Malos tiempos para el alma del venezolano decente.


– No es sano para el espíritu el seguir curucuteando en las entrañas del régimen, en una permanente búsqueda de más y más crímenes, abusos y estupideces. Eso ya pasa a ser morboso.

– Tal vez lo mejor sería dejar esa retahíla de desgracias venezolanas para los historiadores del futuro, quienes utilizarán las fuentes confiables compiladas por los periodistas honestos del presente, para que dentro de cien años establezcan un juicio sólido y perdurable, como ha sido con aquellos personajes, ilustres y nefastos, de nuestros siglos XIX y XX.

– No es sano, pues, y por ello sería mejor apartarlo todo, incluso cualquier reflexión, para volver a lo primitivo, a lo simple, a lo directo: ellos contra nosotros, y punto, sin matices…y ya veremos cómo le inyectamos a los nuestros algunas ideas para gobernar…aunque aun sin ideas, de alcanzar el poder ahora mismo, seguramente ellos no lo harían peor que la gentuza actual.

– El nosotros contra ellos entonces, sin pensarlo mucho, también podría servir para apoyar a unos líderes opositores cuya mediocridad ha superado todas las pruebas, para que con nuestra aquiescencia sigan haciendo lo que les venga en gana, mientras viven su realidad paralela, pensando que su tiempo es parecido al de la democracia prechavista, donde cada cinco años había elecciones, y donde quienes se montaban en el poder interno de los partidos, pretendían -con relativo éxito- quedarse allí hasta el fin de sus días. Por otra parte, apoyarlos sin pensárselo mucho es lo mejor, porque seguir dándole vueltas a las causas del porqué esta gente se equivoca tanto –suponiendo que actúan de buena fe y sin complicidad con el chavismo-, ya ha pasado a ser  tan morboso y masoquista como el seguir autoflagelándose con las gracias de Maduro.

– Mejor entonces concentrarse un poco más en lo psicológico, y menos en lo material –que por lo demás está a la vista de todos-, para intentar averiguar por qué estos chavistas se han empeñado en destruir su propia casa, y qué los impulsa a la maldad extrema, y a la mentira infantil que delata lo básicos que son.

– Porque puede que un psiquiatra agudo descifre las causas primarias que configuraron el perfil espiritual de Chávez, y si se empeña un poco más, pues también el de Cabello, Maduro, o incluso el de personas tan insignificantes como las rectoras del CNE, la presidenta del TSJ, o la ahora de bajo perfil Fiscal General.

– Sin embargo, por más que se pueda plasmar en blanco y negro qué fue lo que le pasó a Chávez et all en algún momento de su infancia y adolescencia, como para comprender su resentimiento y desdén, por no decir sus clarísimos comportamientos psicopáticos, seguirá siendo incomprensible cómo millones de venezolanos validaron, se identificaron, y se entusiasmaron con todo lo que esa gente desde entoces ha hecho –léase destruido-: porque no hay psicólogo, ni especialista de la mente, que pueda explicar ese comportamiento masivo, ni mucho menos cómo sigue allí, luego de veinte años (!).

– Por supuesto que a cualquiera de nosotros, como individuos, algún trauma puede desquiciarnos la vida y la mente, al igual que alguna característica genética heredada, o nacida de ese azar quántico que también regula nuestro ADN; pero es que ni siquiera estas dos posibles causas pueden extrapolarse a esos millones de personas que apoyaron la barbarie, o mejor dicho, que decidieron ellas mismas ser la barbarie, en cantidad e intencionalidad tal que abre muchas interrogantes, entre otras:

– ¿Qué pasó entonces entre 1958 y 1998, como para que esos millones se suicidaran como pueblo?

– ¿Acaso eran tan infelices como para tomar esa decisión última e irreversible?

– ¿Tal vez era tan envidiosos del éxito ajeno, que prefirieron que todo se igualara por abajo?

– ¿Acaso la democracia prechavista los sometió a una pobreza tan embrutecedora como para no ser capaces de ver lo que estaba a ojos vista, mucho menos razonar sobre ello?

– Y luego de casi veinte años, por más hambrientos y débiles que estén todos, tanto los chavistas desilusionados como los opositores…¿por qué no reaccionan?

– ¿Es que acaso aquel discurso político-partidista tradicional antes de 1998, traducido a lo electoral, era tan mediocre que en comparación la verborrea y ensalada mental de Chávez dio la impresión de ser de tan alto nivel?, y más aún, ¿acaso la credibilidad de Chávez, un militar fracasado, un golpista fallido, era realmente mayor que la de los políticos a quienes arrasó electoralmente?

– Por otro lado, y apartando los datos que con tanto esfuerzo compilan los observatorios sobre la violencia en el país, quienes saben de estas cosas también tendrán que darnos una explicación sobre la violencia del venezolano, un fenómeno solo comprensible a la luz de las hordas del siglo XIX, y a la de los esbirros gomecistas y perejimenistas, más no a través del prisma del venezolano común de la contemporaneidad, por más humilde, poco formado o traumatizado que haya podido estar, aunque dudar de ello inevitablemente abre más preguntas:

– ¿Es que acaso el venezolano siempre fue así y no nos percatábamos por haber vivido todos durante un período de relativa gracia, que se correspondió al de la bonanza petrolera de la democracia prechavista?, o en otras palabras:

– ¿Es que para el venezolano la vida como tal nunca fue importante?

– ¿Es que la pobreza extrema inevitablemente conduce a que el pobre termine robando y asesinando al vecino, igualmente pobre como él?

– Estas dos últimas preguntas son muy relevantes, porque acotan o amplían el terreno dentro del cual se debe juzgar al chavismo, el cual ya sabemos –y consensuamos todos- que es culpable de haber destruido la riqueza nacional, la infraestructura pública –material, moral y procedimental-, con las sabidas consecuencias de pobreza y escasez.

Pero si esa acción destructora trajo la degradación espiritual que desembocó a un comportamiento criminal por una parte, y al sálvese quien pueda por otra, solo como efectos colaterales de la ignorancia y avidez de riquezas mal habidas de chavismo, el juicio moral al régimen –y a Chávez, obviamente-, sería muy diferente a si concluyésemos que además de esas dos facetas que caracterizan a todo jerarca chavista, entre sus intenciones iniciales también estuvo el envenenar el alma de los venezolanos.

– Porque ignorancia y corrupción, si bien son imperdonables para quien promete gobernar para bien de todos, al menos pueden someterse a un juicio justo y con todos los derechos, para eventualmente condenar, multar y encarcelar a los prevaricadores y ladrones, y para que al final de todo, éstos al menos puedan decir que pagaron su deuda con la sociedad, aunque no se hayan arrepentido de nada.

– Pero malear el alma colectiva e indivudual de un pueblo, para que lo odie todo –incluso su vecino-, y para que divida lo indivisible, esto es el amor por el terruño, para que éste se mediatice con el amor hacia los asesinos que tiranizan a Cuba, simplemente no tiene perdón alguno, ni forma de compensarlo con ninguna pena de cárcel o económica, sino solamente con el mismo castigo que ellos imponen tanto a sus enemigos indirectos –el venezolano de a pie, que muere por hambre y enfermedades-, como a sus enemigos políticos -tortura, sufrimiento, muerte indigna-, algo que puede que horrorice a muchos, porque su eventual aplicación nos igualaría por abajo a esos inmorales, pero que en el fondo todos sabemos que eso lo que se merecen, dentro de una vida muy injusta, donde lo peor de la humanidad casi siempre sale indemne de sus fechorías. Al menos físicamente.

– Los deseos de tanto mal para quienes han causado tanto daño, puede que nos degraden a todos, incluso por no poder apartarlos de antemano en su totalidad, cuando pensamos en ello. Puede que eso sea un efecto de ese mismo daño espiritual que ha conllevado el chavismo, o puede que sea un legítimo mecanismo de defensa que emerge insaciable en condiciones extremas, como las que vive Venezuela; un mecanismo de defensa que excluye el perdón a quién jamás ha querido ni perdonar a sus adversarios, ni arrepentirse de sus fechorías, y que hace que sus portadores sean incapaces de sentir lástima alguna, si a todas esas malas personas, o incluso a una sola de ellas, les llegase a pasar alguna desgracia personal.

– Son malos tiempos para el alma del venezolano decente, porque a eso lo han llevado, y de esos efectos deberán cuidarse los autores de esta masacre espiritual, porque no vaya a ser que al final se consigan con la misma horma de sus zapatos. Y entonces sí: sálvese quien pueda.

Hermann Alvino

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