Pandora en Sabaneta


Cuando en la escuelas primaria y secundaria se enseñaba de verdad Historia de Venezuela –y hablamos de aquel sistema educativo, y maestros, que prevaleció hasta hace unos 35-40 años-, se salía de esos cursos con la impresión de que los libertadores eran los buenos y los realistas eran los malos, un mensaje de fondo comprensible para cualquier país que desea contribuir a fortalecer su identidad nacional; entre muchos ejemplos, las descripciones sobre la crueldad de Boves y la nobleza de las proclamas del Libertador eran pilares de este abordaje a nuestra historia patria, que de objetiva tenía más bien poco, pero que estaba diseñada justamente para consolidar lo inicialmente comentado.

Aún en la actualidad, nuestros textos de historia patria resaltan la crueldad de los realistas y apartan la de los ejércitos libertadores que se fueron formando y destruyendo a lo largo de los quince años de guerra; más aún, olvidan por completo algunos episodios de genocidio fuera del territorio propiamente venezolano, como el que ocurrió en Pasto-Colombia, cuando las fuerzas de Sucre tomaron esa ciudad.

Visto así, cuando Chávez hablaba de Bolívar y de la esencia libertadora del venezolano, pues sonaba lógico; esto es, que si antaño había una potencia imperial que pretendía seguir manteniendo a Venezuela como colonia explotada a través del trabajo esclavo, pues con el chavismo, la Venezuela acosada por otro imperio –que se supone es EEUU…- repetiría la hazaña de liberarse. Un mensaje coherente con esa visión simplista del pasado… que aunque así fuese, olvida que el barinés sin disparar un tiro le entregó el país a Cuba, y metió en las entrañas de nuestra geografía a iraníes, sirios, rusos, chinos, coreanos del norte, libios, bielorrusos, vascos terroristas, etc. Pero eso es otro tema.

La realidad es que nuestra historia independentista no solo se desarrolló sobre aquel contraste entre mantuanos que querían liberarse de ese corset comercial y político de un imperio español en franca decadencia, y ese mismo imperio que para sobrevivir como tal requería seguir extrayendo riquezas a más no poder de la América bajo su dominio, sino que la llamada independencia también cabalgó sobre una lucha de clases –o castas, para no parecer marxista-, que inevitablemente se desbordó una vez que se aflojaron los mecanismos que aseguraban que cada uno, de acuerdo a su condición social, económica, racial, y religiosa, se mantuviera en su lugar.

Porque esos mecanismos, aún en manos de españoles y canarios, quienes obviamente siempre fueron algo más laxos que holandeses o británicos a la hora de integrarse con los nativos, eran rígidos, y mucho, y saltárselos implicaba un castigo muy severo, cuando no la muerte. Era un mundo en el que no solo amos y esclavos estaban debidamente jerarquizados, sino que también lo estaban los blancos sin abolengo respecto a los blancos representantes de la realeza y autoridades de España; de manera que en esa sociedad debían estar muy juntos pero nada revueltos blancos españoles, blancos canarios, blancos mantuanos o criollos, y pardos… o sea negros, indios, mulatos, meztizos, cuarterones, zambos… aunque obviamente, dentro del mundo de razas inventado por esos españoles continentales, hablar de pardos no sería posible sin el aporte de sangre blanca… lo cual ya delataba que de partida el sistema de rigidez que ellos mismos se habían autoimpuesto hacía aguas, por la tentación de la carne…

Ese mecanismo de segregación humana se vino abajo cuando tanto los encargados de acuerpar las fuerzas patriotas como las realistas se vieron en la necesidad de reclutar, porque allí se percataron que si querían tener más efectivos, pues tenían que recurrir a dichos pardos, quienes desde los mismos inicios de la conquista constituían la mayoría poblacional del país. Esos efectivos –a los cuales no se les podía llamar soldados, porque no lo eran, ni estaban armados, salvo con lanzas y machetes en su mayoría-, en realidad eran hordas descalzas que se mataban entre sí, cuya motivación patriótica por un lado, si cabe el término, y por más que los libros insistan en lo contrario, no era precisamente libertaria en términos político-comerciales en contra del imperio español; por otra parte, las creencias realistas del otro bando también fueron evolucionando desde la defensa de un rey distante hasta impregnarse, al igual que sus rivales, del apetito por haciendas y mujeres ajenas.

Quedándonos solo con los patriotas de entonces, podemos suponer que el relajamiento de esos controles sociales, junto a la sensación de fuerza por estar dentro de un ejército-horda con la consigna de liquidar al adversario –sin importar si éste era o no de la misma condición social-, legitimó la aspiración de desplazar al amo –muchas veces benévolo, pero amo al fin y al cabo-, de arrebatarle sus propiedades, y apoderarse de sus mujeres. Y en eso consistió la historia patria hasta el final de la dictadura gomecista, en un proceso que duró un siglo, tiempo que para cualquier observador independiente se antojaría lo suficientemente largo como para que esas prácticas se erradicasen sin un enorme esfuerzo de cambio espiritual.

Por supuesto que todo ello supuso la ruina material y humana de una colonia próspera, puesto que quienes arrebataban esas haciendas, destruyendo toda capacidad gerencial, en el fondo lo que querían era vivir como sus anteriores amos, esto es, sin ese trabajo manual embrutecedor y alienante al que fueron sometidos por generaciones, pero con todos los beneficios materiales y carnales. El detalle está que sin ese trabajo –prescindiendo de las condiciones extremas en las que se realizaba-, pues todo se va al garete, especialmente si se comen todo el ganado a la parrilla, porque luego de las francachelas no queda más nada sino la pobreza, algo que comprobaron a plenitud aquellos ejecutivos que hicieron de PDVSA una empresa exitosa y global, mientras contemplaban como las hordas chavistas invadían esa empresa hasta transformarla en la ruina actual.

Cuando Chávez hablaba de freír en aceite las cabezas de adecos y copeyanos, se refería a lo que hacía Boves por parte de los realistas, o Campo Elías por el bando patriota, dos resentidos sociales a quienes les tocó liderar un bando –bien podían haber trastocado sus papeles- para desahogar todas sus frustraciones personales. Pero freír en aceite la cabeza de un enemigo implica que primero habrá que cortársela, estando aún vivo claro está, y luego de la fritanga, pues colgarla en una pica para escarmiento general. En otra época, Chávez bien podría haber hablado también de fusilamientos en masa, y de colgar escuálidos en las ceibas.

La tecla que tocó Chávez entonces, con eso de las cabezas fritas, o con aquello de que robar es necesario, o bueno, cuando hay necesidad, se remonta a esa época cuando saltaron todos los controles sociales –controles sin duda crueles, clericales, alienantes, inhumanos, pero así eran esos tiempos- sin sustituirlos por otros, un descontento que aparentemente entró en letargo con la riqueza petrolera, hasta que el barinés, con toda su mala fe, presentó una suerte de trampa de la historia patria por la que aquellos mantuanos y realistas que dominaban haciendas y minas, se reencarnaron en una casta monopolizadora de la riqueza petrolera, deformándola de tal manera que se reprodujeron las condiciones de desigualdad e injusticia social de antaño.

Chávez, con toda su maldad y resentimiento social despertó esas hordas del desorden que estaban dormidas desde hacía tres generaciones, y cuyos motivos de rebelión son comprensibles –a diferencia del rencor del barinés, a quien la República le dio todas las oportunidades de desarrollo personal-. Más aún, Chávez sabía que la impericia de esas nueva hordas para decidir su propio destino conllevaría a la dictadura –la suya, naturalmente-, como sucedió con los Monagas,  Guzmán, Crespo,  Cipriano Castro, o Gómez.

En el fondo, con su ensalada mental, Chávez nunca comprendió que Bolívar no era un pardo sino un mantuano, por ello el barinés tampoco pudo comprender el concepto que Bolívar y su clase social tenían de la libertad política y comercial, para, eventualmente, hacer de aquella colonia una sociedad económicamente próspera –aún manteniendo esa aberrante división social-, y por ese error -apartando su male fe-, es que entendió que la libertad era el desorden, el saqueo, la venganza, la expropiación, la ruina material, y paradójicamente, la profundización de la desigualdad y del odio racial. Se equivocan pues los chavistas que desde siempre asociaron a Chávez con Bolívar, puesto que la analogía debe ser con aquellos bandoleros regados por esos caminos de Dios del Siglo XIX, pero no con quienes entraron en la Historia por sus correrías y crueldad, unos resentidos que al menos ganaban batallas, sino más bien con los vulgares robagallinas, ineptos para cualquier otra iniciativa.

Sus herederos en el poder son demasiado ignorantes y brutos para comprender que ellos son los representantes de aquellas hordas, cual apéndice de un monstruoso error histórico de interpretación histórica de quienes ven en el chavismo una fuerza destructora, pero benévola, y por ello es que las cosas empeorarán cada vez más, hasta que llegue el momento –más tarde que temprano- en que alguien pacifique al país por largo tiempo, mientras éste busca desesperadamente una riqueza equivalente a aquel maná petrolero, para intentar reinsertarse en un mundo nada misericordioso con nadie. Porque en condiciones similares, si bien la Historia no se repite al calco, se aproxima mucho al pasado.

Mientras tanto ellos siguen actuando como aquellos pardos: saqueando, expropiando, y asesinando.

Por otra parte,  por más bruto que haya sido Chávez, seguramente él sabía que una sociedad con paz social, solidaridad y prosperidad material no puede edificarse sobre el odio entre sus gentes, sino sobre el Derecho y la justicia que aseguren esos valores; por eso es que la Historia no podrá perdonarle: porque él, a sabiendas de lo que hacía, abrió la caja de Pandora y liberó los fantasmas de un odio que si bien siempre nos acompañará como parte de nuestra naturaleza humana, el mismo ser humano ha inventado instituciones capaces de controlarlo y enjaularlo durante generaciones.

Como luego de casi 20 años de chavismo ya no se le puede dar cabida al chavista de buena fe, a estas alturas podemos estar seguros de que ese 20% que aún apoya a Maduro y al régimen equivale a aquellos infelices que de parte y parte, y a punta de machete y lanzas saqueban, violaban para vengar su esclavitud y sufrimiento, y asesinaban sin importarles en lo más mínimo la independencia o la estabilidad del Reino de España, el problema es que el legado de bandolerismo de Chávez ha hecho tanto daño, que ahora ni siquiera podemos saber con exactitud si una parte importante de esos exchavistas que se oponen ahora al régimen, lo hacen porque ya no pueden seguir saqueando,  y por ello -como sus ancestros pues- se han cambiado de bando.

Volver a enjaular tanto odio puede hacerse al estilo gomecista, con un ignorantón mandando, rodeado de gente más o menos capaz, o al estilo democrático, lo que exigiría una generación de dirigentes con ideas muy claras, mucho valor para enfrentarse a ese pasado, y una sólida credibilidad. Por supuesto que también puede hacerse combinando ambas maneras, esto es, con un César ilustrado que con mano de hierro saque al país del pozo antes de corromperse él mismo.

En este sentido esto es lo que hay, según indica la Historia, y mientras se concreta una salida que responda a alguno de estos tres prototipos, pues seguirá el desorden, y el saqueo, o sea, aquel relajo que atribulaba a Miranda.

Hermann Alvino

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