La verdadera inmortalidad


Entre los comentarios de los lectores de los diversos medios digitales referidos a la muerte de la actriz Carrie Fisher, o sea la estupenda Princesa Leia, la del bikini metálico dorado, prisionera del malvado Jabba the Hutt, y con la que soñaron dos generaciones de aficionados a la saga Star Wars, hay uno que dice que ella “será inmortal por bastante tiempo” -ver usuario llamado nicknenino en los comentarios de http://www.publico.es/culturas/carrie-fisher-princesa-leia-star.html-; una frase algo complicada de comprender para todo el que posea un mínimo de conocimiento de vocabulario y de lógica, pero que refleja la desmemoria de la sociedad global contemporánea, en la cual los grandes deportistas, actores, cantantes, escritores, artistas plásticos y hasta héroes de guerra que se convierten en inmortales luego de morir, solo lo serán por un tiempo, más corto que largo, porque atrás vienen otros empujando por conquistar un lugar en esa memoria de corto alcance que se ha impuesto desde el mismo amanecer de la sociedad post industrial.

Es parte del mundo actual entonces, donde la inmortalidad cesa cuando emerge esa desmemoria que a los pocos minutos nos hace olvidar todas las noticias que emanan de CNN y de las versiones locales que emulan ese estilo torrencial; un recuerdo de muy corto alcance además, causada por ese permanente ruido musical a todo volumen, que en todo momento y lugar –salas de espera, bares, centros comerciales, y en multitud de hogares caribeños- nos impide concentrarnos como es debido, sin mencionar esos audífonos, cual prenda permanente y fuente de despiste hasta en los rayados peatonales.

Tal vez sea porque en este planeta ya comenzamos a ser demasiados, o porque la sociedad de la información ha densificado demasiado nuestras relaciones personales e impersonales, aumentando además su ritmo de intercambio, al punto que nuestro cerebro, cuya máxima capacidad para recordar personas se estima en algo más de 200, y cuya memoria está diseñada evolutivamente más que todo para detectar patrones, ya no es capaz de seguir el ritmo de la información con que se le alimenta, especialmente si ésta responde a una diversidad intrascendente como la que los medios de comunicación se empeñan en difundir, a cambio de una audiencia boba que les hace vender a precios inauditos sus espacios publicitarios a esas empresas que a su vez le venderán sus productos –casi todos innecesarios- a esos mismos incautos.

Inmortales pero de verdad verdad, y por bastante tiempo, son los poetas griegos, de quienes la Historia y las quemas fanáticas han permitido que sobrevivan hasta hoy pocos textos de tragedias y aventuras, o Newton, Einstein, y cuando le toque, al británico Hawking, como ya lo es Beethoven, o Verdi, gente toda que ha cambiado la visión que en su momento se tenía del mundo, al igual que Lawrence Olivier hizo con el teatro, Robert Mitchum con las películas de detectives, Clint Eastwood con los western, y si realmente nos enfocamos en actores, Al Pacino en Looking for Richard, y Richard Burton y Elizabeth Taylor en Quién teme a Virginia Wolf, a quienes le podemos añadir a María Callas -si a cantantes vamos-, o aquellos negros anónimos del Sur de EEUU que  inundaron al mundo con un Blues que salía de la noche de los tiempos.

Aún así, algunos de ellos serán inmortales, pero solo por poco tiempo, como la gran mayoría de políticos, dictadores, emperadores, como Julio César, Alejandro Magno, y uno que otro faraón -cual dios inmortal de tumba saqueada y momia extraviada-, cuyos restos ni siquiera se sabe donde están con precisión.

Inmortal, y quien sabe si por mucho tiempo, será Martin Luther King, o Mandela, y la lista se nos podría alargar hasta el infinito, de acuerdo a gustos y preferencias de cada uno, porque a medida que seamos más en esta Tierra, iremos creando más y más submundos y subculturas en los que nos refugiamos, para idolatrar –si nos quedamos en el boxeo-, a Mohammed Alí –o sea, a Cassius Clay-, a Airton Senna –Fórmula 1-, Pelé –fútbol-, Babe Ruth –béisbol-, Borges –literatura-, Monet –pintura-, Fidias –escultura-, Oliveira –dirección de cine-, etc.

Pero como la lista de candidatos en cada área del comportamiento humano es a gusto de cada uno, pues será infinita, porque en vez de Borges un británico escogerá a Shakespeare, un italiano a Dante, un español a Cervantes o Lope de Vega, y un ruso a Tolstoi…y seguramente algún votante de Trump escogería a un campeón de lucha libre –total, hace años ya eligieron a uno de ellos, a Jesse Ventura, como Gobernador de Minnesota.

Por supuesto que todos somos libres para imponernos nuestros propios patrones estéticos y referencias de vida, tanto para esas actividades mencionadas como para muchas otras, como el cricket, el golf, la lucha/boxeo al estilo vale todo –ahora disfrazada de artes marciales-. También somos soberanos para inventarnos una disciplina que nos convierta a nosotros mismos en inmortales, como el escupir hacia arriba fósforos encerados, semimasticados y ensalivados, y competir para ver quién logra más palitos adheridos al techo, como también podríamos idolatrar a un inmortal que haya logrado miles de puntos consecutivos amartillados con la perinola, o combatiendo en esos juegos virtuales que ahora son un espectáculo global.

Por supuesto que en casi todos los casos donde el asunto trata de records, los inmortales lo serán por poco tiempo, porque siempre aparecerá alguien que supere esas marcas, como seguramente alguien lo hará con las del gran Usain Bolt, al igual que -luego de varias décadas- alguien batió la imposible marca de salto largo de Bob Beamon, lograda en 1968.

Como cada uno es libre de acuerparse en su propio submundo, el no tener un baremo para medir objetivamente los méritos para aspirar a la inmortalidad, no representa problema alguno; el verdadero incordio surge cuando alguien se propone imponer sus creencias a los demás, sea por las malas, o por el engaño más sutil que emerge al apoderarse de medios culturales para difundir falsedades a conveniencia.

Así, esa gente dirá que Chávez y Fidel, al igual que Pinochet, Hitler, Mao, Stalin, Lenin, etc. -a gusto de cada uno de esos insensatos-, son inmortales para siempre; y convencidos de buena fe, o manipulando la Historia, ellos son hasta capaces de vestir franelas con la cara de estos carniceros, asesinos, traidores a sus propios pueblos, sicópatas que solo están en los libros de Historia porque ésta tiene el deber de registrarlos, pero cuya valoración solo dependerá de lectores que a cada década que pasa son más ignorantes, y por tanto vulnerables al engaño.

Hay submundos entonces, que son inofensivos, y que aparte de freírles el cerebro a sus protagonistas –como sucede con los jugadores del fútbol americano, inmortales que se mueren tempranamente por colapso cerebral-, generan entretenimiento, empleo y centenares de millones de dólares de beneficio a los vivarachos que los controlan.

Pero hay otros submundos que sí tienen que ver con la vida de cada uno de nosotros, incluyendo a los más desinformados; allí no se genera ni entretenimiento ni alegría, aunque sí mucho dinero a los amos del poder: son los submundos nacidos dentro del vacío creado por la renuncia de quienes debían defender la libertad, lugares en los cuales se siembra el mito de la inmortalidad de quienes luego de haber provocado tanto sufrimiento a sus congéneres, más bien merecerían dejar sus restos a merced de los buitres, o de nuestros zamuros, como debería haberse procedido con el barinés que inició la destrucción de Venezuela.

Seguramente a esa gentuza, mientras llegue el olvido que todo lo tapa, no se les recordará con el mismo cariño con que en cada submundo se recuerda a muchos artistas desaparecidos en este 2016, algunos de ellos incluso campeones de la filantropía, dentro de tantas imperfecciones y adicciones por la vida que les tocó en suerte.

Ese cariño es el representante de la verdadera inmortalidad, y para probarlo cada uno podría rememomar personajes de la vida política venezolana que recuerda con cariño, o artistas que le traen buenos recuerdos. No importa si aún viven o no; podemos comenzar por Raul y Menca de Leoni, pasando por Chelique Sarabia, para así elaborar una lista larguísima de la que estamos seguros que Chávez estará excluido.

Hermann Alvino

 

 

 

 

 

 

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