Tumbar al chavismo: algunas hipótesis de trabajo.


– Puede que durante aquella ronda de diálogo del pasado año el Papa hubiera estado muy mal informado por el Nuncio, o puede que no, pero el hecho es que frente al país de hoy, algo diferente al de hace seis meses, y dentro del estilo genérico de las declaraciones papales –limitadas a recapitular el valor de la vida, la libertad, la no violencia, etc., sin entrar en los detalles de cada escenario-, la posición del Vaticano se ha endurecido con relación al chavismo.

– Probablemente el Papa conoce mejor que todos sus asesores y embajadores la verdadera esencia de esta dictadura, muy similar a última argentina en lo que se refiere a liquidar a sus oponentes. La diferencia, al menos por ahora, es la escala de la represión, porque por los momentos nuestros torturados y asesinados se cuentan por decenas, mientras que en aquella Argentina se contaban por centenares. Una diferencia cuantitativa, más no cualitativa.

– El llamado papal apunta a que la violencia no escale al nivel de guerra civil, un objetivo que él piensa pasa por las “soluciones negociadas” entre “el gobierno y todos los componentes de la sociedad venezolana”, frente a la “gran crisis humanitaria, social, economica y política” del país (Franciscus dixit).

– Por supuesto que todo jerarca chavista desprecia  al Papa, y por tanto ese llamado no contribuirá en nada, al igual que no lo hizo durante todo el período soviético…Stalin, cual ateo y marxista, incluso llegó a preguntar cuántas divisiones tenía el Papa para impedir su política de acoso a los católicos, algo que estos chavistas, sin ser marxistas ni ateos, pero practicantes de la brujería animista, seguramente también se preguntarán, comenzando por la ignorante canciller.

– De manera que de diálogo nada, y de negociación menos, porque lo del chavismo es huir hacia adelante, siguiendo al pie de la letra ese guión cubano que le ha funcionado a Castro durante medio siglo, a sabiendas que ni lo iban a invadir, ni se iba a quedar sin recursos materiales para mantenerse en el poder, ya que éstos provenían del chuleo a la URSS y luego a Chávez. Por su parte, el chavismo no requiere chulear a nadie, porque dispone de petróleo como fuente de dinero para prebendas y represión. Y si a Castro nunca le importó la OEA, pues al chavismo tampoco.

– Las recientes manifestaciones masivas no han sido por iniciativa de la oposición organizada, aunque ésta por una vez sí ha tenido la intuición correcta de sumarse a ese proceso e intentar ponerse al frente. Está por verse si lo logra a plenitud, porque el problema de las manifestaciones masivas y permanentes que no astillan la estructura de poder de una dictadura, es que en cualquier momento puede surgir una violencia incontrolable. En el caso venezolano esa violencia podrá tener muchas fuentes, algo diferentes de la básica, como es la falta de libertad, y mucho más tangibles, como es la pobreza extrema, el hambre, y las enfermedades.

– Lo que inicialmente bajó de los cerros de El Valle no era ni oposición ni chavismo, sino una masa incontrolada a la que el saqueo le sirvió de terapia y desahogo frente a tanta frustración –una frustración que se remonta incluso a un par de décadas antes del inicio del ciclo chavista-; y lo que agrava un eventual escenario de rebelión similar al de El Valle, pero mucho más extendido, es el nivel de armamento existente, puesto que acá no se trata de miles de venezolanos armados con palos y piedras, sino con armas de guerra, cuya disponibilidad generalizada ha sido posible por el desgobierno chavista y de la corrupción de todos los estratos de las fuerzas armadas y policiales.

– Lo que también agrava este escenario es la división de clases impuesta por Chávez, de manera que dentro de la protesta nacional incontrolada habrá bandos muy bien diferenciados, que dentro de su común combate a la dictadura, se odian entre sí.

– Los opositores civiles que toman la calle –los de clase media, clase media baja, y los más pobres-, a su vez tienen que lidiar no solo con los esbirros del régimen, sino los miles de malandros armados por el chavismo; esos colectivos no son ni chavistas ni opositores, sino bandas armadas con una agenda propia, cual es el control de las actividades criminales dentro de su territorio, ampliable a lo que puedan arañar en esos enfrentamientos –además del placer por la violencia, y por asesinar al prójimo-. Esa agenda por tanto los conlleva a agredir tanto a los opositores como a los chavistas, dependiendo del caso.

– Como el hambre no respeta ni la ideología ni la condición social, la sinergia entre todos estos factores puede volver la situación incontrolable, con el obvio peligro de un golpe militar. De allí la necesidad de que el liderazgo opositor sea capaz de mantener el control de la protesta para que ésta se mantenga dentro de unos límites –algo estrechos- de pacifismo.

– Por supuesto que si esa misma oposición llegara a convencerse de que con plantones y marchas pacíficas no se resuelve nada, pues en ese momento tendrá que optar entre escalar la violencia callejera –y la confontación directa con esos esbirros y malandraje-, intentar un paro nacional permanente, o dejar todo como está, en la esperanza de que algún día, habrá algún tipo de elección, para conquistar algún espacio de libertad.

– Lo del chavismo duro es huir hacia adelante, convencidos de que estos momentos de efervescencia pasarán y todo seguirá en su lugar, esto es, ellos mandando y robando, y el resto que se las arregle como pueda; sin embargo ésta no deja de ser una ecuación compleja, porque por un lado está Maduro, cual representante cubano que agrupa al chavismo castrista, por otro, los no tan amigos del castrismo –aunque afines en compartir el poder, al menos hasta ahora-, y por último, las centenares de bandas malandras autónomas mencionadas.

– Pero dentro de esa ecuación también están los chavistas de las fuerzas armadas –los no chavistas, para efectos de mando, ya no tienen relevancia alguna-, también divididos entre procastristas y los que no lo son –no tanto ya por patriotismo, sino porque saben que plegarse a ello limitaría su margen de acción-.  Es allí donde se decidirá la orientación del régimen, porque dentro de esa división, los castristas son partidarios de una represión a ultranza que intente mantener el actual statu quo de dicha ecuación, mientras los otros preferirían un golpe seco con el que se quitarían de una buena vez a los cubanos de encima, y con el que tendrían ese poder formal perdido con la muerte del barinés.

– Aunque es probable que Maduro no se atreva por esta solución temporal que estabilice las cosas –para el chavismo-, tal vez el termómetro para medir la fuerza real del inconformismo popular sea decretar un toque de queda con horario más bien amplio –total, la gente hace años que vive bajo un virtual toque de queda, dada la criminalidad-, para ver quienes y cuántos salen a tomar calle, y para saber de verdad cómo reaccionan las fuerzas armadas –no las policiales-, como espejo de su realidad interna.

– No hay entonces entendimiento posible, ni valen los consejos de los expertos en escenarios similares ocurridos en la región, puesto que en Nicaragua, El Salvador, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, o Chile, el poder no lo tenían los procubanos, sino militares afines a los EEUU, quienes en algún momento se percataron que abrir el compás les era más conveniente que seguir con su ciclo de poder. La lección que hay que aprender es que las dictaduras no comunistas, o no procubanas, pueden caer con la presión popular y la negociación, pero no al revés. Los procubanos nunca han podido conquistar el poder por las armas –ni siquiera en Colombia, mucho menos en la Venezuela de hace medio siglo-, pero cuando llegan a alcanzarlo nunca lo cederán pacíficamente –el caso chileno, junto a algunas islas del Caribe son las referencias.

-Como no cederán el poder por la vía pacífica, hay que recordar que entre 1830 y 1903 –o sea hasta J.V. Gómez- en Venezuela hubo 166 revueltas armadas –al menos de las contabilizadas por los historiadores-, a las que les puede sumar el proyecto guerrillero de los años 60, y en muy pocos casos dichas revueltas involucraron a gran parte de la población, sin embargo, la siembra de odio del chavismo puede convertir la próxima revuelta en una de esas pocas donde todos estaremos ocupando una trinchera. Un escenario de terror, como desenlace natural de estos largos años de chavismo.

– Los chavistas de espíritu más débil, quisieran dejar el poder siempre y cuando se les asegure la impunidad frente a todas las tropelías realizadas. Seguramente no faltarán expertos en negociaciones que sugerirán esta vía como ejemplo de pragmatismo y de realismo político, con el cual se lograría el objetivo de sacudirse al régimen de encima, o al menos tener elecciones más o menos libres y sin fraude monumental.

– El problema es que esa impunidad a la que aspiran no será posible, por una parte porque fuera del país no tendrían protección legal alguna –tal vez ni siquiera en su amada Cuba castrista, ni en Nicaragua o Bolivia-, y dentro del país, ese olvido legal no valdrá para apartar el recuerdo del daño físico que le han causado a millones de personas, un tema que para muchos ya es un asunto personal. Si consideramos que fue durante el chavismo cuando el sicariato se consolidó formalmente en el país –no solo el de los esbirros del régimen contra los disidentes, sino el contratado por privados para eliminar a sus enemigos personales-, pues ellos saben que tendrán mucho de qué preocuparse, mientra se pasarán la vida cuidando sus espaldas.

– En síntesis, la situación límite a la que los chavistas han llevado al país, no podrá superarse con los consejos papales, ni con los de los gurús expertos en negociación que ya se asoman por allí. Con esta clase de manifestaciones masivas no se llegará a ninguna parte, de manera que, o la violencia callejera se apodera masiva y permanentemente del país, persiguiendo a los chavistas uno a uno, esperando que no haya un golpe pacificador -y enterrador definitivo de los deseos de libertad-, y ligando que sea suficiente como para acobardarlos y que se vayan, o todos a casa a iniciar un paro nacional permanente que les corte todas las vías de salida, incluyendo las de los supermercados donde compran sus delicatesses.

Hermann Alvino

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