Salomón nunca habría sido copeyano, ni de la MUD, ni chavista.


Todos conocemos la historia del Rey Salomón referida a la disputa de dos madres, a quienes habiéndosele muerto un hijo, se disputaban la maternidad de otro bebé. La historia, sabida por creyentes o no, y por seguidores e indiferentes de las escrituras bíblicas, cuenta cómo Salomón mandó a cortar en dos al niño en disputa, para repartir cada mitad de su cadáver entre las presuntas madres, para que antes de ese gesto supremo, la verdadera progenitora cediera sus más que legítimos derechos a la impostora, con tal de no herir a quien era realmente su hijo.

Aquel episodio fue el que sirvió al rey para saber quién era la verdadera madre, para que mediante decisión real le fuera concedido quedarse con el niño; pero también es una historia para recordarnos que quien quiere o ama a alguien, debería estar dispuesto a renunciar a su compañía y a su amor, con tal de protegerlo físicamente, o de asegurar su felicidad espiritual.

Pero eso que generalmente es válido en la vida, no lo es en la política, puesto que está más que comprobado que quien por el bien de la unidad, de buena fe renuncia a una legítima aspiración para ocupar cierto nivel de responsabilidad, sea partidista o dentro del gobierno, al final termina perseguido, arrinconado, y tal vez vejado, por quienes ocuparon ese vacío, y que no fueron capaces ni valientes para realizar un gesto de renuncia similar, para así abrir otras posibilidades de desarrollo colectivo.

Es por ello que no es nada fácil renunciar a lo que legítimamente corresponde, por no aceptar que a veces la vida es muy injusta, a sabiendas además que se someterán a un largo camino de dificultades por culpa de la maldad ajena. Incluso quienes el pueblo los ha investido con un poder muy amplio, saben que cuando termina su ciclo, por ley o voluntariamente, y por tanto cuando vuelven a ser vulnerables, se expondrán a afrentas que los más cobardes nunca se atrevieron a concretar en otras circunstancias -la historia de Roma cuenta como a Cincinato, luego de renunciar a un poder absoluto que el mismo pueblo le había otorgado para resolver militarmente situaciones críticas que ponían en peligro la república, se le insultaba por la calle, al punto de que él mismo decía ser un ejemplo del porqué los dictadores no renuncian al poder.

Sin irnos muy lejos, la historia de Salomón perfectamente puede aplicarse a la ruina de COPEI, luego de la incapacidad, tanto de quienes controlaban al partido con mano más o menos férrea, como la de su mismo fundador –cuya mano dura, en su pasado como máximo líder de aquella organización, era de igual magnitud- de renunciar al poder partidista en beneficio de un movimiento que aún podía darle mucho al país. En aquella oportunidad, ambos bandos, junto a sus derivados menores, prefirieron que se cortase a su partido en dos toletes, para que no se recuperara más nunca.

Sin embargo, si aquel episodio ya era inexplicable en un colectivo que por definición conocía a fondo las sagradas escrituras –lo de “partido socialcristiano” no debía ser en balde, suponemos-, mucho menos, a la luz de la más o menos rápida extinción vivida por ese partido, se comprendió la pugna de los bandos que heredaron esa actitud, en este caso al estilo Sansón, de querer acabar con todo si su aspiración de liderar al partido no era satisfecha.

Esa ceguera, y la objetiva necedad que recuerda las peleas de beodos por una botella vacía, hasta los llevó a dirimir el asunto en un tribunal no precisamente impregnado de la sabiduría de Salomón, sino del veneno y mala fe del chavismo. Y allí sigue el partido, hundido tal vez para siempre, mientras los más valientes ahora tratarán de relegitimarlo en esas jornadas fijadas a capricho por un CNE, cuya agenda tiene como prioridad impedir la pluralidad partidista en el país, y si de paso con esa legitimación se llevan por delante a toda la oposición, pues mejor.

Por otra parte, si Salomón tuviera que dirimir las diferencias de la MUD, seguramente ésta se habría cortado también, en dos, o más pedazos, porque allí tampoco –torpezas estratégicas aparte- se ve a nadie con la grandeza de espíritu como para renunciar a sus aspiraciones, a cuenta de una unidad indispensable para vencer al chavismo.

Dentro de la MUD además, hay mucho líder que saca cálculos para concluir, que si por una parte Maduro no pasaría del 15% en una elección presidencial, ellos ganarían la presidencia solo con sus respectivos partidos, al obtener más votos en un país donde no hay segunda vuelta. Por supuesto que ellos olvidan que Maduro no tiene por qué ser el candidato del chavismo, y peor aún, apartan el hecho de que esta dictadura jamás hará elecciones presidenciales si no se le obliga con una inmensa fuerza opositora que, casualmente, solo sería posible concretarla con una unidad verdadera. O mía o de ninguno, al estilo ranchera machista, piensan.

Siguiendo en el terruño, un lugar algo alejado de aquella Jerusalén del hijo de David, es más que obvio que tampoco los chavistas son capaces de renunciar a un poder -que de paso es ilegítimo- con tal y darle cierta vida material y paz social al país, porque ellos nunca han querido de verdad a su país, al contrario, hasta se lo han entregado en bandeja a los tiranos cubanos, en un desamor y ambición sin límites que los identifica con esos copeyanos que pugnaron por una organización hasta hacerla trozos, porque nunca la quisieron realmente como tal, sino que la veían como un instrumento para saciar su ego personal, y al igual que esos líderes de una MUD a la que no aman en absoluto, sino que la utilizan como una plataforma para un eventual impulso político en un más que incierto futuro.

Al final muere COPEI, muere la MUD, muere el país, y para efectos de la Historia, sus líderes –es un decir…- nunca existieron, a diferencia no tanto de Salomón, sino de aquella madre anónima cuya renuncia aún se recuerda después de casi tres milenios por su amor y generosidad.

Ni Salomón entonces, ni la mamá a la que nos referimos, habrían podido ser copeyanos, ni integrantes de la MUD, ni chavistas, porque en cualquier caso, quienes saldrían descuartizados habrían sido ellos.

Hermann Alvino

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