Seamos realistas, o sea, pesimistas.


Parece que ha llegado la hora de resolver cuál camino debe tomar cada fuerza opositora, incluso a costa de la unidad que formalmente ha prevalecido hasta los momentos.

La unidad es una opción que se asume frente a un adversario político más poderoso, y al cual se quiere derrotar. Ese adversario pasa a ser mucho más fuerte cuando desde el poder formal, y el real, actúa con criterios totalitarios. Chávez nunca catalogó a sus adversarios políticos como tales, sino que los llamó enemigos, algo que para sus herederos siguen siéndolo, haciendo por tanto inviable cualquier escenario de convivencia.

Frente a esa realidad, los diversos matices opositores optaron por actuar unidos en todas las contiendas electorales, así como en aquel referendo constitucional sobre la reelección presidencial indefinida; una escogencia que –fraudes presidenciales aparte, y desdén del barinés sobre el resultado de aquel referendo-, no les ha ido del todo mal, puesto que han sido capaces de mantener esa mínima inercia opositora que es fundamental para continuar la lucha; una inercia que de no existir le daría a la dictadura plena legitimidad –con el perdón del término- para terminar de ocupar todos los ámbitos públicos, e incluso los privados de  nuestra vida.

La victoria parlamentaria de Diciembre 2015 fue un impulso adicional a esa inercia que siempre tiende a apaciguarse cuando no hay procesos electorales, y cuando el tiempo para sin logros concretos en términos de conquista de espacios de libertad. Se pensó entonces que la conquista de la institución que hace las leyes era el paso decisivo para comenzar a desmontar al régimen.

A estas alturas es inútil revisar la capacidad estratégica y táctica de quienes ni siquiera sospecharon que el chavismo tenía en el TSJ un recurso definitivo para inertizar cualquier iniciativa parlamentaria opositora, o jamás les pasaría por la cabeza que cuando llamaran a un(a) ministro(a) o presidente(a) de alguna empresa estatal para pedirle cuentas, pues éste(a) no asistiría, y que no habría forma alguna para obligarlo(a) a ello.

No tiene caso seguir puntuando la labor opositora de quienes lideran este movimiento: porque son los que están allí, y no piensan irse para darle paso a otros que podrían tener una visión diferente de cómo abordar la lucha de la libertad. Sus bases y legitimidad seguirán intactas, dentro del limitadísimo concepto que ellos mismos tienen de la democracia que debe prevalecer dentro de sus organizaciones, y sobre todo, porque alguno de estos líderes –como Capriles y Ramos-, como buenas fieras políticas, de repente olieron sangre, y pensaron que la Presidencia podría estár más cerca que en el pasado; una percepción más que potente como para intentar mantenerse a toda costa en la primera fila opositora.

En todo caso, guste o no guste, y mientras los millones de opositores de a pie no resuelvan patearlos de una buena vez al rincón de la historia patria, allí están, y allí seguirán.

Lo que en cambio sí llama la atención es la pobreza estratégica y la desunión mostrada con este ciclo de reuniones con el régimen –un ciclo al cual no se le puede catalogar como diálogo-, cuando unos se levantan de la mesa al tiempo que otros optan por permanecer allí, o cuando otros se niegan en principio siquiera a sentarse para la primera tanda, mientras otros ya estaban instaladísimos.

Esto último fue el caso del Movimiento Progresista (MP), porque entre los elementos que componen su agenda no solamente está el tema de la unidad opositora, sino uno mucho más concreto como es el de sus diputados(as) de Amazonas, a quien el TSJ, el CNE y la AN han tenido como veletas incorporables o desincorporables a conveniencia, olvidándose de lo más importante en ese caso, como sería la voluntad popular de quienes los eligieron.

Ese episodio, que pasó sin mayor trascendencia, sirvió para delatar que los intereses de los grandes partidos opositores de esta MUD que acudió a las reuniones, liderados por Capriles, Ramos, y López, y los micropartidos que la componen, a veces son bastante distintos.

Esa diferencia de intereses es la raíz del problema de la unión opositora, puesto que al no haber una referencia objetiva de la fuerza política y el arraigo que cada partido tiene en el país, la única baza de medición se ha reducido a la proporción de sus integrantes en la AN, una proporción que no refleja la realidad, por la forma como se confirmaron las candidaturas a diputados.

Porque si en vez de haber designado a dedo los candidatos a diputados en la mitad de los circuitos electorales, allí también hubiera habido elección de base, entonces sí se tendría una medida mucho más clara de la fuerza real de cada organización. La consecuencia de aquel desdén opositor por la democracia es que micropartidos como el Movimiento Progresista, o como el mismo de Henry Falcón, Avanzada Progresista, tienen una voz y un peso que no se corresponde con la realidad.

Sin duda que la unidad opositora, además de servir para sumar votos presidenciales y parlamentarios para derrotar a un régimen que electoralmente siempre irá unido, también debería ser un foro donde todos tienen igual peso en voz y voto, pero la realidad no va por allí, a pesar de la utilidad que pueda representar alguna que otra voz y consejo sabios(as) que pueda surgir de algún micropartido –no es el caso ni de Falcón ni de Calzadilla, líder del MP…-; además, esa unidad dejó de ser tal cuando por alguna sinergia malévola de parte de sus integrantes, se decidió apartar del cogollo decisorio a María Corina.

En otras palabras, esa unidad dejó de existir hace tiempo ya, y seguir con esa farsa solo perjudicará a todas en conjunto, y a cada una en particular, de las fuerzas opositoras. Por tanto, si realmente no hay posibilidades de rehacer una unidad real de propósitos y actuaciones, lo mejor es que cada uno siga su propio camino.

Esta ruptura siempre fue el objetivo del régimen, y no es que lo haya logrado con estas sesiones con la Iglesia y unos cuantos políticos quemados de otros países como mediadores, sino que fue la misma mesa de conversación el detonante para mostrar una desunión que ya existía, una desunión que ahora se plasma entre quienes piensan que es mejor agarrar aunque sea fallo, y otros que optan por radicalizar su actitud frente al régimen, siempre que éste no les acerque un fósforo encendido a los que de ellos tengan rabo de paja.

Porque agarrar aunque sea fallo –cosa que está aún por verse, si de verdad el régimen suelta algo y a alguien-, es justamente lo que conllevará a domar a la oposición; y porque radicalizarse sin unión es el escenario ideal para consolidar a la dictadura, que los terminará de pillar uno por uno, como ha estado haciendo hasta ahora.

Lo dicho, como los líderes de las organizaciones más importantes no se irán a casa para darle paso a alguien capaz de unirlos a todos –alguien que por lo demás no existe, al menos a la vista-, pues esto seguirá así: con una que otra concesión del régimen para todos ellos, con el tiempo que pasará hasta cuando al chavismo le dé la gana de hacer elecciones estatales y locales, y hasta la que llegue la próxima elección presidencial –en la cual ya veremos si la oposición será capaz de ir con candidato único…

Por supuesto, siempre queda la posibilidad de que alguno de estos tercos que lideran la oposición termine imponiéndose sobre el resto, y consolide una unión a su medida. Algo improbable.

Solo queda esperar entonces que esta dictadura se caiga sola. Algo que a veces ocurre.

Hermann Alvino

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