El gallo (no tan) tapado


Lo sabemos, Ramos Allup no es una versión carabobeña de Winston Churchil; al británico además, podemos leerle frases memorables que pasaron a la Historia, como aquella anunciando que su país lucharía con todo para derrotar al nazismo, y la otra sobre la caída de aquel telón de acero que por casi medio siglo aislaría Europa Oriental, ya para entonces bajo la garra soviética.

A Ramos, en cambio podemos asociarlo con aquella defensa vehemente y a ultranza del candidato CAP II en la Cámara de Diputados, frente a uno de los pocos arrebatos opositores del Partido COPEI -que había mantenido una actitud poco más que pasiva durante el gobierno de Lusinchi-, y por supuesto, recordarlo por el me sacan esa vaina de allí, cuando ya como Presidente de la actual Asamblea Nacional, se ocupó de supervisar de muy cerca la limpieza de las paredes de esa institución de la iconografía asfixiante del extinto dictador barinés.

Pero…tal vez después de todo Ramos sea tan duro y constante como aquel británico, y probablemente igualmente longevo y activo hasta más no poder, considerando que ambos vivieron tiempos de gran protagonismo, y luego de ser derrotados, volvieron a la primera línea con más fuerza que nunca. Constancia y suerte, pues.

Quienes vivieron más o menos de cerca la democracia prechavista, pudieron notar la gran diferencia estética entre los oradores de primera línea de AD y de COPEI. Independientemente de que se estuviese o no de acuerdo con lo que ellos decían, nadie podía negar que la brecha era enorme: los copeyanos se presentaban con discursos muy pulidos, sin fallar una tecla, y por supuesto, con los elementos indispensables de motivación comunes a los baños de masas.

Por su parte los adecos, sin perder un ápice de efectividad y alcance en mentes y corazones de la gente, presentaban discursos algo más desordenados, y atropelladores. Comparar la calidad conceptual y la presentación de las intervenciones mitinescas y las de las sesiones del Congreso Nacional era un ejercicio relativamente sencillo, porque la solidez de la retórica copeyana siempre fue inmensamente superior a la adeca: Rafael Caldera, Eduardo Fernández, Oswaldo Alvarez Paz, José Rodríguez Iturbe, Hilarión Cardozo, Abdón Vivas Terán, o Paciano Padrón, v/s Piñerúa, Carlos Andrés Pérez, Raul Leoni, el mismo Luis Beltrán Prieto, Betancourt, Antonio Ledezma, Ramos Allup, o Jaime Lusinchi.

Incluso en las comisiones parlamentarias, escuchar a Haydee Castillo o Armando Sánchez Bueno, equivalía a prepararse a tomar una lección que ameritaba papel y lápiz para anotar la impecable secuencia de conceptos de Castillo, para luego caer noqueado por la abulia de Sánchez; así mismo, si se asistía a un curso de formación con Arístides Calvani y Enrique Pérez Olivares, luego era dificilísimo adaptarse, por ejemplo, a una conferencia petrolera de algún adeco de Petroven –así se llamaba cuando CAP I-, o del mismo presidente eterno de la CVG.

Por supuesto, estamos valorando todo aquello que, junto a la solidez de un discurso, podríamos definir como elegancia, porque en materia de efectividad para captar voluntades, no cabe duda de que la retórica adeca casi siempre se impuso, haciendo de AD un partido casi inextinguible, algo obvio luego de casi veinte años de fenecida aquella democracia, puesto que ese partido sigue estando vivito y coleando, mientras su rival histórico es un fantasma de lo que fue. La elegancia tenía –y tiene- poca importancia en la política venezolana, y el contraste entre Eduardo Fernández como Secretario General copeyano, y su adeco homólogo Luis Alfaro, así lo indicaba; el primero no habría desentonado en ningún país serio, y el segundo era simplemente impresentable…pero mandaba, y mucho.

Durante el ciclo chavista, independientemente de que se digan verdades o falsedades por parte de unos y otros, el nivel de decibelios de los discursos se ha elevado. Ahora se grita, y la galería como siempre, aplaude; y sería muy deseable, aunque nada realista, volver a ese entorno retórico sereno que imponía el anterior vocero de la MUD, Ramón Guillermo Aveledo, a quien Henry Ramos conoce muy bien, por haber sido ambos dirigentes de primer nivel del extinto Congreso Nacional. En la retórica de ambos se percibía la misma brecha que existía entre sus predecesores de más edad, la cual sigue allí, aunque Aveledo por ahora esté ausente de tribunas como la MUD, y Ramos siga en el candelero.

Apartando esa valoración estética, no cabe duda de la posibilidad de un escenario en el cual Ramos pueda servir de catalizador para recuperar la democracia venezolana, y quién sabe desde qué posición de responsabilidad. Lo cierto es que hasta ahora su papel como líder del máximo órgano de representación popular ha sido impecable, y salvo el discurso tirapiedrista sobre Padrino López, la relativa serenidad y contundencia de cada una de sus declaraciones ha contrastado no solo con la verborrea soez de Maduro, sino con la misma gestual y contenidos de muchos voceros de la MUD, dentro y fuera de la Asamblea.

En síntesis, considerando el baremo actual de estética que impera en Venezuela, tanto la del gobierno como la de la MUD, Ramos parece elegante en lo gestual y en el contenido. Los copeyanos más viejos, grandes oradores en su tiempo, no caben en esta Venezuela de la banalidad y la ordinariez, porque les sería imposible articularla con la otra Venezuela, esto es, con la pensante y la de buenos modales; pero Ramos sí puede, porque dentro de su estilo -que va intercalando sus ideas con puyas muy ciertas y contundentes-, sus palabras ejercen una función tranquilizadora dentro de la hostilidad generalizada de esa mitad del país, -hasta las risas y burlas de los parlamentarios salvajes chavistas, que sirven de condimento a esas intervenciones, casi siempre se despojan de ese veneno con que las adoban cuando se trata de sabotear a otros parlamentarios demócratas, cuando no de tirarle a la cara un micrófono si se sienten ofendidos-, al tiempo que a la otra mitad le transmite seriedad, por saber lo que está diciendo.

Durante este largo tiempo de verborrea permanente iniciado por Chávez, donde cada uno, sea del régimen o de la oposición, cree que cada una de sus banalidades merece ser labrada con letras de oro en cada pared de nuestra geografía, donde cada uno habla gritao –y le aplauden…-, el tono de Ramos Allup nos debe recordar que en ese recinto hubo alguna vez oradores mesurados y respetuosos, dignos de la confianza que los venezolanos depositaban en ellos, porque incluso quienes ven a este longevo adeco como gallina mirando sal, deben admitir que su actividad ha conllevado una función pedagógica invalorable, tanto al hilvanar las causas de la tragedia nacional, señalando responsabilidades de manera directa y más o menos serena, así como por sus propuestas para salir de la barbarie.

Hay que suponer también que Ramos tiene la mano metida en la redacción de las recientes resoluciones trascendentes de la AN –con la hostilidad manifiesta de los chavistas allí presentes, y la de los invasores, que afortunadamente no emularon a plenitud el asalto al Congreso del año 1848-, y que sería él el principal protagonista en los episodios decisivos durante los cuales se dirimirá el conflicto de poderes entre la AN y el TSJ.

En ese pulso entre una autoridad legítima como es la AN, y un TSJ de integración dolosa –recordemos el nombramiento ilegal de varios magistrados en Diciembre del 2015-, el Ejecutivo, con Maduro al frente, y los demás necroláctivos –Ramos dixit, en entrevista con Vladimir Villegas- es un mirón de palo.

Con todo y el natural relevo generacional que la vida impone, puede que a Ramos le vaya mejor que el resto de los gritones que ahora tienen la máxima representación opositora, porque éstos de alguna manera están haciendo el trabajo sucio de enemistarse personalmente con los adversarios, mientras que con él, por conocerlo todos éstos desde hace décadas, los peores disgustos ya son cosa pasada; de él ellos saben qué pueden y qué no deben esperar.

Sin ser el único, probablemente Ramos sea el gallo (no tan) tapado con más chance para lograr un consenso para la transición.

Definitivamente, para los verdaderos políticos, el esperar y tratar de mantenerse en buena salud es fundamental, especialmente cuando las dictaduras duran más de lo previsto.

Hermann Alvino

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