Cenutrios(as).


En una reciente entrevista a partir del horrible atentado de Manchester, Trump definió a los terroristas como “diabólicos perdedores” –evil loosers, ver https://goo.gl/zOdgXg-, un término con el cual –quitándole lo de diabólico- también definió a Ted Cruz, quien fuera uno de sus rivales republicanos por la candidatura presidencial, y más aún, un calificativo con el cual todos aquellos con su riqueza y forma de ver la vida, definen al resto de la humanidad.

Ese adjetivo aplicado a los terroristas, podría haber sido adecuado si se hubiera referido a que el mundo decente está en guerra contra ellos, y que ellos perderán dicha guerra –cosa que por lo demás todos esperamos-; el problema es que, terroristas aparte, para Trump y su casta, lo de “perdedor” simplemente equivale a ser “pobre” -económicamente hablando.

“Perdedor” es el mismo término –puesto de moda hace un par de décadas- con el que cualquier ricachón –legítimo, o mediante timos y trucos varios-, define al resto de sus congéneres cuando éstos, ya en otro terreno que abarca incluso el saber comer con cubiertos, lo hacen aparecer como lo que realmente es, o sea un ignorante, o lo que puede definirse con otro término que también se pudo de moda a partir de la lluvia de dólares que inundó a los países petroleros: un neorrico… adjetivo que dentro las actuales coordenadas endógenas del terruño equivale al de bolichicos.

Terroristas aparte, y prescindiendo de cualquier discusión ética sobre los trucos utilizados para llegar a ser rico, dejando además de lado esa estructura mental de Trump et all que delata una cosmovisión muy particular de la vida, la experiencia confirma que ser “ganador” no es sinónimo de ser respetable, ni que ser un “perdedor” implica ser miserable espiritual, ni mucho menos.

Para Trump y afines entonces, ser “perdedor” no es ni una descripción ni un adjetivo, sino un insulto para separar quienes han tenido “éxito” con el dinero y quienes no, sin importar o no si dichos “perdedores” hayan desarrollado ese intelecto que posibilitó el inmenso progreso material y tecnológico actual, y el desarrollo filosófico para comprender mejor al mundo.

Para Trump y compañía, ser “ganador” equivale a disponer de ese poder directo o indirecto –el llamado softpower-, que equipara el hablar con dar órdenes, y que estrecha a pocos segundos el lapso de atención que se le dispensa al resto de los mortales, sin siquiera mirarles a la cara. Solo la pelota de golf es capaz de captar su atención por más de 10 segundos.

Lo que ha hecho Trump es llevar al extremo esa actitud, cuando en una entrevista al corresponsal de Time en la capital de EEUU le espetó que algo bueno debía estar haciendo, puesto que “yo soy el presidente, y usted no” –because I’m President, and you’re not,ver https://goo.gl/BJJve4

Cuando entonces se mezcla el poder económico con el poder político que eventualmente alguien pueda tener entre manos, el resultado puede ser muy peligroso para todos, porque para no perder la cara -luego de los errores que inevitablemente cada ser humano comete-, esa clase de gente es capaz de cualquier cosa, algo que casi siempre conlleva la intención de humillar al prójimo.

Volviendo al terruño, el caso de Diosdado Cabello es el más representativo dentro de la actual realidad venezolana, ya que en él se combinan su inmensa fortuna y su enorme poder político, para humillar a todo aquel que no se adapte a sus caprichos… pero ¿es Cabello un “ganador” o un simple chabacano cuya audacia se ha visto recompensada con la fortuna, al tiempo que su jefe Chávez le humillaba públicamente con una inusitada frecuencia?

Extrapolando entoces a lo político ese abordaje psicológico de los ricachones que diferencian a ganadores de perdedores de acuerdo a lo que tengan en sus bolsillos, cabría preguntarse… ¿es Maduro un “ganador”? ¿Lo es Cilia, Delcy, su cínico hermano, la ahora falsa disidente Fiscal General, la incipiente disidente ex defensora, o el tonto de Jaua con su proyecto de constituyente comunal… todos ellos podridos de dinero, y con el poder casi total entre sus manos?

Visto a partir del poder que tienen, de la discrecionalidad e impunidad con el cual lo ejercen, sin prestarle atención a las fuentes de dicho poder y los mecanismos por el cual lo adquirieron junto a sus fortunas, la respuesta es afirmativa, aunque ese éxito ni ha contribuido para que sean mejores personas, ni para que hayan incrementado en lo más mínimo su cultura y modales. A partir de estos dos últimos parámetros, solo queda decir que ellos(as) siempre han sido, y seguirán siendo, unos “perdedores”, aunque ello, para los efectos prácticos de quitárselos de encima junto a su dictadura surrealista, no importe mucho, porque el que no generen un mínimo de respeto no es incompatible con el miedo que generan con su represión.

Todo lo cual no debe eximirnos de recordar aquellos políticos que terminaron perdiendo la república a manos de un militar más ignorantón y corrupto que ellos(as), quienes dispusieron del poder total durante 40 años, siendo por ello también  “ganadores” frente a aquellos “perdedores” que, sin ese poder real que sistemáticamente se le negaba, advertían con mucho fundamento lo que les iba a ocurrir a todos los venezolanos si no se modificaba el rumbo de las cosas.

En aquellos tiempos, los políticos “ganadores” dispensaban favores desde las mesas de los restaurantes más caros de la capital, mientras que sus equivalentes femeninos lo hacían en esas reuniones sectoriales, que le servían más de pasarela a sus vestidos y joyas que de foro para lanzar propuestas de cambio real para el desarrollo integral de la mujer venezolana.

Todos ellos(as) tienen ahora su respectivo alter ego en Cabello y en la corte de hombres y mujeres que integran la jerarquía chavista, quienes al igual que aquellos políticos demócratas,  tampoco disponen de tiempo para atender a la gente de verdad, ni de mirar a la cara a su interlocutor, sino que están siempre pendientes de lo que a su alrededor les pueda servir para seguir embuchando su ego.

Parece increíble que a estas alturas de la degeneración nacional pueda afirmarse con seguridad que Chávez le dedicaba más tiempo a cada interlocutor que muchos de aquellos cacho quemaos de la cuarta república, y de los chavistas que lo heredaron.

Para no ser tan severos, sería conveniente no incluir en ese lote de “ganadores” a la actual oposición formal, cuya atención a lo que realmente piensa la mayoría de los venezolanos siempre ha sido algo escasa, aunque en su gran mayoría ellos(as) tampoco se hayan diferenciado por su carrera profesional o académica, ni por tener ideas sobre qué hacer con el país. En este sentido, la diferencia intelectual entre la jerarquía opositora y la chavista es casi inexistente.

A toda esta gente, junto a Trump y a esos poderes fácticos que dominan al mundo desde siempre, sin desmerecer su astucia y maldad, su cinismo y temeridad, se le puede aplicar una definición consagrada en el diccionario de la RAE, un término tan generoso que puede utilizarse tanto en masculino como en femenino, según el caso: cenutrio, cenutria… persona torpe y lenta para comprender o ejecutar una cosa… estúpido pues, a quien cualquier persona normal es incapaz de respetar.

Y esa es la tragedia nacional: la escasez de dirigentes de cualquier bando -con poder efectivo o potencial-, merecedores de un mínimo de respeto.

Solo queda esperar que las excepciones se impongan, para bien de todos.

Hermann Alvino

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