La resistencia pasiva no es encadenarse.


Vemos gente encadenada a las puertas de la Nunciatura caraqueña –https://goo.gl/LHN3XZ-, así como en la plaza vaticana en Roma –https://goo.gl/SqQbk3-. En el primer caso se trata de un diputado que estuvo detenido por el régimen junto a la madre de una joven asesinada, en el segundo las esposas de los dos detenidos más conocidos de la dictadura –con el permiso de los demás…-  y de la madre de uno de ellos.

Ya hace frío en Roma, porque en pocos días el otoño pasará a ser invierno; durante esta época del año la noche llega muy rápido, unas condiciones algo más adversas que las de la intemperie caraqueña en los predios de la Av. Andrés Bello, que también pega a su manera. Por ello es admirable el gesto de todas estas personas que desean testimoniar la crueldad del chavismo.

Sin embargo, de veras, hay que decirlo de todo corazón, y entrando en la zona de lo políticamente incorrecto: no debieron hacerlo; y los motivos son variados.

En primer lugar está el asunto de la insensibilidad del régimen, porque a éste no le importa para nada que la gente se encadene, se ponga en huelga de hambre o incluso se inmole, si fuere el caso. De manera que presionarlo por esa vía es inútil, porque más bien ellos pensarán que si por la faena se muere alguien, pues un enemigo menos, y si sufre con su gesto, pues mucho mejor, porque la idea de estos salvajes es justamente hacer sufrir a sus adversarios –considerados enemigos por ellos mismos-, y por tanto, hacerles la tarea no tiene sentido.

Gestos así tampoco sirven para sensibilizar a la opinión pública internacional, que de internacional no tiene nada, porque bien poco le importa lo que pasa en otras partes. Si al caso vamos, los mártires de la democracia cubana, junto a sus esposas y madres, llevan décadas haciendo gestos similares, e incluso más extremos, y lo único que reciben es palo y una que otra visita papal para darles un corto respiro antes de seguir el suplicio, mientras que centenares de miles de personas que son parte de esa opinión internacional, siguen viajando a Cuba a turistear en la burbuja de los hoteles construídos por las grandes empresas de sus respectivos países, en consonancia con los acuerdos de la tiranía cubana con sus mismos gobiernos. Y de las damas de blanco, o de la realidad fuera de esa burbuja, ni se acuerdan. Al contrario, muchos de los que salen de la burbuja, más bien se dedican a buscar placeres algo más extremos que ocuparse del sufrimiento de los nativos, para luego volver a sus países a pregonar sus hazañas…

Por otra parte, al ver esas cadenas, tampoco los mediadores, o facilitadores, o celestinos de un diálogo que solo le sirve al régimen para ganar tiempo, se sensibilizan como deberían, como no lo hacen luego de una simple panorámica de la capital desde las ventanas de los hoteles donde pernoctan durante esas sesiones de falsedad. Y  para no herir sensibilidades, mejor no detallar sobre el desdén que muchos príncipes de la Iglesia –cardenales, para entendernos- expresan cuando ven estas cosas.

Es comprensible que la desesperación conlleve gestos extremos, y más cuando se sabe que 14 años de pena de prisión –en el caso de López- deben pasar día a día; es comprensible además porque la desesperanza en algún momento requiere un gran desahogo personal, y tal vez esas cadenas, para esas personas, es justamente eso. Es comprensible también porque una vez cerradas todas las vías legales y políticas pacíficas, la gente siente que debe hacer algo, no solo para cumplir con su conciencia, sino para intentar lograr esa salida que ninguna otra vía hasta ahora ha sido capaz de forzar.

Es comprensible porque esos gestos son también un canal fundamental que refuerza la cercanía entre quienes están sufriendo en la oscuridad y sus familias. La lejanía que implican las penas de cárcel cambian tanto a las personas que están dentro como quienes están fuera, y se requiere un esfuerzo físico y espiritual muy sólido y permanente para mantener ese abordaje afectivo que existía antes de la tragedia de la represión del régimen. Los esbirros lo saben, Maduro lo sabe, Fidel lo sabía, así como todos los tiranos del planeta: no basta con hacer sufrir a los disidentes, y a veces ni siquiera basta con asesinarlos, porque además hay que destruirles la familia, para que esas estirpes de demócratas no prosperen durante ese ciclo de poder.

Aún así, entendiendo todos los motivos que puedan impulsar a estas personas decentes a encadenarse, lo mejor es que no lo hagan. Que guarden fuerzas para cuando toque. Que nadie duda de su amor y solidaridad hacia todos aquellos a quienes el chavismo hace sufrir cada día. Que nadie duda de su voluntad de hierro para mantenerse espiritualmente incólumes hasta cuando sea necesario. Y que ellos mismos no duden que sus nombres siempre estarán ligados a la reconquista de la libertad venezolana.

No tiene mayor sentido entonces, intentar repetir o emular en ellos mismos las privaciones a las que están sometidos sus seres queridos por los caprichos de los esbirros chavocubanos. Por ello, por favor, no le demos a esta gentuza el placer de verles encadenados en plena noche europea preinvernal, ni bajo el fresquito caraqueño que siempre termina metiéndosele a uno en el cuerpo, porque ellos solo se reirán, se envalentonarán más, y sentirán que están cumpliendo con ése su objetivo de generalizar el sufrimiento a toda nuestra estirpe de demócratas.

Para un venezolano no tan joven, las huelgas de hambre y los encadenamientos más bien están asociados con la estética de lucha ñángara de toda la vida. Ellos, cual prechavistas sin saberlo,  lo hacían en liceos y universidades, e imitarlos más bien es objeto de sentimientos muy encontrados por parte de muchos demócratas.

Lo mejor entonces que se puede hacer es sufrir en silencio, austeramente, con la cabeza alta, esperando el momento en que haya que actuar para terminar con todo esto; y es en este punto donde hay que introducir una palabra que ronda por las mentes de muchas de estas personas, como es el perdón: porque hay que recordarles a estos buenos creyentes que Jesucristo solo hubo uno, y que solo él pudo pronunciar aquello de perdonar a quienes no saben lo que hacen; una frase que ningún otro humano está facultado para pronunciar, aún suponiendo que realmente los torturadores chavistas no sepan lo que hacen –porque sospecho que sí lo saben a la perfección.

Por otra parte, al igual que el disponer de la gracia de creer en el Dios cristiano no depende de la persona misma, puesto que esa gracia es concedida o no por ese mismo Dios, el perdonar sin condiciones tampoco depende de ningún ser humano, sino de Dios.

A lo sumo, los imperfectos humanos solo podríamos perdonar cuando realmente creemos en el arrepentimiento del victimario, y de su propósito de enmienda.  Es el Catecismo básico de todo creyente católico.

Así que, por favor, el decir que perdonan a estos bárbaros por asesinar y torturar, a sabiendas que sí saben lo que hacen, y en la certeza de que no se arrepienten ni mucho menos, puesto que siguen en ello, además de seguir esquilmando al país entero, no le rinde homenaje a tantos sacrificios que estáis realizando.

Podemos seguir recurriendo al Evangelio, con aquello de mostrar la otra mejilla –pero solo tenemos dos, y ya están más que abofeteadas por el chavismo, como para seguir buscando mejillas ajenas-, amar al prójimo como a uno mismo –pero si éste quiere apresarlo a uno, o matarlo, entonces ese amor habrá que matizarlo…

Decir por tanto que a esta gentuza se le perdona, y que lo publiquen los diversos medios de comunicación es simplemente darle más ánimos a los bárbaros para continuar su obra, a sabiendas que su impunidad se prolonga por una suerte de bondad ajena erradamentte concebida –aunque lógicamente, si decir que se perdona es una manera de expresar que dentro del dolor que durará casi para siempre, la serenidad espiritual está ganando en su forcejeo con el odio, pues eso ya es otra cosa.

Infortunadamente, dentro de la comprensión descrita, es deber que todo demócrata realice la difícil separación entre los sentimientos personales y esa justicia indispensable para que la humanidad viva con un relativo grado de civilidad. Por eso es que no hay que perdonar a estos criminales, sino juzgarlos con todos esos derechos que ellos mismos le niegan a sus víctimas.

Y condenarlos.

Y una vez que hayan cumplido con su deuda con la sociedad, pues entonces veremos si su actitud merece el perdón personal, o el desprecio para ellos y sus descendientes que ya están labrándose una vida fácil con el dinero malhabido de sus padres -si es que ellos también no están ya participando en este festín de la corrupción.

En esta vida, algo injusta, para la gente normal y decente, que no acostumbra a utilizar la violencia para decidir su destino, paradójicamente, como ha pasado muchas veces incluyendo  a Venezuela, ese destino se decide por la fuerza de quienes se encaraman en el poder.

Es por tanto con fuerza como habrá que sacarlos, una fuerza que no necesariamente implica violencia –aunque las probabilidades para apartarla sean pocas-, y que podría asociarse con una suerte de resistencia pasiva, aunque esa pasividad no sea sinónimo de quedarse quieto, ni de encadenarse, sino que es mucho más activa de lo que su nombre sugiere: porque obliga a una actitud espiritual y al no hacer ciertas cosas, algo que para un latinoamericano, son su concepción sobre una forma de vivir muy particular, se le hace muy difícil, pero en todo caso, es una pasividad que aborrece el encadenarse.

Hermann Alvino

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