Ni bravo ni pueblo.


Pronto se cumplirán 30 años de una frase pronunciada por Eduardo Fernández en un Discurso de Orden en el entonces Congreso Nacional, cuando con mucho énfasis, Eduardo dijo que el pueblo estaba bravo; “el pueblo está bravo, Gloria al Bravo Pueblo”, afirmaba cerrando su discurso con un magnífico juego de palabras, cual amalgama entre la gallarda naturaleza del venezolano –al menos según el orador-, con el mismo himno patrio.

A pesar del impactante efecto de aquella frase, el tiempo demostró que el pueblo no estaba bravo, sino –entre otras cosas-, más bien confundido, al punto que incluso luego de la estupenda campaña electoral presidencial que al año siguiente realizó Fernández –una operación que aprobó con mérito todos los baremos de calidad que imponían los especialistas en esa materia en todo el mundo-, ese pueblo votó por Carlos Andrés Pérez, reeligiéndolo presidente del país.

Confundido estaba, ciertamente, porque tenía ya diez años sin comprender donde se le había ido aquella chispa de prosperidad ficticia creada por la regadera de dinero durante el primer gobierno del reelegido CAP,  porque luego de ese fiestón, amenizado por los mayores escándalos de corrupción de la época –que en justicia palidecen al lado de los engendrados por el chavismo-, a Luis Herrera y a Jaime Lusinchi les tocó pagar la cuenta, con devaluaciones y restricciones financieras, lo cual habría sido aceptado si se hubiera explicado bien en qué ladera del precipicio financiero CAP I había dejado al país, además de una administración pública hecha pedazos, materialmente saqueada, algo que no se compensaba ni de lejos con los innegables logros de su plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho, al que admiradores y beneficiados siempre recuerdan cuando se valora aquella nefasta presidencia.

Una confusión explicable además, porque estaba de anteojito que entre los escándalos que saltaron a la luz durante el gobierno de LHC, y los abusos de Blanca Ibañez durante la gestión de su pareja como presidente, el pueblo sabía que aún había algún dinerito disponible para ese reparto a manos llenas al que lo acostumbró CAP I, pero también olía que esa riqueza se quedaba represada en los bolsillos de los más vivos, y de los amigotes del poder de turno, y no permeaba hacia abajo. Por lo demás, el que durante el período Lusinchi, el aumento de la desigualdad social y la pobreza generalizada en los estratos más humildes, hubiera superado el umbral de la irreversibilidad, generó la sensación de que sin importar cuál era la explicación sobre esa evolución hacia peor, la solución obvia sería volver a la repartidera sin control, y para ello había que reelegir a CAP; un gesto con el cual aquel pueblo cambió la confusión por la avidez.

Por su parte, la clase media y empresarial, que de confundidos no tenían ni pizca, sabiendo lo que hacían, apoyaron con entusiasmo a CAP II en la manifestación de cinismo más marcada de aquellos cuarenta años de democracia, porque ellos sí sabían –por su nivel de formación, y por haber participado activamente en el festín CAP I- lo que en términos de desorden y degradación moral representó aquella presidencia, contribuyendo decisivamente a un proceso irreversible de degradación nacional que al final dejaría el pueblo en un nivel de irresponsabilidad tal como para abrirle las puertas al chavismo.

Aquel pueblo entonces, una vez comprobado empíricamente que CAP II no era el demiurgo que esperaban, y luego de apoyar en plazas y calles la defenestración de ese ídolo que ellos mismos habían creado, creyó así haber descubierto otra verdad, esta vez dentro del mensaje con que los medios de comunicación más poderosos lo machacaban y embrutecían: una verdad que se dio por llamar antipolítica, pero que de eso no tenía nada, siendo una astuta maniobra de un grupo de vivarachos para intentar alcanzar un poder, que su poca constancia, y su muy arraigado concepto de comodidad personal, no les permitía hacerlo haciendo carrera partidista.

Lo que el pueblo no sabía era su papel fundamental como tonto útil en la difusión de ese mensaje, el cual, y por su propia naturaleza, suponía la destrucción del sistema político existente; un papel de tonto útil mediante el cual se autoconvenció de esa necesidad, y que concretaría diez años más tarde, eligiendo a Chávez como su presidente.

Dentro de tanta confusión, avidez frustrada y resentimiento, Caldera se cuela como presidente, algo inexplicable si lo vemos como la antítesis del relajo carlosandresista, dando lugar a otra ironía, porque su designado para medio enderezar las finanzas patrias, no fue otro que un marxista exguerrillero convertido al liberalismo más ortodoxo, quien al aplicar esos principios, lo que hizo fue echarle sal a la herida social; algo que Teodoro –cuestión de carácter…-, repetiría años más tarde, impregnando con sal la herida opositora recién abierta por la derrota electoral de su pupilo Manuel Rosales, al reconocerla de inmediato y sin pestañear.

Con el paso del tiempo, el supuesto bravo pueblo chavista confirmó que no es ni lo uno ni lo otro, sino –de acuerdo a las definiciones de masa de Elías Canetti- más  bien una ya no tan enorme ameba, cargada de resentimiento hacia el enemigo imaginario que Chávez les metió en la cabeza; por su parte, el frente opositor ya dejó de ser pueblo, por estar políticamente muy dividido, luego de sufrir todos los niveles de frustración, por haber aceptado sin chistar las loqueras de los partidos de la MUD, sus banalidades, su ceguera política, sus complicidades con el régimen, y por haberse calado otra ironía -la de que otro ex(?) comunista como Torrealba los haya dirigido-, y no puede ser bravo, porque el hambre y las enfermedades que comparte con su homónimo chavista, lo han vuelto físicamente tan débil como aquél.

Bravo pueblo, pero bravo de verdad, fue el de la Revolución Francesa –y no todo-, el vietnamita contra franceses y gringos, y el pueblo hebreo del Gueto de Varsovia, cuando se enfrentó a los nazis antes de ser exteminado. Porque todos ellos, junto a los muy cultos próceres de nuestra independencia, los lanceros analfabetos de Páez, y los generales y coroneles analfabetos que con sus hordas asolaron al país antes de la pacificación gomecista, sabían que hay momentos en la historia de un pueblo en que lo bravo debe concretarse con acción real, aun a cuenta del riesgo que supone, algo muy distinto a manifestar por la autopista Francisco Fajardo luego de comer completo, a seguir apoyando a una unidad MUD (?) a cuenta de que es lo único que queda para vociferar,

Porque el pueblo bravo sabe que esa bravura solo cobra si hay un tributo de sangre, la suya y la del opresor, la de los estudiantes y a lo mejor la de una que otra rectora que impide las elecciones, la de mucha gente humilde y la de algún magistrado entre esos farsantes que pululan en el TSJ, la de algún notable de la MUD y ¿quién sabe?, si la de la Fiscal o la de la misma Primera Combatiente. Lo sabían y lo vivieron en su propio pellejo los pueblos del Cono Sur durante las dictaduras apoyadas por los que ahora han vuelto al poder en EEUU, así como los pueblos centroamericanos, y los disidentes cubanos que el castrismo deja morir en las cárceles.

Esa es la realidad…mientras la MUD se reestructura, luego de adormecer a medio país con el cuento del gallo pelón, o sea el del referendo revocatorio, y piensa cómo podrá hacerlo de nuevo, en caso de que esa misma gente se despierte, para exigir elecciones regionales y locales.

Hermann Alvino

Anuncios

Un comentario en “Ni bravo ni pueblo.

  1. ¿Pueblo? cuyo himno de batalla, aquel que se supone despertará, enervará y condicionará el necesario espíritu de combate para una eventual batalla a muerte, está montado no sólo sobre la ficción, sino, sobre el compás de una canción de cuna –la que cita Juana María de la Concepción Méndez Guzmán “Conny Méndez” en sus famosas estrofas–; con una letra que llama al gloria de un bravo pueblo de bravura inexistente; que pretende alebrestar espíritus citando la ruptura del yugo español y hoy está entregado al yugo de la paupérrima Cuba, que ayer y hoy lo hizo y lo hace sobre la destrucción casi total de la clase productiva, de quienes leen, escriben, piensan, planifican, arriesgan, fracasan pero se levantan y de nuevo hacen; que habla del respeto de una ley que jamás ha sido cumplida a cabalidad –29 Constituciones en 205 años, recuerde que la última 1999 hasta tiene tres textos distintos y que ya se anuncia una nueva vía constituyente–; letra que habla de virtudes y de honor, donde todo lo que eso pueda expresar o ser entendido por uno u otro sea, es justamente, para quienes ejercen el poder, la primera y principal idea, concepto, función, hacer u objeto a ser atacado, pateado, mancillado hasta su destrucción.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s