Lo que tal vez habrá que hacer…


En un reciente reportaje de Fernando Rodríguez sobre Pompeyo Márquez en el medio digital El Estímulohttps://goo.gl/Kuavxb-, en algún momento se recuerda una huelga general de barberos en Caracas, aupada justamente por aquellos comunistas estalinistas endógenos. Al preguntarle a Márquez cuántos barberos había en Caracas durante la década de los 40 del siglo pasado él respondió…Unos dieciséis o diecisiete…siendo aquél el único colectivo laboral organizado en el que ellos triunfaban…gracias a que lo integraban exilados republicanos españoles.

Lo cual nos indica que el tema de una huelga debe ser algo muy serio si se quiere tener la credibilidad suficiente para que el adversario revise sus posiciones, y ceda. O caiga.

Los comunistas de entonces sabían muy bien que las grandes huelgas tiene trascendencia, y que por ello el corto alcance de las que ellos promovían no tenían ni siquiera la credibilidad mínima para inquietar al poder de turno. Era un simple rito, para mantenerse en sintonía con su amo soviético. Pero más nada.

Las manifestaciones opositoras realizadas a lo largo del ciclo de poder del chavismo son bastante similares a aquellas de los comunistas, aunque al revés, puesto que las muy escuálidas tomas de calle de nuestros ñángaras criollos de hace más de medio siglo participaba poca gente, pero muy dispuesta a tomar por asalto el poder, como pasó con el palacio de invierno zarista en 1917, mientras que en las opositoras al chavismo, con todo y que participan millones de personas, salvo la misión de ser una terapia de masas y una inmensa movilización de gentes de buena fe, políticamente hablando han sido más buchipluma que otra cosa, porque nunca llegaron hasta donde tenían que llegar.

Esa es la diferencia entre quienes siempre estuvieron resueltos de verdad a tomar el poder, y aquellos que no se atreven a hacerlo; una realidad que cuando se contrasta con el hecho de que Chávez sí se atrevió –si bien de manera chapucera, como todo lo suyo-, la indefinición de la MUD lo que termina es causándole risa a Cabello, Maduro, y Padrino, porque ellos saben que allí nunca tendrá el guáramo necesario para buscarlos donde estén y sacarlos del poder a patadas.

Por supuesto que a estas alturas cualquier acción de violencia callejera conllevaría muchos muertos; después de todo el poder chavista está consolidado y dispuesto a huir hacia adelante, haciendo lo que sea necesario para mantenerse. Además, no hay presión internacional que valga, porque los eventuales embargos comerciales serían inútiles para un país que ni siquiera tiene las divisas para importar en condiciones comerciales normales, y total, ya el hambre llegó para quedarse. Internacionalmente hablando, lo único que interesa a ciertos países es el petróleo venezolano, convertido ya en una prenda que asegura el pago de la deuda. Solo eso.

De manera que a lo peor que ya se ha instalado en la rutina diaria de cada venezolano, es poco lo que se puede añadir desde afuera, como para inquietar al régimen.

Por tanto, y como ya hemos escrito varias veces sobre la soledad opositora en el ámbito internacional, y la soledad del opositor de a pie frente a la sordera de esta MUD, solo resta esperar que en algún momento se fragüe esa masa crítica capaz de convertirse en una bola de nieve que se proponga paralizar al país. Pero paralizarlo de verdad, algo que también se sugirió hacer hace años, y que naturalmente ninguno de los mudistas escuchó con atención, inhibidos además luego del fracaso de la huelga petrolera de inicios de siglo.

Entendámonos, la única manifestación que pudo sacar al chavismo del poder fue la que el mismo Capriles mandó para casa aquella noche en la que se salió a la calle dispuestos a reclamar un triunfo presidencial que a todas luces fue escamoteado por el fraude cubano-madurista. Aquel vuelvan caras –justificado por la potencial carnicería que se iba a producir- contra un régimen que para entonces todavía no se recuperaba de la muerte de su líder, ni de la fisura que produjo la designación de su sucesor, conllevó una pérdida de inercia opositora que aún persiste.

Aquella espantá caprilista evitó muertes, sin duda…aunque si contamos las que se han producido por la criminalidad desde el 2013, más los fallecimientos por enfermedades como la malaria, difteria, o Zika, y si sumamos las muertes por hambre, pura y simple, más toda la secuela que sufrirán los niños que hayan sobrevivido a años de desnutrición, pues esa espantá fue mal asunto para todo el país.

Porque si a ver vamos, quienes ponen a la muerte por delante para no tumbar a un régimen, también deben sacar las cuentas sobre las consecuencias de esa decisión, en vez de crucificar mediáticamente a quienes los critican por blandengues, tildándolos de cobardes por limitarse a opinar con un teclado, en vez de salir ellos mismos a la calle; algo que se aplica a muchos, sin duda, pero que no vale para muchos otros que tienen la cualidad de ver el asunto desde diferentes perpectivas, a diferencia de esta MUD unidimensional, y que además le dan voz a esos millones de paisanos a quienes Torrealba o el mismo Capriles le dan la espalda.

Porque la muerte, desgraciadamente, también sabe de matemáticas, y cuando ésta es inevitable, pues entran los números para indicarnos -de acuerdo a nuestra ética occidental- cual sería el mal menor…y quienes aún dudan de ello, pueden recordar el llamado Dilema del Tranvía, ideado por la filósofa británica Philipa Foot, en el cual, dependiendo de una u otra decisión se salvan unos, más no otros, pero nunca se salvan todos, porque la vida es así. –https://goo.gl/NNtAYh

A estas alturas hay consenso en que el régimen no se irá por las buenas, esto es, que al menos habrá unos cuantos moretones para intentar defenestrarlo. También hay consenso de que toda violencia opositora será reprimida sin contemplaciones –olvidemos eso de los soldados que también son del pueblo, y por tanto no matarán a su propia gente, porque los asesinos están democráticamente repartidos entre los mismos militares, los esbirros del régimen, y los malandros.

Más aún, aunque ello importe bien poco a la mayoría opositora, la violencia haría que esta MUD pierda la cara frente a los mediadores que ella misma buscó para dialogar con la dictadura.

De manera que solo queda recurrir a una huelga de las de verdad, un acto que debió realizarse cuando el país aún tenía la panza llena y la despensa con buenas reservas, y cuando había fuerza para darle la espalda a los funcionarios chavistas en cualquier oficina pública donde se estaba consolidando el abuso.

Ahora se trata de luchar con hambre, y estando enfermos -luego de que el chavismo nos ha puesto como país a la altura de los peores países africanos- e imponerse sobre el cuerpo, como aquellos indúes gandhianos, algo casi impensable para un carácter latinoamericano adobado con lo caribeño, creando por ello la duda de si este pueblo será capaz de llegar hasta el final, e incluso inmolarse, para reventar al poder que le atosiga desde hace 17 años.

En los países serios las huelgas generales son muy diferentes, porque allí la democracia no solo impone servicios mínimos, sino una negociación indispensable para que la paz social retome su equilibrio. No es nuestro caso, puesto que acá el concepto de servicios mínimos no se aplica ni siquiera durante la gestión normal de nuestras instituciones, ni el régimen haría nada para reponer esa paz social fundamental para la convivencia.

De manera que al final se están conformando esos dos escenarios extremos que a nadie le gustan, salvo a la realidad misma, que es muy terca, esto es:

– Seguir con una oposición light, que como le respondió Florentino Ariza al capitán del barco de la novela El amor en los tiempos de cólera de García Márquez, cuando éste le preguntó …¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches…Toda la vida…dijo.

– O irse a un paro general extremo, como única baza frente a cualquier via alterna de violencia que inevitablemente sería derrotada, pero no una huelga cualquiera, mucho menos una de hambre –con el perdón del sarcasmo- que a la postre más bien le resolvería al régimen parte del problema de la escasez, y le proporcionaría alguna alegría si por el camino falleciera uno que otro opositor, ni tampoco necesariamente una huelga que implique paralizar nada –aunque no es descartable-, sino una acción ciudadana orientada a la desobediencia cívica más radical, hasta que el régimen no tenga más oxígeno, y nuestros acreedores, inquietos por no recibir ese petróleo de esta Venezuela que les debe tanto dinero, actúen con la necesaria resolución para realmente aislar al chavismo de una vez por todas, no por ética, sino por mero interés económico.

Será en ese momento cuando a estos vagabuendos podremos decirles lo que el mismo Gandhi, con una gramática debatible, le dijo a los británicos…It is time you left…es hora de que se vayan.

De cómo Venezuela equivale ya a un pobre país africano, y de qué trataría una masiva desobediencia civil, podremos hablar en el próximo post.

Hermann Alvino

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