Falta el mito.


La gente, especialmente cuando se viven tiempos difíciles, no se motiva mediante razonamientos objetivos, sino con símbolos de esperanza. Eso lo saben tanto los predicadores como los vendedores de lavadoras y los políticos, quienes utilizan mitos o relatos para captar la atención y unir voluntades.

El gran relato de Chávez no fraguó de manera instantánea con la frase “por ahora” pronunciada cuando se le transladaba detenido, ni tampoco con las palabras siguientes, algo pobres y esterotipadas, que suponían que eso no se había acabado allí, sino en el mismo instante en el que toda Venezuela pudo darle un rostro al golpista, mientras éste mostraba serenidad y don de mando para aplacar a sus tropas alzadas.

Para Chávez cual símbolo de esperanza para más de la mitad del aquel país, las palabras eran más bien un refuerzo casual al desgaste de su errática presidencia. El primer empujón fue el juramento presidencial, luego de haber concluido el tenso ciclo electoral, cuando el barinés se decantó por el “Juro delante de mi pueblo y sobre esta moribunda Constitución…”.

Pero inyectar palabras cargadas de veneno espiritual fue solo una opción de la cual bien habría podido prescindir: fue esa cara, aquel día en que la democracia le permitió lucirse ante la derrota, la que tumbó a un sistema del cual mucha gente sospechaba ya incapaz de cambiar para superar sus imperfecciones. Allí él se convirtió en mito, y como los mitos no son racionales sino emotivos, su ensalada mental como candidato presidencial pasó sin problemas, al igual que su incompetencia como militar.

Con los años y la consolidación de su poder, más el control mediático, su rostro onmipresente junto las banalidades y caprichos que expresaba en cada una de sus larguísimas intervenciones, fueron solidificando ese sentimiento de que él era “como uno” –al estilo de  aquella frase “Jaime es como tú”, que le permitió redondear el triunfo a AD luego de haber destrozado la reputación del presidente Herrera Campíns –otro “como tú”, tan genuino o más que Lusinchi, pero que fue sometido a la campaña de derribo moral más intensa que hasta entonces se había puesto en práctica desde el inicio de la democracia –algo que Ramos Allup seguro que recuerda-. Pero si bien Chávez es “como tú”, la diferencia contigo es que el sí se alzó, y tú no te atreviste.

Lo cruel del asunto es que la cercanía de Chávez no era por su sensibilidad humana, sino una informalidad mental en virtud de la cual solo gobernaba durante sus ratos libres, dedicándole el resto del tiempo a cultivar su megalomanía, amarrando lealtades –es un decir- con dádivas financiadas con la inmensa renta petrolera que le tocó en suerte. En esas distancias cortas –televisión incluida- prevalecía lo soez y vulgar, lo ordinario, esto es, el explotar las emociones y pulsiones más primarias de todo un pueblo que optó por cobrar a fin de mes sin trabajar, o al menos sin trabajar mucho, a cuenta de lo que la patria “le debía” desde la Independencia, en una suerte de buen salvaje metamorfoseado en buen revolucionario, muy bien descritos hace exactamente 40 años por el pensador Carlos Rangel.

La frase que encierra este mito es la de “tenemos patria”, la cual tiene una carga espiritual tan poderosa que no se ha descascarado en casi nada, incluso luego de estos tres años de Maduro. Para ese mito, Maduro es un simple transitorio, como lo son los depredadores de las riquezas nacionales al estilo Cabello, Cilia, o los militares, porque el mito prevalece sobre todos sus crímenes, ya que los chavistas de corazón creen que algo sucederá para reponer aquella edad de oro cuando vivía el Comandante. Irónicamente, si algo refuerza este mito, es la feroz crítica con la que los ministros de Chávez –tan ineptos o más que los de Maduro- atacan la actual gestión como traidora a los ideales de la revolución bolivariana, o sea la de Chávez.

Chávez además supo asociar ese rostro y discurso con la sensación de que él mandaba, y de que él estaba a cargo de todo, algo incierto, puesto que ese país que debía prestar servicios de manera eficaz, crecer en lo económico y seguir desarrollando su infraestructura, se le iba cada vez más de las manos, junto a la cohesión social con la que él soñaba, una vez liquidados sus adversarios políticos. Pero así son los mitos: con un comienzo más o menos creíble, pero con un desarrollo que depende de cómo la gente los va asimilando y configurando a sus gustos y temores, y ello se confirmó cuando aún moribundo, sus seguidores lo vieron en campaña cual Cid, como si nada.

Como ningún mito acepta ser compartido con otros, ya que de antemano posee la capacidad para destruir a su predecesor, por eso fue que el mito Chávez –que no es lo mismo que decir el mito chavista-, fue capaz de borrar el de Betancourt, el brujo de Guatire, quien armado con una pipa sobrevivió a un atentado y a golpes de Estado, o al de CAP, con sus “hijos de Bolívar” que “rescatan su hierro”, luego de ganar las elecciones saltando charcos.

En estos tiempos, a los mitos se les llama storytelling, y sus hijos menores son el marketing comercial y el electoral, la matriz de opinión pública, los bulos en facebook, y todo lo que apela a nuestro cerebro de reptil, más no a esa zona donde residen las células grises que nos hacen racionales. Por eso es que la unidad opositora es complicada, y que aún con ella, la reconquista de la libertad es más complicada todavía.

Porque si recordamos que la política también consiste en obligar al adversario a hacer lo que no desea –ya sea porque no le quede más remedio, o porque cree que en algún momento extraerá algún beneficio-, entonces podremos comprender mejor las razones de la desunión, esto es: porque no hay un motivo que los obligue a acuerparse sin fisuras.

Aunque en justicia, motivo lo hay: la libertad. Pero ¡cuidado!, los demócratas son tan imperfectos como aquel pueblo chavista que reclamaba compensación por el trabajo esclavo de la colonia, por la explotación de los terratenientes, y vaya usted a saber que más, aunque lo disfrazara de “tener patria”; de manera que el “cómo quedo yo ahí”, intrínsecamente ligado a nuestra naturaleza humana, también atañe a los opositores.

No puede haber unión entonces, si no hay una fuerza lo suficientemente poderosa como para obligar al resto a seguir sus líneas maestras, sean éstas nobles o rastreras; y ello seguirá así mientras ninguna de ellas sea capaz de crear un mito alterno que disponga del de Chávez con un solo corte, limpio y sin anestesia, como hizo él con la democracia de entonces.

Porque hablar de abundancia, prosperidad y paz social, no es suficiente para vencer la irracionalidad de todo un pueblo; por eso es que las políticas sociales de Capriles, cuyo efecto de bálsamo para los mirandinos es innegable, o las brillantes propuestas de Eduardo Fernández expuestas en su reciente libro, no son suficientes: porque falta el mito encarnado en algún rostro cuya credibilidad sea suficiente para que todos crean que vale la pena arriesgar el cuero. Un rostro que pudo ser el de Leopoldo López antes de ser empujado dentro de la tanqueta, o al revés, una imagen capaz de soliviantar a la gente, como el de la degenerada guardia del pueblo, que sobre el mismo asfalto le aplastaba la cara a punta de golpes con su casco a una mujer indefensa.

Los niños muertos por hambre y difteria, cuando no son asesinados por una bala perdida, así como los apaleados por los esbirros del régimen también son “como tú”, pero no parecen ser suficientes como para que el régimen licúe sus bases y se derrumbe de inmediato, como sucedió en la URSS y Europa del Este.

En cambio, lo que parece ocurrir dentro de la oposición es que allí hay muchos rostros que todos saben que carecen de ideal alguno, que contrastan con otros que hasta podrían ganar una elección presidencial, y hasta ser buenos presidentes, aunque ninguno sin el carisma capaz de emocionar a quienes toman Caracas, y el país, para que su iniciativa sea irreversible.

Esa mágica combinación mito-hombre, a veces letal, demagógica o populista, pero en otras tantas capaz de darle sentido a todo un pueblo, es justamente la que faltó la noche del fraude electoral de Maduro, la que faltó en la toma de Caracas exigiendo referendo revocatorio.

Porque de haber estado allí, a esa gente no la paraba nadie hasta llegar a Miraflores, y porque cuando ese elemento está presente, hasta los esbirros y los militares se apartan, cuando no se suman a serruchar estatuas.

Por eso es que esto es muy parecido a lo que sucedió en aquella Europa. Mientras este factor siga ausente, no pasará nada; y cuando alguien lo encarne, incluso por casualidad, como podría pasar con Ramos Allup, nada detendrá la caída de esta gentuza.

…O como sucedió en el Guillermo Tell de Rossini -el mismo de la overtura que acompañaba al Llanero Solitario en blanco y negro de nuestras infancias-, donde luego de casi cuatro horas de sometimiento a un pueblo, en menos de cinco minutos aparece la libertad triunfante, con aquello de Tout change et grandit en ces lieux…Liberté, redescends des cieux …Todo está cambiando y se está engrandeciendo en este lugar… Libertad, desciende de nuevo del cielo…

Vamos, que si eso no es un mito…

Hermann Alvino

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