Ana karina rote. Trump es Caribe.


Los antiguos griegos acuñaron la palabra “bárbaro” no tanto porque esos pueblos del Norte que se les venían encima fueran salvajes, sino porque en la cadencia de sus lenguas se utilizaba mucho lo que en la escuela primaria nos enseñaron como “b” labidental. Con el tiempo, ese término terminó asociándose con lo salvaje, primitivo, o lo poco culto de una sociedad, o pueblo.

Pero esa asociación es errada, porque la humanidad se ha diferenciado del resto del reino animal justamente por su intercambio de cultura y tecnología; y como para que exista un trueque real, todas las partes deben sentir que obtienen algo de igual valor a lo que ceden, esos “bárbaros” de entonces, no eran “tales”, sino pueblos poseedores de una historia, una forma de vida, y una tecnología que inevitablemente se fue integrando con la de las otras gentes. Pasó con aquella Grecia y los persas, egipcios e hititas, romanos y pueblos del Norte de Europa -que al final terminaron por arrollarlos, comenzando por los Pictos que se saltaron el muro de Adriano en lo que hoy es Inglaterra-, y así será siempre, porque cuando las circunstancias obligan, o cuando ya no se puede resistir a su innata curiosidad para saber qué hay del “otro lado” de su mundo, migrar es parte de la naturaleza humana.

El mundo tal y como lo conocemos durante diez mil años es producto de dos procesos que están a la vista: el primero es el consenso geológico que nos ha dado relativa estabilidad climática y geológica, y el segundo lo constituyen las grandes migraciones entre territorios.

El consenso geológico es evidente aunque por una u otra razón inevitablemente terminará, sea por el calentamiento global, por un meteorito, y por el inmisericorde movimiento de placas tectónicas, que dentro de muchos milenios alterará la geografía del planeta como lo ha hecho tantas veces en el pasado. Un tema que dejaremos aparcado por ahora.

En cuanto a las migraciones masivas, recordemos que toda la población nativa del continente americano es producto de la larga caminata de miles de personas sobre la tierra que existía entre Alaska y Asia -en tiempos de una glaciación cuando el nivel del mar era menor, algo que fue  imposible luego del deshielo que configuró nuestro mundo actual-. Parte de los americanos también llegaron por el mar Pacífico, cuando unos asiáticos algo locos y audaces decidieron montarse en balsas, a cuenta de que habían descifrado la dirección de los vientos, llegando a las islas de ese inmenso océano, a Australia, Hawaii, a la Isla de Pascua y a la costa Oeste americana en toda su extensión.

El pueblo británico, que tanto presume de ser una isla “aparte”, no es más que el producto de otra migración masiva, que recorrió caminando el Canal de la Mancha cuando aún era posible. Un pueblo que milenios más tarde terminó de ser como es por la mezcla con los vikingos, que invadieron la península milenios más tarde.

Esa dinámica que siempre ha existido con el ser humano, permite afirmar que no hay lugar ni pueblo de esta Tierra que sea racialmente “puro”, esto es, que el término raza no tiene sentido, ni biológico, ni social, porque las migraciones desde el mismo amanecer de nuestra especie como tal, así lo establecen.

Como se mencionó anteriormente, hay circunstancias que impulsan los movimientos de los pueblos; de éstas, obviamente la más importante es aquella que atenta contra la supervivencia, o sea el clima, que con sus recurrentes sequías arrasa las cosechas, dando paso a la hambruna –algo que acabó con las civilizaciones mesoamericanas. Esas migraciones son imparables, sea por la cantidad de gente que conllevan, o por su deseo extremo por sobrevivir, o por ambas cosas combinadas, algo con lo que el Homo Sapiens causó la extinción de nuestros primos Neandertales, y que impulsó a los tártaros a ocupar media Europa, configurando así varias facciones de millones de europeos, y que están a la vista -como los párpados de Trump, innegablemente euroasiáticos-; así mismo, de los pueblos árabes las mujeres andaluzas heredaron sus enormes y hermosos ojos negros, y muchos europeos del Sur, su color de piel.

No está demás recordar que los esclavos que en África iban siendo secuestrados por los traficantes árabes para su venta a esos ingleses, franceses y holandeses, que con tanto entusiasmo quisieron ponerlos a trabajar en plantaciones y minas, fueron de por sí una migración inmensa, cuyo efectos constituyen una parte fundamental de nuestra América, en cuanto a sangre, cabello, piel, música, sincretismo y vida. A su vez, recorrer las calles de los pueblos del estado Bolívar inevitablemente nos lleva al Sur de la India, a Ceilán, o a Bangladesh, porque hay muchos venezolanos con facciones de esos hindúes que llegaban recorriendo el Orinoco desde aquella Trinidad donde los ingleses los habían transplantado, casi todos ellos en contra de su voluntad; así mismo, si uno se pasea por Carúpano, de repente se consigue con un compai que por sus facciones bosquímanas –ojos muy achinados, pómulos muy salientes, pelo muy corto y encrespado, y piel más clara que el resto de africanos- parece recién llegado de Namibia o Botswana.

Las calles de Venezuela, y de toda Latinoamérica, están pobladas con gente que perfectamente pasarían desapercibidas en China o Filipinas, algo sorprendente luego de siglos de mezclas entre pueblos diferentes. Lo mismo ocurre en Canadá, y por supuesto en los EEUU de Trump, y en el Reino Unido de tanto conservador racista, que observa sin comprender cómo luego de décadas como cabeza de un imperio tan vasto y diverso, cual “civilizador global”, ahora comparte el mismo cielo británico con gente de facciones y culturas que responden a ese pasado. Curry y fish and chips, son otro testimonio de ese regalo migratorio.

El poder de turno siempre olvida que la Historia humana es el relato de migraciones e invasiones, unas pacíficas y otras muy sangrientas, casi todas imparables, y muy pocas contenidas -al menos por un tiempo-, como la invasión musulmana que se detuvo hace pocos siglos frente a las murallas de Viena, o los mismos musulmanes parados en seco un milenio antes por Carlos Martel en los Pirineos. Volverán a intentarlo, como lo hacen muchos otros pueblos, para bien y salud de nuestra especie, y querer detenerlos es insensato y antihistórico, porque nadie podrá lograrlo, salvo que ponga en marcha una carnicería atómica.

Dentro de pocos decenios, EEUU será más hispano que nunca, Canadá más asiático, Europa más levantina y africana, y Siberia más china que nunca; y si Japón no quiere morir como país, tendrá que aceptar mucha gente de pueblos que aun ahora, increiblemente, le parecen algo inferiores.

Por supuesto que al poder de turno, especialmente si se basa en algún fanatismo, sus súbditos les parecerán esclavos; así era con los marajás del Norte de la India, que consideraban esclavos a los habitantes del Sur, y con los mercantes árabes que esquilmaban las aldeas de negros para su exportación, y así fue con Hitler, quien ni siquiera consideraba a los judíos como personas, sino como infrahombres.

Pero el desdén por otras gentes también viene por el miedo a lo desconocido, algo innato en nuestra naturaleza de cazadores, supervivientes durante más de cien mil años, dentro de entornos de frágil subsistencia, que a la luz de las comodidades y tecnología modernas no los podemos siquiera concebir a plenitud. Lo desconocido también podía ser la gente que vivía en las cercanías, cual rivales potenciales para acceder a los pocos recursos alimenticios disponibles, y a las mujeres. Un choque que inevitablemente implicaba varias muertes, a menos que un motivo más que poderoso les impulsara a aliarse, y que los hacía progresar rápidamente.

Ese temor ancestral, unido a creencias animistas, a la inevitable disputa con pueblos vecinos por el territorio y sus recursos, y a la misma dureza del entorno, son las razones por las que los Caribes se acuerpaban bajo la consigna ana karina rote, esto es ¡solo nosotros somos gente!, una frase que perfectamente la puede decir Jared Taylor, líder del movimiento para la supremacía blanca en EEUU, quien en una entrevista a cargo del periodista Jorge Ramos, llegó a decir que negros y pigmeos tienen un coheficiente de inteligencia menor que los blancos, y que los mexicanos -que tienen gallinas en el patio de su casa-, junto a otra gentuza, son los que están acabando con su país –ver entrevista en https://www.youtube.com/watch?v=0T4jssO9t-0

Por supuesto que siempre habrá fanáticos de este calibre, algo comprensible a la luz de todos los factores tocados muy superficialmente en estas líneas, con mensajes raciales que periódicamente se ponen de moda cuando las crisis económicas afloran con inquietante intensidad. Sucedió en la Europa y el Japón de inicios del siglo XX, y está volviendo a pasar en la Europa actual, en países como Holanda, Francia, Grecia o Hungría, que ven peligrar su cultura si permiten la entrada y estadía de centenares de miles de africanos y del Medio Oriente, que huyen de la pobreza y de la muerte, como igualmente esos fanáticos norteamericanos que votaron con las dos manos por Trump, ven peligrar su cultura si continúa la invasión hispana con sus gallinas bajo el brazo.

El problema es cuando estos fanáticos llegan al poder, como fue el caso del nazismo, de la Hungría actual, o con Trump, cuya cercanía al mencionado racista Taylor es un golpe bajo a todos los norteamericanos decentes. Seguramente, el ana karina rote no desentonaría en boca de Trump.

No hay muro, ni cerca electrificada y forrada con alambre de espino, que detengan el hambre y las ganas de vivir a plenitud. Siempre ha sido así, y así seguirá siendo siempre. Afortunadamente.

(Del racismo de Chávez hablaremos otro día).

Hermann Alvino

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