Conversaciones en el Infierno


El pesar por la muerte de Fidel debe ser solo cosa de gente de la misma calaña, que durante generaciones se benefició colgándose de esa máquina de matar llamada Revolución Cubana.

Lamentar esta muerte no es un tema para la gente decente, como tampoco debería serlo para el exilio cubano en EEUU, puesto que ellos son un símbolo más de la derrota cultural de Occidente frente al comunismo, además de la obvia derrota militar y política. Obama incluido.

A Fidel solo lo deben llorar sus burócratas y los miembros de ese partido comunista que durante tres generaciones recibieron prebendas por espiar y acusar a sus vecinos de contrarrevolucionarios, y utilizar esa excusa como desahogo de envidias y venganzas de barrio.

También es explicable que tal pesar toque a tanto contratista latinoamericano, español, francés, italiano –por quedarnos solamente con lo latino- que durante décadas se beneficiaron del canal comercial que Fidel les otorgó para exportarle insumos de todo tipo, y que contribuyeron decisivamente a crear esa burbuja turística playera artificial, en cuyos hoteles los nativos no podían entrar, pero de la cual los turistas extranjeros sí podían salir, para buscar placeres algo más extremos con las niñas que las familias prostituyeron para traer algo de dinero a casa.

También es explicable el pesar que muestra todo el Occidente ñángara, que fue capaz de ocupar por forteit un espacio cultural que el otro Occidente, el liberal, abandonó pensando que la prosperidad y el fortalecimiento de las clases medias del planeta espantaría esas ideas raras de igualdad proletaria. Suponemos que a este pesar también se suman quienes redactaron y firmaron en Febrero de 1989 aquel Manifiesto de Bienvenida a Fidel Castro cuando asistió a la coronación presidencial de CAP II, y cuyos nombres se pueden ver en http://www.venezuelavetada.com/2011/04/manifiesto-de-bienvenida-fidel-castro.html

En aquella oportunidad, estos endógenos traidores a los más elementales valores de la cultura occidental, avalaron con su firma frases como…queremos expresarle públicamente (a Fidel, claro está) nuestro respeto hacia lo que usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina… o lo de…afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa independiente y solidaria.

Ellos entonces, se sumaron a quienes durante tres generaciones cohonestaron el asesinato selectivo de sus adversarios demócratas, avalaron las persecuciones, el hambre y la humillación de todo el pueblo cubano, y peor aún –al menos en lo que nos toca al resto de americanos y africanos- el reguero de muertes que las guerrillas financiadas y asesoradas por Fidel iban dejando por nuestras tierras, Argentina, Chile, Perú, Colombia, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, México, Uruguay, Angola…

Hay otros dolientes, algo menos sobresalientes en el talento adulador y de doble rasero que la izquierda planetaria ha sabido imponerle a la cultural occidental, como los imbéciles que en Galicia harán una peregrinación a los lugares que Fidel visitó en esas tierra en 1990, los alcaldes iberoamericanos que ponen los nombres del Che y Fidel a calles y plazas, y los millones de incautos, muy ignorantes casi todos ellos, que hoy sienten de veras la muerte de ese carnicero.

Lo que en cambio no es explicable es que el Papa muestre su pesar como pastor de cristianos, cosa que sería comprensible si solo lo hiciera como jefe del estado del Vaticano, y para lo cual habría bastado la primera parte de su mensaje dirigido a Raúl Castro: Al recibir la triste noticia del fallecimiento de su querido hermano, el excelentísimo señor Fidel Alejandro Castro Ruz, expresidente del Consejo de Estado y del Gobierno de la República de Cuba, expreso mis sentimientos de pesar a vuestra excelencia”; sin embargo el Papa fue bastante más allá con eso de… “Al mismo tiempo, ofrezco plegarias al Señor por su descanso y confío a todo el pueblo cubano a la materna intercesión de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de ese país”, cargándose con ello el dolor, la persecución y el hambre de millones de latinoamericanos –especialmente los cubanos- que Fidel ayudó a sembrar, gente buena, que en algún momento de su vida, cuando no durante toda ella, siempre vio en el Papa –no importa quien fuere- la encarnación de la esperanza para una vida liberada del terror, y encaminada hacia la paz social y la prosperidad, y que ahora comprueba horrorizada que han vivido con una gran mentira dentro del corazón mismo de esos sus hogares, los cuales, en alguna de sus paredes, tienen colgada la imagen del representante de Cristo en la Tierra, al menos ahora, porque durante muchos años debieron tenerla encaletada en algún rincón bien oculto por miedo a alguna represalia del régimen…Virgen de la Caridad del Cobre incluida.

Pero como en la vida los detalles cuentan, si el amable lector abre el enlace del mencionado manifiesto y busca el nombre que aparece al lado del numero 810 de los 911 firmantes, conseguirá a alguien muy conocido, y más últimamente luego de ser nombrado como máxima autoridad de los Jesuítas: Arturo Sosa, s. j., Centro Gumilla (!)

Entonces, si Arturo Sosa, como sacerdote jesuíta firma esa apología a Fidel, pues no debe extrañarnos que este Papa, jesuíta también, se exceda en el pesar por la muerte de uno de los mayores promotores del odio y muerte del planeta.

Un dato éste, pues, que a los venezolanos más incautos puede ofrecer una perpectiva más amplia sobre el diálogo MUD-Chavismo, facilitado por unos políticos extranjeros quemados, y unos curas mañosos en sintonía con el Vaticano.

Para que estemos claros, Fidel no fue Churchill, ni Gandhi, líderes que nunca mataron ni fusilaron a nadie, porque su audacia siempre estuvo orientada hacia la paz, la solidaridad y la fortaleza espiritual, sin importar las creencias religiosas.

Fidel, en cambio, siempre estuvo junto a quienes practicaron el odio, el resentimiento, el desahogo más básico de sus complejos sembrados durante la infancia, y que en un mundo constituido por gente pacífica, en parte conformista y ocupada por salir airosa cada día para llevar el pan a casa, los condujo al poder sin límites: Hitler, Mao, Stalin, Kim, etc.

Si Fidel en vez de haber nacido en Cuba lo hubiera hecho en algún país euroasiático, de seguro sería como el tirano bielorruso Lukashenko, como el rumano Ceausescu, o alguien más primitivo pero igualmente cruel, como el albanés Hoxha; y si hubiera venido al mundo en el Norte de África, pues su parecido con Gheddafi sería innegable.

Porque los carniceros que incordian al mundo se parecen todos; la diferencia es que unos nacen en países más desarrollados, y que a no todos les toca una muerte plácida. Fidel tuvo la suerte de no haber muerto como Gheddafi –quién fue cazado como una rata-, Hitler –suicidado y quemado a medias con la poca gasolina disponible en un bunker próximo a ser destruido por los rusos-, Mussolini –colgado por los comunistas de un gancho de carnicero-, o Ceausescu –fusilado luego de un juicio sumario de quienes estaban hartos de sus abusos y los de su mujer.

Suerte personal tuvo el cubano, pues, porque material y culturalmente hablando, la Cuba de Fidel es como si no existiera; y si no terminó de matarla de hambre fue por la traición de Chávez al regalarle nuestras riquezas, como lo sigue haciendo Maduro, y Ortega en Nicaragua.

Es una lástima que no exista infierno alguno con todos los sufrimientos que durante dos milenios le han atribuido los curas para dominar a sus siervos, porque allí habría ido Fidel para conversar con este Papa, junto a Sosa y Chávez. Por otra parte, alegrarse por la muerte de quien te derrotó no tiene gracia, mientras que lamentar que haya tenido un final sin sufrimiento, y una eternidad en la nada, sí es legítimo, cual sentimiento que delata ésa nuestra imperfección humana que nos impide  perdonar tanta maldad: Un perdón que no le corresponde dispensar a ningún ser humano, ni siquiera a quienes vistiendo una sotana, se han autoatribuido ese privilegio, porque en este caso ello equivaldría a un mostruoso desprecio hacia tantas víctimas fidelistas.

Más bien, en vez de lamentar esa muerte, o alegrarse por ella, o lamentar ese tránsito final sin sobresaltos, los demócratas deberíamos contribuir a la serenidad de las tantas víctimas y sus familiares que esa tiranía fundada por ese mal nacido aún persigue.

Una serenidad indispensable, porque todos sabemos que en Cuba, el régimen seguirá intacto.

Hermann Alvino

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