La ciudad que no volverá


Un post del blog de Luis Barragán nos recuerda el problema del deterioro de nuestras ciudades, y los esfuerzos de algunas comunidades para paliar la absoluta ausencia del Estado de una función y responsabilidad que le corresponde por definición, como es la gestión de la infraestructura pública de un país. Ver http://lbarragan.blogspot.com.es/2016/12/pavimentar-el-bolsillo.html

Lo apuntado por Barragán es relevante, porque si la infraestructura está deteriorada no solamente baja la productividad general, sino la misma calidad de vida, y con ella la autoestima; y como uno se acostumbra a todo, especialmente si no queda más remedio que hacerlo, pues se le abre la puerta a una laxitud cívica casi imposible de revertir. En el caso de Caracas, aquella ciudad serena y bonita, hasta dejó de ser un recuerdo.

El drama de la degradación de nuestras ciudades es triple; porque llevarlas a una destrucción al límite de la irreversibilidad se debe en primer lugar a que, a sabiendas que las cosas de por sí se degradan y desordenan, los gobiernos locales y nacionales no son capaces de concebir, mucho menos aplicar, los debidos planes de mantenimiento preventivo y correctivo. En Venezuela hubo un intento de sistematizar este asunto cuando durante unos años existió la que se llamaba Fiscalía de Mantenimiento. Pero su labor nunca cuajó del todo, y con la llegada del chavismo todo eso quedó en nada…después de todo, no se le puede pedir a un Freddy Bernal, quien fuera alcalde capitalino, o al actual Jorge Rodríguez, el que siquiera intenten comprender este problema.

Las cosas se deterioran y tienden a desordenarse, y ello lo podemos ver hasta en casa, donde los plasticos de los electrodomésticos chinos se vuelven amarillos con la luz del sol que entra en la cocina, o con el desorden generalizado que de repente invade un hogar, si diariamente no se está atento a poner cada cosa en su lugar. Imaginemos entonces una ciudad, cuya infraestructura se somete a uso y abuso intensivos, con camiones con peso excesivo en los puentes, o altura excesiva en los túneles y vigas de los tramos de autopista que cruzan su camino. No digamos de cómo se utilizan desde siempre los ascensores, los baños públicos -de los que desde el primer día desaparecen los tapones de los lavamanos, quién sabe para qué uso-. En este sentido, recorrer Parque Central, el Centro Simón Bolívar, o el aeropuerto de Maiquetía permite compilar una enciclopedia del mal comportamiento ciudadano, para complementarla con un paseo por la cota 905 o la Fila de Mariches, lugares todos donde la ausencia de gobierno y de conciencia ciudadana han generado una irreversible sinergia.

La segunda causa del monstruoso deterioro físico del país es que el mismo mantenimiento se aplica mal, sea por incompetencia de quien ejecuta la obra o de los inspectores que validan lo realizado, o simplemente como efecto de la corrupción, utilizando materiales de segunda y realizando las labores de manera intencionalmente negligente, con la complicidad de los funcionarios responsables de vigilar el correcto cumplimiento de lo ofrecido en el respectivo presupuesto. Obviamente el cobro será el mismo al que se recibiría si el trabajo se hubiera efectuado a plenitud, multiplicando así la ganancia, y permitiendo su reparto a todos los componentes del andamiaje de complicidad que lo hizo posible.

En este caso además, como seguramente más temprano que tarde el deterioro volverá a aparecer, pues habrá que repetir las labores de reparación, repitiendo así los vicios, y por supuesto las ganancias malhabidas a costa de la comunidad. Es un círculo vicioso interminable que en la democracia prechavista era parcialmente constreñido por la labor de la Contraloría General y sus representantes en cada oficina pública. Nada de esto es concebible con el chavismo.

El tercer factor es tal vez el más complejo y difícil de abordar, porque se refiere al comportamiento mismo de la gente. Venezuela siempre se ha caracterizado por deteriorar su infraestructura –pública y privada- a una velocidad impensable para otros entornos sociales. Las obras públicas se deterioran antes de ser utilizadas a plenitud, y ello no se supera sino con una combinación adecuada de educación y represión. Un caso que sentó un precedente sobre cómo incidió el buen comportamiento del usuario, luego de haberlo sometido a una intensa campaña de educación, fue el Metro de Caracas durante sus primeros años de funcionamiento. El deterioro fue prácticamente inexistente, por buen comportamiento y mejor mantenimiento.

El comportamiento del venezolano que es capaz de deteriorarlo todo, a su vez se deriva de muchas vertientes, como por ejemplo el no ser consciente, o no importarle que el impacto negativo de una persona, por más pequeño que sea, al ser reproducido por otras miles, termina arruinando todo el entorno. El que a alguien no le importe es parte de la brecha entre personas y sociedad, que es el mal que siempre ha acosado al país, o sea ese individualismo que todos se empeñan en negar disfrazando nuestra sociedad con títulos como solidaria, hospitalaria, alegre, etc, cuando esta realidad urbana indica otra cosa, hasta que se llega a un punto en que como cuenta Barragán, la misma comunidad intenta buscarse la vida para sustituir al gobierno local.

Romperlo todo es además consecuencia de un comportamiento de quien desconoce, o que tampoco le importa, el que a la larga cualquier reparación, buena o mala, al final también la termina pagando el autor del daño. El que no le importe es típico de este país rentista, total -se piensa-, para ello está el petróleo, o sea que sobra dinero para pagar los arreglos de cualquier desmadre. Y el desconocer que los reales deben salir de alguna parte, o sea de los impuestos de la gente, es consecuencia de la total carencia de esa educación cívica que entre otras cosas debería ofrecer las nociones del funcionamiento básico del Estado.

En cualquier caso, sea por desconocimiento o por no importarle, quien actúa de esa forma –aún sin percatarse de ello- se coloca al margen de la sociedad. El problema venezolano es que quienes están allí son una aplastante mayoría, y de allí surge una dificultad adicional para volver a encauzar al país.

Por otra parte, esa desafección por la infraestructura de un entorno, que por interactuar permanentemente con éste inevitablemente configura nuestras vidas, también responde a una extrema desviación de los patrones estéticos de nuestra gente; entendámonos, en todo el planeta las cosas son más o menos similares: quienes han viajado a Londres, o viven y trabajan allí, conocen el nivel estético que predomina en las casas de la periferia que recorre el metro cuando sale a la superficie desde Heathrow hasta el centro de la ciudad, cuyos patios delatan un descuido total…y quienes viven en EEUU han comprobado que si no se aplicara la multa de 200 dólares por tirar papeles a la vía, el país se hundiría en la basura.

La diferencia entre Venezuela y esos países es doble: por una parte, allá es indiferente si las personas cultivan internamente el concepto de belleza y orden, porque lo que importa es que los efectos de su comportamiento puedan controlarse hasta cierto límite. Para ello está la Ley y su estricto cumplimiento –siempre que lo descubran a uno aplicando graffity a los vagones del metro…

La segunda diferencia es que a los gobiernos locales el asunto sí les importa, y proceden a reparar a la brevedad todo lo que vaya deteriorándose, sea por su uso natural o por mal comportamiento de las personas. Y los costos de esas labores se le imputan a la gente por vía de impuestos. De alguna manera podemos decir que los gobiernos locales sí poseen un nivel más que aceptable de parámetros estéticos.

En los países serios, como Holanda, o el Reino Unido, cuando se repara un hueco de una calle, se puede tener la seguridad de que éste tardará mucho tiempo en volver a aparecer. Y de ser así se reparará de inmediato. En los países menos serios como España e Italia –solo para quedarnos en el rango de países desarrollados- ello no es así: un hueco en el vecindario puede tardar meses o años en ser reparado, y casi seguramente volverá a abrirse al poco tiempo; ello es así porque la clase gobernante deja mucho que desear, y a la ciudadanía parece no importarle, como tampoco le importa que se corte el cesped y los arbustos en plazas y a lo largo de la vialidad, dando así pie a un extremo contraste estético urbano entre las ciudades nórdicas y las del Sur europeo. La degradación en Roma, por ejemplo, solo es explicable a partir de una sociedad que hace años ya que solo se mira el obligo; España, por su parte, aún mantiene un mínimo de interés por su infraestructura, cosa que se nota en sus trenes de cercanía, en contraste con la chatarra sucia que conecta Roma con la periferia del Lazio, y que diariamente deben utilizar miles de personas para ir a su trabajo. En cambio, en lo que ambo se parecen, y difieren de los nórdicos, es en que sus leyes son muy permisivas, y por tanto el costo por deteriorar intencionalmente es muy bajo.

Comparar fotografías de ciudades venezolanas con las de algunas ciudades africanas alarma por su semejanza. La diferencia es que en las africanas, aún suponiendo que haya gestores comunales sensatos, nunca hubo el dinero que del que sí se dispuso en Venezuela y con el cual, en vez de tragárselo en otras cosas, sus administradores bien pudieron consolidar un estado de cosas que incluso podría habernos animado a ver por encima de hombro la serenidad urbana de otras ciudades.

Es lo que el país heredará de lo que Chávez llamó la revolución bonita, o sea un inmenso basurero, una calles impresentables, autopistas sin barandas, puentes destrozados, y el resto que ya sabemos, en una ciudad –al menos en el caso de Caracas, y con el perdón de los maracuchos-, que bien pudo haberle disputado a Miami la supremacía caribeña, comenzando por aquel clima agradable de nuestra capital, y que ahora se disputa un lugar más o menos deshonroso con capitales de países como Gambia, Ghana, Senegal, o la misma Haití.

Una ciudad, en síntesis, que no volverá a ser lo que era. Y aunque se le siga queriendo igual, eso hay que asumirlo.

Hermann Alvino

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