Las ideas, si son buenas,también redimen.


Dentro de un par de años, los nacidos en 1998 solo habrán conocido al chavismo como sistema de vida, al igual que quienes nacieron casi diez años antes, puesto que los últimos días de la democracia los pilló aún siendo niños. Hablarle a esa generación de los párrafos que vienen a continuación es ocioso, puesto que no lo comprenderán, ni por haberlo vivido ni por haber tenido una educación formal equilibrada que les haya despertado la curiosidad y el valor de la equidad.

Será comprensible entonces que todos estos jóvenes, históricamente analfabetas, en el caso de que más temprano que tarde volvamos a vivir en democracia, abusen de ésta, incluso al punto de acabar con ella al poco tiempo de haber renacido; un abuso que no es ni comprensible ni justificable, y por tanto imperdonable, para quienes viviendo a plenitud la democracia pasada, por su misma edad también vivieron los tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez. Aquella gente, hoy con más de setenta y cinco años, además tuvo una educación muy completa en lo humanístico y en lo científico, de manera que sus errores para liquidar a la democracia, fueron a conciencia y con plena responsabilidad, sin descartar un grado de temeridad digno de los apostadores más enganchados con esa adicción, al jugarse el destino de todos los venezolanos a cuenta de que la renta petrolera siempre estaría a la mano, para compensarlo todo.

Sin embargo, dentro de este juicio muy severo, hay personajes que sin estar eximidos de esa cuota de equivocaciones, al menos se han dedicado durante todo el ciclo chavista a estudiar y a hacer propuestas, para que algún gobernante sensato que pueda tocarnos más temprano que tarde, tenga en ellas un marco de referencia realista y muy completo para iniciar su misión; y aquí es donde entra Eduardo Fernández, con su reciente libro Aquí y Ahora, como corolario de estos años de continua presentación al país de sus ideas para gobernar, un esfuerzo permanente que contrasta con el mero activismo político de la gran mayoría de los actuales dirigentes opositores. Un esfuerzo con premio político improbable, pero cuya utilidad salta a la vista.

Eduardo, entonces, sí tiene un plan de país, y eso lo redime de muchos errores del pasado -errores que seguramente él no los verá como tales, pero como esto es un asunto de opinión y de resultados, pues hay para todos los gustos, siempre que se hable con la buena fe por delante. Al fín y al cabo, la manera rigurosa para evaluar lo bueno o lo malo de una decisión no es por sus resultados, sino por la lógica y datos que la sustenta: por ejemplo, se puede tener un cáncer agresivo y decidir operarse para morir en el quirófano, como no operarse y sobrevivir muchos años; o se puede hipotecar la casa para apostar el dinero en la ruleta, y ganar, como seguir trabajando normalmente sin hacerse nunca rico. Morir en caso de decidir operarse no implica que ello fue una mala decisión sino que se ha tenido muy mala suerte, al igual que ganarle a la ruleta y hacerse muy rico, no fue precisamente una buena decisión, sino que hubo muy buena suerte. Con suerte en la operación uno estaría curado, y con mala suerte en la segunda, viviría bajo un puente.

Valorar los errores de los políticos es una actividad muy subjetiva, como la de los jurados de esos deportes que no deberían ser considerados como tales, mucho menos olímpicos –como la gimnasia rítmica…-, puesto que no pueden medirse en términos de tiempo, distancia, o peso. Al igual que esas actividades, que si bien exigen una condición física de primer nivel, deberían ser clasificados como espectáculos al estilo Circ du Soleil, el político puede optar por un movimiento que aún sin romper el cuadro general, si no le gusta al soberano, perderá el puesto más alto en el podio, lo que sería la medalla de oro de la elección presidencial.

Las competencias deportivas más trascendentes –mundiales y juegos olímpicos-, se repiten cada pocos años, de manera que si algún perdedor desea una suerte de revancha, lo único que deberá hacer es mantenerse en forma e intentar mejorar su nivel, dentro de lo que la edad va marcando como el límite posible de rendimiento. Lo cruel de la política es que si bien las elecciones también se realizan con periodicidad –aunque en Venezuela esa costumbre se ha perdido por el abuso chavista-, mantener la vigencia política –lo equivalente al nivel deportivo-, así como la forma mental y física, puede que no sea suficiente, no solo para volver a tener la oportunidad de ganar en esa competencia, sino incluso de participar en la misma.

Porque en el deporte, lo peor que puede pasar es alguna lesión fortuita y a destiempo, además de envejecer, pero en la política…hasta el mal tiempo conspira contra el éxito de quien legítimamente aspira a servir a su país y a su partido. Y justamente, como en esos deportes que no responden a las mediciones de las mencionadas magnitudes, la subjetividad en la política es determinante, dado que además de los errores de librito que no deberían cometerse –por ejemplo insultar o desdeñar a grupos de ciudadanos o electores-, está la imperfección del lenguaje humano, que nos hace decir una cosa cuando quisimos decir otra, y peor aún, comprender un mensaje de cierta manera, cuando en realidad su significado era otro.

Pero tal vez la diferencia más notable entre esos deportes-espectáculo que se puntuan a capricho de un jurado, y la actividad política que se califica a capricho de cada votante, es que los errores de un deportista no son acumulables para el próximo evento, el cual será como empezar de cero, mientras que en la política se amontonan, cual suerte de fardo, que a veces se traduce incluso en cuántos derrotados -que creyeron injusto su respectivo infortunio a cuenta del progresivo éxito del rival- se fueron acumulando en la mochila.

Porque si bien la política también es el arte de obligar a alguien a realizar algo que no desea, en la medida que se vaya acumulando esa clase de cargas, hasta el error más pequeño, que en circunstancias normales no afectaría en nada la trayectoria de un político, de repente provoca que se fragüe una oposición feroz de todos aquellos que fueron quedando en el camino, para así liquidar sus planes y su carrera, al caerle encima en cambote.

Durante la madrugada del martes 4 de febrero de 1992, en pleno desarrollo del intento de golpe de Chávez, un político que estaba destinado a ser presidente de Venezuela, optó por irse a Venevisión para hacer una declaración a favor del sistema democrático que se estaba tambaleando, no solamente por el intento de golpe mismo, sino por la ruptura del consenso social de las medidas de ajuste económico que CAP II intentaba poner en práctica –medidas en parte indispensables, sin duda-, y por el progresivo deterioro de la credibilidad que sufría toda la clase gobernante, por sus propios errores, y por la enorme conspiración mediática de quienes soñaban con ser los factores primarios en el establecimiento de la agenda nacional.

Con aquella declaración, aquel político que nunca ocupó puesto alguno en el Poder Ejecutivo, terminó pagando los platos rotos por los errores de todos los Presidentes anteriores, a pesar de que solamente –es un decir- era el Secretario General del principal partido opositor –COPEI-, y parlamentario durante varios años. La declaración de Eduardo Fernández fue impecable: “Condenamos enfática y categóricamente el hecho primitivo de recurrir a la fuerza en un país civilizado y moderno como Venezuela. Eso es una vergüenza nacional. La democracia es perfectible. Todos los problemas que tenemos debemos resolverlos con inteligencia, con diálogo civilizado, con votos, no con balas. Condenamos la violencia inequívocamente”.

Fernández ha insistido durante estos casi 25 años en que esa declaración fue parte de su deber como líder de uno de los dos grandes partidos sobre los cuales se sustentaba la democracia, y no hay motivos para dudar que lo hizo convencido de ello, puesto que si tanto para las elecciones presidenciales siguientes -y por ende, para dirimir las candidaturas de cada partido- faltaban casi cuatro años, no había razón alguna para suponer que ese gesto fuera oportunista, mucho menos por parte de quien tenía un control casi absoluto de su organización.

Fernández estaba supuesto a ganar la elección de 1988 si su rival no hubiera sido un gigante político como CAP, quién triunfó además con el mítico mensaje del reparto de prebendas que le permitió la bonanza petrolera que apareció durante su primer mandato, un mensaje que movilizó a toda una clase media -muy cínica, pero determinante- que suponía iría a realizar negocios tan buenos como en el pasado, y a todo un país envenenado por la campaña de desprestigio mediático más intensa de la historia de aquella democracia hacia la persona y la gestión del presidente Luis Herrera Campins -una crítica a una  labor imperfecta, sin duda, y con escándalos, aunque éstos vistos desde ahora, fueron algo menores en comparación con los del mismo primer período presidencial de CAP, los de Lusinchi, sin mencionar los del chavismo. Una campaña de acoso y derribo que en todo caso ya respondía a esa estrategia mediática para apoderarse del país y sustituir a la élite partidista del momento en la toma de las grandes decisiones.

Fernández bien pudo haberse ahorrado aquella declaración, o al menos pudo haberla realizado horas despúes, incluso al precio de generarle un cargo de conciencia por el retraso, porque en esos momentos él no era el foco de la atención, sino Chávez y CAP; de manera que visto así, Eduardo cometió un error importante, que pudo ser menor si varios millones de venezolanos, en vez de comprender a plenitud que sus palabras eran a favor de la democracia,  no la hubieran percibido como un apoyo a la persona de CAP -algo indudablemente cierto, porque todos los demócratas, en una situación así deben acuerparse alrededor de su presidente, aunque éste no les guste, como era el caso entonces para muchos de nosotros.

Pero incluso con ello Fernández podría haber sobrevivido políticamente…si a aquel bache no se le hubiera sumado la carga de descontentos que se fueron quedando por el camino a costa del éxito de quién siempre fue un rival interno temible, que no dudaba en apartar a quienes no le apoyaban –aún siendo valiosos para toda la organización.

Esa hucha, llena de voluntades que esperaban un resbalón de su dueño, al romperse liberó toda aquella energía represada que se oponía a la forma de conducir la organización, al estilo opositor que se impuso frente a la gestión de Lusinchi, ¿y por qué no decirlo?, a los amigos y aliados de frágil –cuando no muy dudosa- reputación.

¿Eran esas voluntades bien intencionadas? Sí y no, porque como en todo grupo humano, allí había de todo, esto es, que estaban juntos más no revueltos tanto quienes le querían ver el hueso a su rival de tantos años, como aquellos que solo querían mejorar a la organización, luego de concluir que ésta no iba por el mejor camino. Un jurado tan válido como el de los saltos sincronizados desde el trampolín olímpico, que en ese momento decidió acabar con la carrera presidencial de Fernández.

Mientras Eduardo entonces se iba apurado a Venevisión, otro político durmió completo, se levantó, se aseó con calma, desayunó, y se fue a la sesión extraordinaria del Congreso para asegurar su presidencia con casi cuatro años de anticipación (!), a cuenta de un discurso sin duda oportunista, pero tan lejano con relación a aquel tiempo cuando a él le tocaba liquidar adversarios internos –Caldera fue secretario General de COPEI hasta mediados de los 60…-, que los mismos millones de venezolanos que esa madrugada le dieron la espalda a Eduardo, ahora no vieron ese oportunismo como un error –ni siquiera como un oportunismo puro y duro, sino como una lectura exacta de la realidad nacional…la vida, a veces es cruel y sarcástica.

La carrera política de Fernández fue entonces finiquitada por las razones más dispares, las cuales tomadas individualmente no habrían sido decisivas, pero que al sumarse por aquella declaración catalizadora se convirtieron en insalvables: el acoso y derribo a la gestión de LHC que obviamente salpicó duramente al COPEI que él dirigía, la mochila de reconcomios que inevitablemente carga todo político con cierto éxito, la misma campaña mediática antipartidos y antipolítica a favor de personajes autodenominados notables –cuya única notoriedad era su limitada capacidad para conspirar dentro de un sistema laxo y permisivo que no les dio un parao’ oportuno-, los errores de conducción en el partido –especialmente en la oposición light a Lusinchi-, algunas amistades peligrosas, y la feroz crítica a su campaña presidencial frente a su rival CAP por parte de medios muy influyentes, quienes luego de glorificar a Lusinchi –e incluso autocensurarse frente a las tropelías de Blanca Ibañez, como optó por hacer el diario El Universal– dedicaron sus mejores esfuerzos a destruir la credibilidad del candidato copeyano, para entonces llamado El Tigre a partir de una estrategia electoral abiertamente mejorable, pero en todo caso ni mejor ni peor que la de CAP.

De la noche a la mañana, a Fernández lo asociaron con un CAP II que hasta poco tiempo antes era alabado por todo lo fáctico endógeno de entonces, para luego ser mediáticamente crucificado como antesala a una destitución de legalidad muy dudosa; y súbitamente, todas las imperfecciones del político Eduardo se resumieron en una sola frase: falta de credibilidad.

A partir de allí, para Fernández todo fue en bajada, y lo único que habría que reclamarle fue que su renuncia se produjo años más tarde, aunque ello es explicable en nuestras culturas latinoamericanas y del Sur de Europa, como Italia, España, Grecia o Portugal; allí la gente no renuncia, solo se hace responsable de cualquier error, pero sigue en su tribuna hasta que se pueda, o le derriben.

Lo peor de todo es que quien fue luego candidato presidencial de COPEI no hizo una campaña a la altura de su talento, y quien ocupó la Secretaría General del Partido, por su parte puso las bases para su virtual extinción, con la gestión más mediocre y errática que partido político venezolano alguno haya conocido desde entonces.

Volviendo a estos días, Fernández ha estado en una permanente e intensa actividad de reflexión durante los últimos veinte años, al contrario de muchos otros de su generación y muchos más jóvenes, quienes se fueron a sus negocios, o saltaron a partidos de existencia más reciente, organizaciones éstas que en buena parte fueron posibles con esas deserciones, y que han tenido un éxito relativo, pero que en ningún momento han dado señales de saber qué harían con el país si les tocase en suerte gobernarlo.

Pues bien, Fernández sí sabe lo que hay que hacer, y ello debe ser suficiente para redimirlo incluso ante sus críticos más severos: los del pasado, y los que han valorado con severidad su interacción con el chavismo -algo que inevitablemente ocurre con todo personaje público, no solo político sino eclesiástico y empresarial cuando una dictadura se prolonga mucho en el tiempo.

Tal vez la desmemoria muy arraigada en nuestro ser venezolano, junto a la ignorancia histórica de los más jóvenes, pueda equivaler al simil de que cada competencia es como un borrón y cuenta nueva, para que Eduardo sea considerado como papabile en una que otra carambola histórica.

Como se comentó en el post anterior con relación a Ramos Allup, los políticos de raza no se retiran, al tiempo que tratan de mantenerse en lo posible en buena salud, y mentalmente ágiles y actualizados. El resto ya es cuestión del destino.

Claro que…si bien después de todo, setenta y cinco años de edad no sean nada, el destino bien podría apurarse un poquito, porque el tiempo pasa; aunque si vemos las edades de los candidatos en EEUU pues hay un cierto margen antes de perder el tren final que conduce a la meta que se ha buscado durante toda una vida -un premio que en justicia sería inmerecido para la gran mayoría de los más jóvenes que están ahora en el candelero.

Hermann Alvino

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