Venegambia


El pasado 26 de Enero llegó a Gambia Adama Barrow, un exitoso empresario de la construcción que hace pocas semanas derrotó electoralmente a Yahya Jammeh, un militar que llegó al poder en 1994 mediante un golpe de estado, y que gobernó durante 22 años “democráticamente”, triunfando en las elecciones presidenciales de aquel país en 20012006, y 2011

Gambia es el país más pequeño de África, con una extensión de 11295 km2 –similar a la del Estado Táchira-, con 1.8 millones de habitantes –el Táchira anda por los 1.4 millones-, con apenas 80 km de costa atlántica, y un PIB del orden de los 3500 millones de dólares –para seguir con las comparaciones, el del Táchira sobrepasa los 10 mil millones- de religión mayoritariamente musulmana, con un crisol de lenguas entre el Inglés –idioma oficial-, el Mandingo, Wolof y Fula, y una expectativa de vida de 58 a 60 años.

Casi el 80% de sus habitantes trabajan en el campo, sujetos a tres meses anuales de lluvia errática debido al cambio climático, con las sabidas consecuencias ruinosas para las familias, y las periódicas hambrunas que ahora amenazan hasta a la mitad de su población, cuyos ingresos se centran en el turismo y las exportaciones de maní.

Al frente del ejército -compuesto por 1000 efectivos, pocos y mal equipados- está el General. Ousman Badjie, consciente que sus hombres no rivalizan contra la guardia del presidente saliente, bien apertrechada y seleccionada a través de las debidas lealtades tribales.

Un país algo pobre, pues, visto con poca empatía por parte de los habitantes de países más prósperos, entre los cuales ya no está Venezuela, donde también ha habido tres elecciones presidenciales “democráticas” con triunfos del régimen criollo, y una destrucción nacional similar:

El presidente saliente de Gambia, en su momento se autotituló His Excellency Sheikh Professor Alhaji Dr Yahya AJJ Jammeh Babili Mansa –las últimas dos palabras significan genconquistador de los rios-, y ha gobernado con mano dura por 22 años, empobreciendo al límite a su país y reprimiendo ferozmente a sus opositores, especialmente a los defensores de derechos humanos, sin contar a los homosexuales, amenazados con ser decapitados. Sus mandatos están salpicados con represiones y desapariciones de personas a cargo de los esbirros de su servicio de inteligencia, en un país que nunca tuvo una infraestructura moderna mínima comparada con aquella Venezuela que fue moderna y muy bien equipada, pero que ahora, luego de estos años de chavismo, con puentes que se derrumban, con refinerías que explotan, y con la infraestructura inmobiliaria que se cae a pedazos, y que ahora se parece a Gambia de manera inquietante.

Todo indica que como buen autócrata –o dictador disfrazado-, llegó un momento en que Jammeh se creyó invencible; es en ese punto cuando estos opresores toman la decisión de permitir elecciones más o menos transparentes –obviamente seguros de que las ganarán-, o seguir con la farsa, hasta que los tumben por otra vía. En Chile, en Uruguay, o en Nicaragua, sus opresores se creyeron ganadores, y permitieron elecciones y referendos que al final implicaron una vuelta relativamente rápida de la democracia, a diferencia de los militares que en 1952 gobernaban a Venezuela, cuando creyéndose también invencibles -luego de proscribir a AD-, tuvieron que darle un palo a la lámpara luego de perder las elecciones constituyentes realizadas ese año –ganó URD-, para así formalizar la dictadura que duró hasta 1958.

Pues bien, muy al contrario de Chavez, quien sí estaba claro que la transparencia era el camino a su derrota, y como ya había obtenido el 72% de los votos en la elección del 2011 –con reclamos de abuso electoral muy similares a los que en Venezuela conocemos muy bien-, Jammeh seguramente pensó que también arrasaría en el 2016, pero resultó que el 1º de Diciembre pasado solo llegó al 39.6%, al tiempo que su rival Barrow obtuvo el 43.3%

Fue entonces cuando comenzaron a ocurrir cosas de interés para los venezolanos decentes: los jefes militares de Jammeh le recomendaron jugar al perdedor generoso, reconociendo la victoria del adversario –cosa que hizo impecablemente durante dos semanas- mientras se pensaba cómo capear el temporal; el mencionado jefe de las fuerzas armadas, el General Ousman Badjie, luego de un breve apoyo al ganador, ratificó su lealtad al perdedor Jammeh, quien entonces recurrió a la Corte Suprema para impugnar los resultados…el problema fue que como el mismo Jammeh había destituido a varios de sus miembros, a esta institución le faltaban por lo menos cuatro integrantes para legalmente poder tomar nota del caso, algo que no ocurrió durante este breve y agitado período de incertidumbre.

…Mientras tanto, llegado el momento de la investidura, el presidente electo Barrow, exilado transitoriamente en Senegal, tomó juramento y posesión en la embajada de Gambia de ese país vecino y cercano –de Dakar, capital de Senegal, a Banjul, capital de Gambia, hay 270 Km.

En un escenario algo surrealista, la comunidad de países de África del Oeste –Economic Community of West African States ECOWAS– amenazó con una intervención militar si no se reconocía al nuevo presidente, un posicionamiento que fue suficiente para que a los pocos días Jammeh se fuera al exilio a Guinea Ecuatorial, llevándose unos 12 millones de dólares de la caja del Estado, más unos cuantos vehículos de lujo, en una partida similar a la de tantos otros opresores, y que puede verse en https://goo.gl/i2lKzY

¿Condiciones para aceptar ceder el poder?, pues según lo que se comprende de lo indicado por el presidente de la ECOWAS, Marcel Alain de Souza, hacia Jammeh no se tomará medida alguna que afecte su dignidad, seguridad, sus derechos, ni los de su familia, pudiendo volver a Gambia cuando desee, al tiempo que sus posesiones “legales” no le serán confiscadas. Un acuerdo político, mas no jurídico, de manera que la posibilidad de imputarlo y solicitar extradición y juicio en Gambia está abierta, especialmente en materia de violación de derechos humanos.

Esta historia confirma la importancia que para dictaduras y autocracias representa el disponer de un poder tribunalicio afín, y en condiciones de dictar las sentencias a conveniencia del régimen de turno, porque si Jammeh no hubiese descuidado el asunto del número mínimo de integrantes requeridos legalmente para constituir el equivalente gambiano del TSJ chavista, casi seguramente seguiría en el poder, luego de que ese cuerpo torciera los resultados electorales.

Por otro lado, el que el país de acogida garantice que no le confiscará sus riquezas, es un poderoso incentivo para que un autócrata o dictador acepte ceder el poder, incluso teniendo aún cierto margen de maniobra para conservarlo. Así fue con Duvalier, con Bocassa, con Idi Amín, con Pérez Jiménez, y con casi todo el resto de opresores que vivieron un retiro dorado europeo.

Por supuesto que no sabemos cual habría sido la posición de ECOWAS si en Gambia hubiese habido una Corte Suprema legalmente constituida y decidiendo a favor de Jammeh, dándole así legitimidad a otro mandato, puesto que la máxima institución jurídica de un país, de por sí es un freno para la crítica de países donde esos magistrados sí responden a un proceso de nombramiento y a un comportamiento no solo impecablemente legal, sino ético. En todo caso, el paralelismo entre el subterfugio frustrado de Jammeh y el exitoso TSJ del chavismo es evidente, y ha sido dicho logro lo que le ha permitido a nuestro régimen mantener a raya a gran parte de la crítica internacional, al menos en materia de legitimidad presidencial.

Por otro lado, no deja de llamar la atención el que se haya amenazado a Jammeh con una intervención militar para caerle a su régimen en cayapa –término indígena venezolano equivalente al de cooperativa-, porque ello es una amenaza a la soberanía de ese país minúsculo, a cuenta de prevenir una revuelta social con daños mucho mayores. Solo el gesto en sí de la ECOWAS constituye un precedente que bien podría servir de sustrato para que nuestros países vecinos, que buenas ganas le tienen a una que otra loncha de territorio venezolano, amenacen al chavismo con una intervención si se negara a ceder el poder, cuando toque. Después de todo, si los 1000 soldados de Gambia no habrían sido rival para una cayapa múltiple, los centenares de miles de soldados endógenos, dirigidos por comandantes narcos y gordos bien comidos, tampoco lo serían para tropas muy serias como las de nuestros vecinos por los tres costados. O los cuatro.

Acontecimientos entonces para tomar nota en esta Venegambia chavista, donde a todas luces resalta la posibilidad de un conocido empresario como probable ganador de una hipotética elección presidencial, y unos chavistas corruptos que gustosamente cederían el poder, si no los dejaran con una mano adelante y otra atrás, luego de confiscarle todo lo robado, más la promesa de no juzgarlos por tanto asesinato y tortura.

Si, a veces la vida es muy injusta, al menos en Gambia.

Hermann Alvino

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