Gorila


De Diosdado hemos hablado ya varias veces en diversos posts, sobre su carácter, su ordinariez, su echonería, su ineptitud como legislador y gobernante, y sobre todo su claridad meridiana sobre la impunidad que le protege, para seguir en esa misma senda. Su declaración más reciente sobre el papel de la Conferencia Episcopal, del Nuncio, del Secretario de Estado del Vaticano, y del mismo Papa ver –https://goo.gl/LHiarB-, confirman que él es quien realmente manda en el chavismo, y por ahora, en Venezuela.

Diosdado es el representante más genuino de lo que incluso el ñangaraje más rancio siempre ha definido como gorila –con el perdón de esos primos lejanos del sapiens-, esto es: un tipo con uniforme y gorra, ignorantón, mal hablado, con mucho poder y dispuesto a usarlo a la manera como lo hacen los sicópatas cuando tienen oportunidad; un uso que no necesariamente se asocia a la violencia física –aunque ésta siempre está allí, latente-, sino a un ámbito mucho más generalizado, y que abarca todos los estratos de la interacción de este personaje con su prójimo, o sea el poder político mismo, los negocios, así como las relaciones familiares y afectivas.

El gorila sicópata sabe que tiene el poder, sabe que el temor que emana es suficiente para persuadir a quienes disienten de sus caprichos, y tiene la seguridad de que los demás también saben que la distancia que separa esa persuasión argumental de la disuación a palo, es muy corta.

Diosdado también supo desde los mismos inicios de sus estudios militares que si bien llegaría a culminarlos y a ascender en la jerarquía, difícilmente podría llegar a ser General. Si acaso a Coronel, porque con todo y que algunos de calaña similar lograron ese objetivo, pocos lo hicieron, porque la institución militar tenía un filtro natural que iba apartando del camino a quienes, por ser sicópatas incipentes, había que impedir que el mismo poder que le conferirían las charreteras terminara siendo el catalizador para que desarrollaran su patología sin límites.

Es poco lo que se sabe de las tropelías de esa pequeña familia de sicópatas que llegó al generalato durante los tiempos de la democracia, puesto que entre las imperfecciones de aquel sistema estaba la justicia militar, que aplicada o no a plenitud, siempre terminaba barriendo para adentro, blindando así el refugio de esas indignidades. Más se sabía, en cambio, del caos familiar que rodeaba a mucha de esa gente que de sus malas actuaciones como militares. Quién sabe, a lo mejor la democracia habría caído algo antes si esos abusos de militares se hubieran ventilado en público de la misma forma como se hizo con los de los políticos…

Esa misma percepción de que nunca llegaría a lo más alto de la oficialidad, seguramente también la tenía el mismo Chávez; en su caso, además, ese resentimiento que fue empollando durante el lustro previo a su intento de golpe, se adobó con un desprecio por la institución a la que pertenecía, luego de comprobar como ésta, con su laxitud y falta al deber más elemental de cuidarse a sí misma, iba permitiéndole cada vez mayor libertad en sus actividades conspirativas. Fue un paso lógico y natural del barinés entonces, que cuando por casualidad accedió al poder, desatara una política de acoso y derribo a tanto militar que no tuvo lo que había que tener para ponerle un parao’ a su misma conducta. Seguramente Chávez se dijo que si aquella casta no supo, ni quiso, defender la honra militar apartándole para siempre, y por ende tampoco cuidó a plenitud la Constitución de entonces, pues ¿por qué lo iba a hacer él?

Diosdado se formó así en esa atmósfera de laxitud de una casta militar que a la postre solo se preocupaba por tener la panza llena y de ir ocupando progresivamente cargos en la burocracia civil del Estado -luego de que CAP I le abriese la puerta de par en par a esta posibilidad durante su primer mandato-; y con toda aquella brecha que eventualmente le habría permitido llegar hasta lo más alto, Cabello llegó a una conclusión igualmente válida, como fue que esas barreras mentales que le impedirían cumplir la meta de todo oficial, solo podrían ser derribadas con audacia. Una audacia que ya instalado en ese poder que a su vez también le llegaría por carambola, optó por orientarla no para lograr grandes gestas militares –como podrían ser para defender esas frágiles fronteras, que luego de tres lustros de descuido chavista ahora son sujetas a ser presa más fácil de los países vecinos-, sino a ir siempre más allá de lo razonable cuando se trata de interactuar con sus adversarios políticos.

Una audacia sin embargo, que a diferencia de la primera, que sí nace del talento militar, solo es producto de la impunidad derivada de un régimen, que en virtud de la irresponsabilidad de millones de venezolanos, y de los errores opositores, ha logrado una suerte de autosustentación.

A Diosdado sin embargo le pesa en el alma una cosa más, como es el recuerdo de las humillaciones y burlas a las que lo sometía su jefe Chávez, ya estando ambos en el poder. Por eso es que a cada rato Diosdado proclama su lealtad al barinés, a ver si se diluye el recuerdo de esos episodios, incluso televisados, aunque éstos son imposibles de borrar de la mente de la Venezuela pensante.

Algunos creen que esas burlitas sugerían que Chávez nunca confió del todo en su compañero de armas, y que además escogió como sucesor a Maduro justamente por ese carácter irascible de Cabello, y que tal vez, con un Chávez sano, ya viejo, reelecto como presidente cuatro o cinco veces, a lo mejor, conociendo a su subalterno como lo conocía, jamás habría apuntado el dedo sucesorio hacia él.

La verdad en cambio es bien conocida, o mejor dicho, la doble verdad, porque si bien se sabe que una de ellas es la cierta, sigue siendo un misterio cuál de ellas es la correcta, esto es: o que un Chávez moribundo, a quien ya se le había ido el entendimiento nombró sucesor a Maduro por voluntad propia –valga el término en esas circunstancias mentales- pensando que se iba a curar en pocas semanas para que le devolvieran la banda presidencial, o que justamente por esa -comprensible- debilidad mental, el Comandante fue presa fácil de Fidel para convencerlo y nombrar a un pupilo de la revolución cubana, a quien allá  formaron y cebaron durante años para un eventual destino de agitación social en Venezuela, pero a quien, luego del acercamiento de Chávez a Fidel, las cinscunstancias le permitieron al cubano insertarlo dentro del primer círculo del poder chavista. El resto es historia.

No sabemos hasta qué punto esa voltereta de la sucesión sacudió espiritualmente a Cabello, aunque es de pensar que él debió haber pasado un larguísimo mal rato. Porque Maduro, dentro de lo básico que él es –usando el termino básico como lo hizo Elizabeth Fuentes al juzgar a Chávez, ver https://goo.gl/Vzk4TQ-, nunca buscó el poder, y esa su simplicidad mental es la que ahora le impide ejercerlo coherentemente para mantenerse allí por largo tiempo –y por ello además, es que requiere de la tutoría cubana.

Al contrario de Maduro, a Diosdado en algún momento, aún estando Chávez vivo, y luego con Chávez muerto, sí se le pasó por la cabeza ese deseo de poder presidencial, un objetivo que al menos por los momentos no ha podido concretar. Visto así, su larga estadía en la presidencia de la AN, su control sobre el PSUV, y su mando sobre los militares –tal vez por encima del mismo Padrino López, callado en estos lances de diálogo de falsedades, y ocupado en coordinar al generalato de las caraotas, arroz, y afines- solo le pueden servir de consuelo transitorio mientras espera una segunda oportunidad para montarse sobre el coroto, como seguramente también le sirve de consuelo la fortuna que ha logrado esquilmar, combinando esa persuación y disuación -que emana de su poder- en el campo empresarial, y el saber que tiene el apoyo tanto del generalato narco como de aquél que sigue accediendo a dólares a 10 Bolívares.

A Cabello, al menos por ahora, solo le resta enmendarle la plana a Nicolás, como hizo hace poco con relación a los alcances del diálogo y a la conocida carta de la Curia Romana -nótese que es Cabello quien mete la nariz en los asuntos de Nicolás, más no al revés-; aún así, estamos pues en presencia de alguien que ha pasado por muchas frustraciones a lo largo de su vida, frente a las cuales ha reaccionado no como víctima, sino como un victimario vengativo y organizado para la cacería de quienes se le atraviesan. Su lengua y gestos lo delatan, así como el mazo al estilo del personaje de caricaturas Trucutú, o de Alley Oop -para que los chavistas mayameros, que balbucean el inglés y compran la prensa de allá, puedan reconocerlo.

Frente a gente así, solo queda recurrir a una frase de un reciente escrito de Nelson Chitty que circula por la red: Prefiero el trauma que pueda venir al trauma de que no pase nada y todo siga igual

Esperemos que esta MUD la lea, y reaccione.

Hermann Alvino

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