Sin educación ni ética: un futuro inquietante.


Uno de los defectos imperdonables de las democracias contemporáneas consiste en su laxitud para educar a plenitud a la gente en materia de civismo, del funcionamiento del Estado y de las condiciones objetivas y éticas que deben caracterizar una demoracia; hay incluso gobiernos escorados por la religión que critican los esfuerzos que en el pasado hayan podido hacerse para insistir en esa clase de educación ciudadana, la cual es el instrumento adecuado para vencer la apatía y el analfabetismo funcional que en estos asuntos presentan los más jóvenes, junto a los ciudadanos ya adultos, cuyo sustrato cultural en asuntos políticos a su vez se conformó en un sistema ya decadente donde los analfabetos políticos ya habían pasado a ser maestros.

Es más que evidente -e inquietante- que en varios países considerados más o menos serios, con altos índices académicos, con clases medias prósperas y con varios siglos desarrollando la convivencia de su gente, al cabo de pocos años de gobiernos irresponsables, la gente comienza a escoger como gobernantes a cantantes, deportistas, actores de cine, reinas de belleza o figuras de la farándula –Trump es uno de ellos, luego de años como anfitrión de su programa “El aprendiz”-. No es que ser alguien que se ha dedicado a esas actividades de partida esté descalificado para gobernar –faltaría más-, lo que pasa es que casi todos ellos, cuando opinan sobre asuntos públicos, casi rebuznan, porque si bien esos oficios no son incompatibles con haber tenido una buena educación ni con poseer una aceptable cultura general, en general no es así, pero el ser famosos, impulsados por la actual sociedad mediática, unido a la desilusión ciudadana hacia muchos políticos, de hecho los convierte por forfeit en referencias políticas. Hace medio siglo se podía hablar de estratos específicos de la población con serias limitaciones a la hora de analizar realidades sociales, y posicionarse frente a ellas, por ejemplo, votanto; pero con el pasar de los años, esas limitaciones han permeado hacia arriba, tanto al corazón de las clases medias como de las más ricas, junto a la empresarial, algo que se nota diariamente cuando esta gente que debería ser orientadora y fuente de sentido común –independientemente de ideologías y religiones-, practica con entusiasmo una inconsciente banalidad.

Es evidente que toda la sociedad global ha sido víctima de los recortes en materia de educación que todos los países han puesto en práctica durante decenios, más las modas pedagógicas que han impuesto el aprender mientras uno se divierte, invirtiendo la ecuación anterior de divertirse –eventualmente– mientras se estudia, por ello, solo a través de tanta ignorancia inevitablemente proyectada hacia lo político y lo social, se pueden explicar los brotes masivos de racismo y xenofobia de esos países más avanzados, junto a la vocación ciudadana de repetir experimentos fracasados como el comunismo, o trágicos como el fascismo; y solo así se hace natural aceptar la explicación de los sociólogos de que la gente vota luego de tantearse los bolsillos, o lo hace por castigo o por el mal menor, resignándose así a la ausencia de mejores opciones políticas, un vacío causado por el mismo ciudadano, al darle la espalda –por comodidad- al hecho político, y dejar que los partidos se vayan contaminando de oportunistas, ineptos e ignorantes que nunca han tenido un trabajo serio en sus vidas.

Así cualquiera critica a los partidos, y condena a la democracia, porque no funcione a cabalidad, y paradójicamente, esa ciudadanía que con su voto le otorga el poder a gente que jamás debería haber sido elegida para nada, es la misma que luego se queja de tanto abuso e ineptitud, quedando por saber si cuando ellos votaban sabían que sus candidatos no eran trigo limpio, como hizo la clase media y empresarial venezolana cuando reeligió presidente a Carlos Andrés Pérez, en una suerte de apuesta existencial que aspiraba a la vuelta del relajo financiero, y del ron para todo el mundo. Una apuesta que se perdió, junto al país entero.

En cualquier caso, a sabiendas o a oscuras de las consecuencias de sus actos, llega un momento en que caso todos ellos comienzan a cultivar lo que se ha dado por llamar la antipolítica, o sea el  poner patas arriba lo que ellos mismos configuraron, y lo peor de todo, es que para ello buscan desesperadamente a alguien que la encarne, sea un empresario como Berlusconi, un militarejo como Chávez, unos oportunistas como aquellos notables y dueños de medios de comunicación que querían tomar el poder en Venezuela, o un vivaracho como Trump. Siempre conseguirán a alguien para que los guíe hacia un país imaginario, mientras se autoengañan con que ellos nada tuvieron que ver con las crisis creadas por la gentuza que ellos mismos eligieron.

Por supuesto que cuando se monta en el poder alguien que en su vida habría soñado con ello, no importa si es un militar, un empresario o alguien con ideas religiosas algo extremas, lo primero que hace es rediseñar el terreno donde consolidará su poder, alienando los medios de comunicación estatales –el caso italiano y el español son de librito, a la vez que tristes, y el caso venezolano es ya una tragedia- justamente para ir configurando determinada visión del mundo a los analfabetos funcionales que le votaron, al tiempo que poco a poco irá laminando la democracia, con leyes mediante las cuales irá concentrando más poder, para así disponer de una mayor influencia en el comportamiento del poder legislativo y judicial –el caso ruso es también de librito, junto al húngaro y el polaco-, para que al cabo de pocos años, la democracia como estructura legal y como actitud ante la vida, pase a ser un cascarón vacío.

Si en esos países existe un sistema donde el gobierno sale del respectivo parlamento, y por tanto reelegir varias veces al jefe de gobierno no rompe ninguna ley, entonces toda la estrategia de amarre del poder pasará relativamente desapercibida. En cambio en los sistemas presidencialistas, como los latinoamericanos, cuando llega el momento para la ansiada reelección, los dictadorzuelos democráticos se consiguen con que su constitución no se los permite, al menos por segunda vez, y por tanto armarán todo el tinglado para cambiar la carta magna para seguir mandando, en una acción algo menos elegante que esos países europeos, y descarada, además, pero que casi siempre logra su cometido.

Es el ciudadano entonces la fuente de todos estos problemas, por dejar que los partidos y las instituciones sean secuestradas por gente que de demócrata no tiene nada; pero como el ciudadano a su vez es víctima de una ignorancia inducida por el mismo sistema político, pues la solución del problema se complica, y solo sería superable con algo de suerte, eligiendo a alguien que a la postre resulte ser una persona decente y preparada, y lo suficientemente enérgica como para comenzar un proceso de reconstrucción moral, esperando que su misma gente no termine por apartarlo del poder.

Es el problema ético de las democracias, esto es, el no preocuparse de que sus ciudadanos dispongan de la capacidad analítica y la información necesaria para decidir con fundamento su futuro. El profesor Nelson Chitty, en un reciente escrito expone la tragedia social que se genera cuando una revolución no dispone de un proyecto ético, sino que se alimenta solo por la vocación del poder en sí mismo, algo que también vale para las democracias, cuando sus clases dirigentes olvidan que su misión es servir a la gente, y que ello pasa por educar, y sembrar valores éticos.

Lo que pasa es que la tragedia en una revolución hace acto de presencia muy pronto, mientras que en las democracias tarda un poco en aparecer, luego de que se haya formado esa masa crítica de ciudadanos alienados y de fuerzas fácticas y gobernantes cínicos, que a su vez le abrirán la puerta al demiurgo que formalizará la muerte ética de esa sociedad.

Ese proceso lo sigue viviendo Venezuela, y de seguir las cosas como van, otros países con apariencia de democracia impecable, también sabrán más pronto que tarde lo que conllevará tanto cinismo de las clases dirigentes que actualmente los gobiernan.

Hermann Alvino

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