impuso su presencia militar para decidir el futuro de la Primera Guerra Mundial –algo que repetiría en la Segunda Guerra-, fue tan intenso que durante décadas los países relativamente libres se unieron para intentar copiar el estilo de vida norteamericano, una suerte de softpower algo diferente al hardpower de la guerra misma, porque si bien éste último vence, el otro convence.

Aquella entrada de EEUU como líder y árbitro del mundo –del mundo libre y del no tan libre-, decidió el debate interno entre los políticos y pensadores norteamericanos aislacionistas y los que apoyaban un papel muy activo en los eventos mundiales, porque la imparable realidad ya obligaba a EEUU a ejercer como potencia global, consolidando su presencia política y militar en todos los escenarios y lugares.

El paradigma de la democracia norteamericana, y el estilo de vida del ciudadano común, han sido durante décadas el desideratum de casi todo el planeta, aunque visto en detalle, lo de la democracia allá está algo sobrevalorado –si no se es millonario simplemente no se puede participar en política…-, y lo del estilo de vida también, puesto que la vida real del norteamericano es muy dura –… y algo distinta del turista latinoamericano mayamero que piensa que todo el mundo se la vive paseando por los centros comerciales, o por Disney World-, y peor aún, orientada hacia un consumo sin límites aún a costa de vivir siempre endeudado. Es el lado oscuro de lo liberal, cuando sobrepasa todo límite ético.

Infortunadamente para el mundo, entonces, no todo lo norteamericano era color de rosa, puesto que ese estilo de vida como sinónimo de consumo extremo explica cómo un país con una población del ordel del 5% del total del planeta ha sido capaz de aportar casi un tercio de toda la contaminación del planeta, y de paso esquilmar al límite los recursos de la biosfera terrestre y marítima. Un estilo de vida entonces, que al ser copiado por la gente de casi todos los otros países –incluso los ciudadanos más pobres, en la medida de sus posibilidades-, ha conducido a la actual crisis planetaria de recursos renovables y no renovables, a las extinciones masivas de miles de especies terrestres y marítimas, a la degradación de suelos y arrase de selvas, a la progresiva desaparición de la gran barrera de coral australiana, etc., pero sobre todo, a la contaminación de la atmósfera con gases de efecto invernadero –dióxido de carbono, metano, y decenas de otras sustancias.

El efecto de esos gases de invernadero ha sido el calentamiento global, el cual entonces es consecuencia directa de la actividad humana, aunque los negacionistas como Trump y los políticos fundamentalistas de todo el mundo, todos ellos neoliberales, junto a líderes religiosos que imponen la Historia como una interpretación literal de Biblia, Corán y afines, distorsionen el debate con argumentos disímiles con los que pretenden minimizar el asunto.

Entendámonos, a lo largo de su existencia la Tierra ha experimentado muchos ciclos de calor extremo y edades de hielo, y por tanto no se puede descartar que ésta haya iniciado uno de estos ciclos, pero ello no excluye el tremendo impacto de la actividad industrial del ser humano está teniendo sobre la atmósfera; por ello es que los argumentos que desde hace un par de décadas Trump y sus clones han puesto sobre la mesa para negar el cambio climático, tienen la misma estructura lógica de quienes negaron durante largo tiempo la conexión entre el tabaco y el cáncer, o de quienes también siguen negando el efecto perverso de meterse diariamente entre pecho y espalda más de 20 o 30 gramos de azúcar –bollería industrial, refrescos azucarados, y por supuesto los amados cereales del desayuno-, o quienes imponen el valor de la comida rápida a partir de la carne derivada de la cría a escala gigante de vacas, pollos y cerdos –con las inmensas cantidades de metano que ello libera a la atmósfera.

Casualmente, tabaco, azúcar y comida rápida, o sea cáncer extendido, y diábetes y obesidad generalizadas, son el legado muy concreto de multinacionales, que junto a las grandes corporaciones de armamento se apoderaron de los sistemas políticos y militares que en teoría deberían fortalecer los valores humanos en las democracias libres del mundo, financiando campañas electorales de candidatos afines para que legislen descaradamente a favor de esos intereses. Casualmente son éstas empresas quienes también financian proyectos científicos para que confirmen los datos que ayudan a sus intereses económicos y minimicen los resultados que le son adversos –hasta las universidades más prestigiosas, como la de Harvard han aceptado ese dinero, contribuyendo así a la desconfianza ya generalizada de la gente, además de degradar a la Ciencia como tal.

Visto así, el que Trump haya decidido retirar a EEUU del acuerdo climático de París no implica, como muchos piensan, la renuncia de EEUU a seguir liderando un mundo que le cayó entre manos en 1918, un liderazgo donde al menos en apariencia –y a veces en realidad, según el presidente que elegían los norteamericanos-, se promovía la inteligencia, la ciencia, la libertad de pensamiento, y la solidaridad.

Pero… una vez que se comprende cómo valores tan genuinos pueden deformarse a conveniencia por intereses económicos, o cómo a un sistema de vida basado en la libertad se le puede conducir a uno degenerado basado en un libertinaje del consumo sin límites, cómo una sociedad con un sistema educativo que dispone de inmensos recursos para conformar ciudadanos cultos y críticos puede simplificarse para que de él egresen millones de analfabetos funcionales -víctimas de la publicidad engañosa de esas multinacionales de las cuales Trump es el representante de turno-, o en síntesis, una vez que se acepta el hecho de que el liderazgo norteamericano lo que ha querido y logrado durante estos cien años es transformar al ciudadano en un simple consumidor, sin deber cívico alguno, entonces estaría claro de que esa decisión de Trump no es una renuncia de liderazgo, sino de una firme intención de seguir imponiendo la ignorancia y la banalidad, por la fuerza comercial de la que EEUU aún dispone, y por su fuerza militar…al menos mientras disponga de ambas.

Tal vez aquel líder del mundo que emergió en 1918 no era del todo conocido como lo es hoy porque no mostraba todas sus cartas, o tal vez efectivamente aquél era un liderazgo bien intencionado en función de un mundo mejor, tanto material como espiritualmente, que simplemente se fue degenerando con el paso del tiempo a partir de la diabólica dinámica de un capitalismo sin controles; el hecho es que, luego de cien años, el balance no es nada positivo ni para el planeta, ni para la cultura, ni para la solidaridad humana. Recordando a García Márquez y sus Cien años de soledad, aquel mundo que en 1914 comenzó torcido con una cola de cerdo, pues ahora la vuelve a cuando los fundamentalistas han alcanzado el poder, y como él también se podría decir que las estirpes condenadas a cien años de soledad no deberían tener una segunda oportunidad sobre la tierra; pero aún, si recordamos a las Memorias de Adriano de Yourcenar, donde se transcribe la reflexión imperial que afirma que… Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.

Tal vez también podría decirse que sin ese liderazgo el mundo habría vivido un siglo mucho más horrible y trágico, y puede que sea cierto, pero el hecho es que este EEUU, con todos los recursos y auctoritas del caso, por haberlo moldeado durante cien años de esta forma tan mediocre, no merece seguir al frente del destino de la humanidad… lo cual no exime de decir que en este fin de ciclo más o menos racional, para entrar en uno donde prevalece lo impulsivo y el narcisimo, las alternativas no son mucho mejores, ni mucho menos.

Hermann Alvino

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