El legado del momificado barinés


Mientras el chavismo más rancio celebra un aniversario más de la muerte de su fundador, Venezuela se sigue desangrando y adelgazando, botando dientes, apretando cinturones, pudriéndose en hospitales semidestrozados, rascándose la piel sarnosa, calándose las colas para comprar lo que no hay, o lo que hay pero que su precio lo impide, vagando por la ciudad para conseguir un repuesto del vehículo, cuando no una pieza para algún artefacto indispensable para seguir la actividad laboral, y siempre mirando a los lados, y hacia atrás, o hacia adelante, para intentar detectar a tiempo al atracador, al asesino.

A partir del desgobierno, la ineptitud, la corrupción y la mala fe del chavismo, existe una infinita compilación de males que sufre cada venezolano, una lista que hasta el mismo Cabello aprobaría, tal vez con una sonrisa, como la que últimamente muestra Maduro, cuando se topa con la realidad que le relata la colegiala guatireña, o justo ahora en este aniversario.

Como siempre se puede estar peor, más aún cuando el chavismo ha mostrado que jamás aceptaría rectificar en nada, la compilación de desgracias irá en aumento, al punto de hacernos perder la capacidad de asombro y sorpresa, algo así como lo que sucedió durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, y como seguramente ocurrirá durante el actual mandato de Trump, porque son tantas las loqueras de esta clase de gobiernos, y las tribulaciones padecidas por la gente, que al final todos terminan encalleciendo sus capacidades perceptivas.

Para recuperar algo de sensibilidad y perspectiva frente a la monstruosidad chavista -evadiendo las vivencias horribles de millones de venezolanos- se puede recurrir a los números, por ejemplo los que se presentan en un magnífico reportaje de Douglas Barrios y Miguel Ángel Santos, en el cual se modela la tasa de crecimiento necesaria para alcanzar la producción por habitante que existía en 1977 y en 2012, combinando el crecimiento económico no petrolero con una eventual alza de producción de la misma industria petrolera. el escrito puede leerse en http://prodavinci.com/blogs/cuanto-tiempo-tomara-recuperarnos-de-la-debacle-economica-por-douglas-barrios-y-miguel-a-santos/

Ahorrándonos los detalles de la metodología y de los diversos escenarios, se puede afirmar que con una razonable tasa de crecimiento durante el post chavismo, para volver a la realidad similar a la de 1977 o 2012, se requerirían entre 15 y 25 años de duro trabajo y disciplina, siempre que dichas tasas se mantengan entre el 2.7% y el 4%, lo que sin duda es factible, aunque recordemos que el crecimiento económico debe ir ligado a un andamiaje jurídico y organizativo muy sólido, algo de lo que carece el país, no tanto debido a la pobreza inducida por el chavismo, sino por haber degradado la educación y la ética, a tal punto que aún comenzando hoy mismo una nueva era, ese crecimiento no podría alcanzarse simplemente porque no hay gente capacitada para sostenerlo, ni al más alto nivel, ni donde realmente se hacen las cosas, esto es, a nivel administrativo, manufacturero, y dentro de la misma administración pública.

De manera que a ese largo lapso que tomaría la recuperación hay que sumarle el tiempo que tomaría formar a medio país para que vuelva a un mínimo de productividad, y a los funcionarios del Estado para que recuperen el conocimiento de los procedimientos oficiales, sean efectivos en su trabajo, y para que no roben, ni abusen.

Hay otro lastre que retrasaría más las cosas, el cual sin duda alguna tomará al menos una generación el poder concretarlo, y es la cultura intervencionista de los líderes que en su momento deberían impulsarlo, y su incapacidad para concebir un modelo alterno al petrolero, comenzando por el mismo paradigma de que dicha industria solo debe estar en manos del Estado, llegando hasta su total desconocimiento sobre la realidad manufacturera global que existirá en muy poco tiempo, como la robótica y la nanotecnología, que son avances tecnológicos que obligan a reformular por completo la formación y capacitación de la gente, porque dentro de la tasa de crecimiento, un componente fundamental es la competitividad del país con relación a los demás, y si se está de espaldas a cómo va el mundo en materia de manufactura, pues inevitablemente esa tasa involucionará.

Estos son solamente unos pocos elementos para mostrar la dificultad de rescatar al país, aun tomando como referencia ese 1977 y 2012 del reportaje, porque debemos apuntar que esos per cápita y productividad de aquellos dos años, no muestran el desorden administrativo, ni el entramado legal, la corrupción y la degradada calidad de vida que ya existía para entonces, aunque obviamente la Venezuela de 1977 y la del 2012 jamás serían comparables, porque el peor Carlos Andrés Pérez siempre sería infinitamente superior al mejor Hugo Chávez.

Por otra parte, recuperar tasas de crecimiento y productividad no necesariamente conlleva disminución de la desigualdad, algo que confirma el proceso de globalización acelerado desde 1989 y que es un fenómeno que hasta en los mismos países más industrializados comienza a sembrar serias dudas hasta del mismo sistema democrático que lo sustenta. Una desigualdad que por lo demás, fue el elemento que sepultó a la democracia venezolana, ya desde el mismo 1977.

Dentro del mismo tema de la vigencia de la democracia como sistema válido de progreso, también hay que apuntar que varios países asiáticos que tuvieron altas tasas de crecimiento -para que millones de personas salieran de su pobreza extrema-, y que siempre sirven de ejemplo comparativo para analizar estas situaciones, no fueron dirigidos por gobernantes precisamente demócratas, lo cual entonces añade una dificultad adicional a cualquier intento de reconstrucción nacional en democracia, como sería el disponer de un consenso generalizado para aceptar el sacrificio a realizar, así como todos los cambios legislativos y culturales indispensables.

El segundo elemento para percatarse de la peor faceta del chavismo es la diáspora venezolana, ya estudiada a plenitud por varios especialistas, y cuya más reciente fotografía la tenemos en el análisis del profesor Iván de la Vega –ver reportaje de Johann Starkevich en http://elestimulo.com/blog/ivan-de-la-vega-chavez-mato-a-tres-generaciones-de-venezolanos/-, en el que se indica que ya se han ido del país unos 2.5 millones de venezolanos, de los cuales todos coinciden en que al menos la mitad son profesionales, al punto que representan un 30% de los especialistas de los que disponía el país. Lo peor de esta realidad es que un 30% de emigrados no piensa regresar, una cifra que se queda corta si pensamos en que ellos no están solos, y que sus redes de vida, como la de los hijos que les acompañaron, y las de los que nacerán en otro país, inevitablemente los atarán allá, constituyendo un factor natural que impedirá su regreso.

El profesor de la Vega indica que recuperar ese capital de conocimiento tomaría unos 20 años, otro lastre que cualquier intento de reconstrucción nacional deberá considerar.

En síntesis, los veinte años de chavismo han sido la ruina de quienes ya estábamos allí, la ruina de quienes nacieron durante ese período, la ruina de quienes nacerán antes de que termine esa pesadilla, e implicará una vida muy dura para todos los que vivirán el post chavismo, si acaso se propongan realmente salir del pozo, porque de no hacerlo, las tres generaciones degradadas por el barinés podrán ser cuatro, o cinco. Quién sabe.

Que este aniversario chavista, entonces, valga para notar que las momias de Lenin y Mao quedaron como atracción turística para los más morbosos, y esperar que más pronto que tarde, mientras el país saca las cuentas de la tragedia chavista, su momia –o lo que haya en ese sarcófago, porque nadie lo sabe-, sea transladada a un cementerio normal, si es que en un arrebato de rabia general no se llegara a saquear a ese Cuartel de La Montaña, como ocurrió con la tumba de Duvalier en Haití, un riesgo inevitable, si realmente Venezuela llegara a percatarse del alcance real del legado y la traición del momificado barinés.

Hermann Alvino

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