Empapados


Luego de la lectura diaria sobre los detalles de las actuales autocracias que pululan por el planeta, ya uno no se sabe si se refieren a Venezuela, Turquía, Egipto, Cuba, Rusia, Irán, o a China, lugares todos –junto con otros países africanos y árabes- donde el disentir conlleva consecuencias tan parecidas, que es inevitable sospechar que se copian unas de otras, para mejorar sus sistemas de represión y hacernos a los humanos algo más salvajes de lo que ya somos; un plagio que es inherente al poder mismo, definido desde su ángulo más rudo.

Porque quienes dentro de esos sistemas tienen el poder –es saludable tenerlo siempre presente- no buscan la paz interna –aunque ésta es de facto será un efecto colateral de dicho dominio-, sino que solo desean la victoria, como fin primero y último, aún a costa de la ruina general; un deseo que luego de concretarlo, no ofrece ningún futuro a sus atribulados pueblos, puesto que cuando la autocracia cae –y todas terminan por caer-, solo resta recoger las ruinas materiales y espirituales de sociedades y países que pudieron ser –o eran- prósperos y mentalmente sanos, y ponerlas sobre las espaldas de las generaciones siguientes, a ver si logran recuperar un mínimo de felicidad colectiva, paz social y calidad de vida.

Pero el asunto se pone mucho más tétrico cuando los autócratas se creen el cuento de que esa victoria, como producto de la aniquilación del tejido social existente, servirá de basamento sobre el que se edificará una nueva sociedad y un hombre nuevo –por supuesto, y por definición, destinado a ser solidario…o más productivo, dependiendo de la ideología de turno.

La extinta URSS, la China de Mao, el Vietnam de Ho Chi Min, y la Camboya de los Khmer Rouge, son claros ejemplos de las secuelas de esas victorias como un fin en sí mismo, y de lo falso que resulta cualquier justificación de tanto sufrimiento, a cuenta de una teleología ideológica que anunciaba una sociedad más justa y solidaria, a la vez que más próspera.

El caso de la URSS es un ejemplo de libro que nos confirma lo frágil que resultó la quimera de la construcción de una sociedad comunista, puesto que la actual Rusia, dominada por el autócrata Putin, proviene justamente de un imperio y una sociedad cuya ruina fue declarada formalmente en 1989. Por su parte, las decenas de millones de muertos por hambre y fatiga bajo la locura autocrática de Mao, no sirvieron de mucho para elevar el nivel de vida de la gente, como tampoco ayudó a camboyanos vietnamitas el fanatismo de sus líderes guerrilleros.

Lo interesante de estos cuatro ejemplos es que con todo y que siempre hay mucho cínico e hipócrita suelto, la labor adoctrinadora que se prolongó durante décadas, condujo a que gran parte de las élites que controlaban esas sociedades efectivamente terminaran creyéndose el mencionado cuento de que a la postre allí iba a nacer un nuevo mundo; pero bastó y sobró que sus respectivos sistemas se derrumbaran para mostrar la desolación que allí había.

En el caso concreto de Rusia y China, puede que algunos analistas piensen que éstos deben ser gobernados por autocracias, en virtud de su enorme extensión geográfica, sus centenares de millones de habitantes, y la complejidad geopolítica que inevitablemente surge por esas dos características; y puede que también demuestren la validez de esa idea mediante las cifras que describen el progreso material alcanzado durante estos últimos 30 años. Sin embargo, esa óptica deja de lado dos elementos: el primero es que con o sin autocracia, tanto Rusia como China siempre serán influyentes en el mundo, y el segundo es que su actual nivel de progreso ha sido posible en gran medida por la expansión de ese entorno sociopolítico y socioeconómico liberal predominante en el planeta a partir de 1989, y más bien han sido las autocracias –en un caso, la personal de Putin, y en el otro la del PCC- las que han impedido que esa evolución haya sido más rápida y menos imperfecta.

Con relación a Vietnam y Camboya –y Laos-, si consideramos la desolación que generó el conflicto armado que en esa región duró 40 años, es lógico que su salto hacia una sociedad más abierta haya sido más lento, además que en tamaño y recursos naturales no pueden compararse con Rusia o China.

La diferencia entonces entre Rusia y China, y estos países del Sur de Asia, es que habiendo vivido todos ellos décadas de fanatismo ideológico de extremos impensables para el sentido común, las élites de los dos primeros se dejaron de ideologías extremas y procedieron a aplicar parcialmente conceptos económicos liberales pero manteniendo un férreo control político de sus sociedades, mientras que en el segundo caso, ese abordaje económico liberal ha sido mejor  acompañado por elementos de democracia y libertad individual.

En este corto análisis no se han considerado otras autocracias, como la de Corea del Norte, Irán, o las de países africanos, por el simple motivo que en éstas el concepto de hombre nuevo nunca tuvo mayor importancia. En efecto, en Corea del Norte, además de no haberse producido cambios de fondo durante más de medio siglo, más bien lo que ha creado como efecto colateral ha sido un hombre integralmente alienado; por su parte, para la teocracia iraní, que se aproxima a los 40 años de existencia, persona y sociedad ya estarían definidos en el Corán, o al menos en la interpretación que los chiítas le dan al ese texto. De manera que visto así, esas autocracias son solamente eso, como igualmente parece serlo el régimen de Turquía, al igual que las variadísimas autocracias africanas, cuyo fin único es mantenerse como sea en el poder, para seguir enriqueciéndose a todo dar.

Obviamente que también hay que referirse a Cuba, cuya autocracia siempre ha pregonado su labor de zapa espiritual para crear la nueva sociedad socialista, o comunista –acá los términos se confunden-, y cuya falsedad se delata con el medio siglo de penurias de la gente, y de represión sin contemplaciones; en el fondo, esa autocracia no se diferencia mucho de las africanas, o de la turca, lo cual nos lleva al caso de la autocracia chavista en Venezuela, cuyas características son harto conocidas y también muy similares a las africanas, cuando se trata de valorar su ineptitud para gobernar, su descaro para robar, la desfachatez de la corrupción de sus fuerzas armadas, y sus mecanismos de represión, que no llegan a ser tan sofisticados como los de China, o Rusia -donde en última instancia, a alguien incómodo le clavan la punta de un paraguas contaminado con Polonio-, pero que sí se le parecen por encarcelar a capricho a los disidentes -con jueces de conveniencia que reinterpretan la ley para que se pudran en la cárcel-, porque expropian lo que se les antoja atractivo para embuchárselo, por nacionalizar a las empresas incómodas, espiar y controlar las comunicaciones, asesinar por encargo, o enviar turbas a apalear a los opositores.

Mientras tanto, la banda de académicos españoles que dirige al partido Podemos, y a los farsantes intelectuales de la izquierda francesa, británica, o sueca, siguen hablando de esa utopía que surgirá cuando ellos apliquen el verdadero comunismo, al tiempo que persisten en su apoyo al castrismo cubano, al evismo boliviano, al orteguismo nicaragüense y –desde algún tiempo, y con más discreción que antes, dadas las loqueras de Maduro- al chavismo venezolano; una actitud ésta que, a la vista de lo expuesto, acá solo puede interpretarse como un nuevo capítulo de mala fe que delata las ansias autocráticas de esta gentuza.

Porque, mientras nuestro estado evolutivo se mantenga, ese hombre nuevo del que tanto hablan jamás existirá, y habrá que conformarse –cuando es posible, y solo por unos años en una que otra parte-, con un ser humano más o menos sensibilizado hacia su prójimo, y sujeto a una Ley donde no caben los autócratas, hasta que éstos vuelvan a reiniciar el ciclo diabólico del poder absoluto, seguido de su disolución en medio de la ruina generalizada. Y vuelta a empezar, porque al final de cuentas, a pesar de que hace dos milenios se impuso una teología que pregona la Historia lineal y ascendiente hacia la perfección, parece ser que los antiguos griegos estaban en lo correcto, al concebir el mundo como una gran rueda que gira, en la cual periódicamente aparecen y desaparencen nuestas imperfecciones.

Hasta Carlos Andrés Pérez casi capta esa verdad, cuando afirmó que “Llueve pero escampa”. Solo le faltó completar el último paso para su comprensión plena, diciendo, “y volverá a llover…”.

En Venezuela aún llueve, la MUD empapada, y la rueda de la Historia sigue atascada.

Hermann Alvino

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