¿Seguir esperando?


Antes, algunos esperaban que con Pérez Jiménez iba a haber mucho trabajo. Luego otros esperaban que con Larrazábal les iban a tocar esos 10 bolívares por venirse a la capital. Al poco tiempo unos esperaban que con Rómulo obtendrían láminas de Zinc, y que luego con Leoni les pondrían luz en el barrio. Después hubo quien esperaba que con Caldera lo iban a enchufar en el Ministerio de Obras Públicas; con CAP I, los más humildes esperaban una bequita, mientras que la clase media y la empresarial, que siempre se vanagloriaron de su calado cívico, esperaban hacer buenos negocios dentro de ese desorden y corruptelas que impuso el andino.

Al poco tiempo  -los años pasan muy rápido cuando se está en el poder-, o luego de largo tiempo –dado que el desasatre de CAP I parecía no tener fin-, muchos esperaron aquello de que Luis Herrera arregla esto –lo intentó, pero sin éxito-, para de inmediato esperar que con Lusinchi las cosas le iban a ir de lo mejor –al fin y al cabo Jaime es como tú, decía él-, y a pesar del puterío de esos años, volvieron a esperar que otro adeco les arreglara la vida, en este caso con CAP  II, mientras que aquellas clases medias y empresariales, tan patriotas ellas, querían repetir aquella fiesta de finales los años 70.

Al final, a quienes no esperaban nada, les tocó la lotería con la presidencia de otro andino, pero algo más decente y discreto, como Ramón J. Velázquez, mientras muchos otros seguían esperando la democracia nueva de Fernández, que nunca llegó, al tiempo que el péndulo electoral se averiaba para siempre por la ambición de Caldera, quien plenó las expectativas y los bolsillos de aquellos que esperaban casi desde la muerte de Juán Vicente Gómez que un milagro los llevara al poder, cosa que ocurrió.

Luego aparecieron quienes esperaban que un militar los rescatara de la pobreza –tal vez eran los descendientes de los primeros mencionados acá, cuando Pérez Jiménez-, esperando a su vez que hundiera todo lo que había, clase media y empresarial incluídas, para de paso también desahogar tanto resentimiento social acumulado durante décadas de espera inútil.

Bastaron y sobraron pocas semanas para que otros millones de compatriotas comenzaran a esperar en la vuelta a la normalidad democrática, o al menos a un mínimo de convivencia. Lo esperaban manifestando, disfrazándose con los tres colores, votando contra el barinés y contra su deseo de ser reelegido eternamente –cosa que al final logró-, así como votando contra sus herederos.

Esperaban que de otros países viniera el impulso para sacar a los bárbaros del poder, o que emanara del Vaticano, de las tantas vírgenes y santos que en este sincretismo caribeño conviven con la Diosa María Lionza; esperaban que estuvieran en lo cierto los oráculos que se ganan unos buenos reales en la irremisiblemente degradada televisión endógena; esperaban que la AN haría caída y mesa limpia, que habría elecciones estatales y locales para completar la decoración donde se iba a cumplir su más reciente esperanza, como era revocar a Maduro.

Esperan, durante generaciones que alguien les resuelva la vida, mientras que ésta irónicamente los obliga a salir a nuestras sucias e inseguras calles a resolver cada día. Unos esperan que a la MUD se le ilumine el entendimiento, mientras otros –bastante menos- a su vez esperan que con el tiempo que puedan ganar con tanta esperadera ajena, su estadía en el poder se prolongue por muchos más años.

Es el país de la espera, como de un Mesías que nunca llegará, porque eso -si acaso- solo está previsto cuando venga el fin del mundo, porque en la realidad, los únicos que podemos resolver nuestras vidas somos nosotros mismos; y solo cuando nos percatemos de ello y nos decidamos a actuar de forma unida, aunque el éxito nadie lo puede garantizar, porque –lo dicho, la vida es irónica-, no siempre nuestra acción conlleva el resultado buscado, pero sin ésta, pues podemos seguir sentados esperando hasta el fin de los tiempos, mientras otros deciden por nosotros cuán pobres seremos, cuánta hambre deberemos pasar, cuán enfermos estarán nuestros hijos –y cuán ignorantes serán-, y mientras nos siguen matando por estas malditas calles chavistas.

Porque la espera no solo es deporte nacional desde la Cosiata de Páez, sino que se remonta al mismo inicio de esta cultura de mestizaje que siempre ha sido una infranqueable barrera de la visión liberal del mundo, en la cual hay que buscarse la vida –aunque sin apartar la solidaridad.

Por ello es que es inútil esperar una manifestación multicolor, cual flechazo decisivo al vientre de la bestia chavista, y esperar que la baja petrolera la asfixie –cuando en el fondo ésta nos termina asfixiando al resto-; esperar que en la reunión de Diciembre con unos cuantos curas muy mañosos –y que en todo caso seguirán comiendo completo- como mediadores entre unos incompetentes opositores y unos chavista de mala fe, se avance en la conquista de espacios de libertad; esperar que luego de estas reuniones –¡ahora sí!- vendrá el revocatorio y las elecciones locales a mediados de años, o que permitirán traer medicamentos, que pagarán a los pensionistas en el exterior, que soltarán a Leopoldo, y que la AN renueve al RSJ y al CNE.

Esperar es sin duda una forma de vivir, como aquel vasallaje medieval que esperaba su salvación última, luego de pasarse la vida entera dejando su sudor sobre el cultivo de la gleba que pertenecía a su amo. Pero así no se avanza, más bien se retrocede.

La espera criolla, por reinar en el ámbito espiritual, es la forma más excelsa de la huelga; y es allí donde hay que apartar esas telarañas del tiempo, para intentar un renacimiento de la voluntad, para pensar con frialdad sobre el abordaje de estos líderes opositores, y para valorar a plenitud si este pueblo es capaz de actuar, aunque suene a contradicción, en el plano de la desobediencia civil extrema, una desobediencia capaz incluso de barrer no solo al chavismo, sino a esta oposición acartonada; una desobediencia casi rayana en la anarquía, porque ésta no es sinónimo de desorden, sino de ausencia de jerarquía, justamente esa jerarquía de la cual todo un pueblo ha esperado durante décadas esas prebendas últimas que los harían a todos felices para siempre.

No se trata entonces de salir armados con escobas y cacerolas, para morir en las calles plagadas de esbirros armados con quién sabe que instrumentos importados por el gobierno –para que algún militar se metiese unos reales a cuenta de proteger a la población-, ni tampoco que vayamos cual populacho bastillero a saquear a La Tumba y a Ramo Verde para liberar nuestros presos políticos –porque la idea, sin ser del todo mala, es irrealizable.

Se trata de dejar de esperar. Para siempre.

Porque ésa es la única salida que dentro del país nos asegurará la libertad, y nos posicionará para que  Venezuela se pueda desempeñarse con éxito en un contexto internacional inmisericorde.

Hermann Alvino

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