El mal.


El mal existe, y con éste, las personas malvadas que se le entregan, algunas de ellas muy conscientes de lo que hacen, habiendo optado responsablemente por ser y actuar así, mientras las otras, más o menos ignorantonas de su conducta, de seguro también experimentan algún tipo de placer corporal pensando en lo que harán –como la salivación canina pavloviana previa al sonido de la campanilla que les traería un bocadillo-, durante la realización de sus fechorías, y a posteriori, contemplando a sus víctimas.

Puede que para los creyentes judeocristianos dicho mal sea el efecto del comportamiento del Diablo, un ángel caído cuya actividad permamente es contrariar al Creador, metiéndonos a los terrícolas en líos terribles, luego de caer en la red de sus tentaciones. Para otros ese mal son las consecuencias que emanan de comportamientos patológicos, generados por las más diversas causas. Al final hay un montón de víctimas y otro montón de criminales, o de psicópatas, que incluso sin cometer crimen alguno, son incapaces de empatía alguna frente al sufrimiento ajeno.

No cabe duda de que el placer de esta clase de gente pivota sobre su eventual dominio sobre el prójimo; un placer que se acrecienta con la vulnerabilidad e indefensión de sus víctimas. Si el malvado va solitario por la vida, ese dominio orgásmico puede que lo exprese como asesino en serie, como estafador, o a través de toda interacción humana cuyo efecto final siempre será humillar, generar impotencia en sus presas, además de eventuales e inmensos sufrimientos físicos y espirituales, muerte incluída, con total ausencia de arrepentimiento, justamente por ser malvado, o por ser un sicópata. Hay variantes, claro está, pero en general eso es así.

Pero por otra parte, cuando ese dominio no se limita al de un solo individuo a la vez, sino que simultáneamente afecta a mucha gente, ese poder se transforma  y potencia su adicción, porque la retroalimentación es mucho más intensa. Entre quienes, por las razones más diversas o disparatadas, logran canalizar y expresar ese poder sobre grupos humanos, se encuentran los dictadores, y las cortes de colaboradores institucionales que sustentan su régimen. En cambio, quienes no pueden proyectarlo más allá del ámbito individual, si pertenecen a esa camada de degenerados que se monta sobre un pais, pues se dedicarán a la labor propia de los esbirros.

Quién domina desde arriba entonces, será capaz de causar grandes sufrimientos de un solo plumazo. Quienes lo hacen desde abajo en cambio, deberán trabajárselo un poco más, aunque si se organizan también serán capaces de asesinar y enterrar en masa en tiempos relativamente breves, o de incinerar, como hicieron durante el Holocausto.

Los chavistas entonces, de acuerdo a la capacidad y alcance de su respectiva maldad, se insertan en uno u otro de estos dos niveles, teniendo muy claro que ellos no han impuesto una dictadura similar a las que han atribulado a Latinoamérica, esto es, regímenes que una vez agotados colapsan y la sociedad de alguna forma se repone espiritual y materialmente.

La maldad chavista, aunque no sea genocida propiamente dicha –dejemos el propiamente a cuenta de la protección que le ofrece y la alianza fáctica con la guerilla genocida colombiana-, bien podría identificarse con la de aquellas juntas militares argentinas que protagonizaron la guerra sucia, puesto que el espíritu es el mismo: liquidar al adversario, luego de censurar el mero hecho de su existencia.

Con el chavismo no se puede convivir, mucho menos dialogar. Los límites de pobreza y enfermedades que esta gentuza ha impuesto a su propio pueblo delatan una maldad que no puede justificarse por los traumas que pudieron ser acarreados por sus vivencias algo erráticas. El resentimiento del Comandante no es suficiente para explicar su conducta despectiva y su disposición a engañar a sus adversarios. El lenguaje y la gestual de Cabello no pueden explicarse a raíz de algún complejo personal que pudo haberse incubado durante su formación militar, para luego eclosionar una vez que llegó al poder. La mala fe de Iris Varela, de Jorge Rodríguez, de Aristóbulo, de la Primera Combatiente, de la Presidenta del TSJ, y de las rectoras del CNE, así como aquella maldad del fallecido contralor chavista, no son comprensibles luego de revisar su biografía.

La mejor explicación es que simplemente ellos(as) son malas personas, malvados que por disparatadas carambolas pudieron montarse en el poder, y drogarse diariamente con esa sensación de dominio que sobrepasa cualquier otro placer que puedan sentir, incluyendo el que experimentan cuando meten la mano en la olla del dinero malhabido, o con el que les hace salivar cuando piensan en qué de cosas se comprarán con esos billetes.

Esa droga, que les hace dar pasos cada vez más rápidos para cerrar todo margen de actuación de sus adversarios, a su vez les ha hecho creer que ellos son los depositarios únicos de dicho poder, y que éste siempre debió pertenecerles, y que por ello siempre deberá estar en sus manos, por una suerte de derecho divino, o mejor dicho, mefistofélico.

Su conducta entonces, que comenzó por una expresión de su intrínseca maldad, durante todos estos años de dominio ha adquirido una creciente intensidad patológica, por el siempre creciente poder que ha estado al alcance de sus sucias manos, lo cual equivale a que a uno lo encañone un malandro muy rodado y veterano en acribillar a sus víctimas, pero que además está drogado, con un revolver cuyo gatillo está pendiente de un dedo y manos temblorosas, que son movidas por maldad y pulsiones incontrolables.

Esta gente entonces, está fuera de control, por ello es que hay que comprender que el chavismo no es una dictadura como las que hemos conocido hasta ahora.

Si partimos de esta base, entonces tal vez, no tanto la MUD, sino los millones de venezolanos hartos de la barbarie, podrán reaccionar adecuadamente, lo cual no necesariamente es sinónimo de violencia, pero conllevaría el no descartarla si hiciera falta.

Al chavismo no se le puede desarmar por partes, sino que habrá que cercenarlo de una vez. La experiencia de la AN confirma que si el régimen dispone de algún mecanismo institucional, éste será utilizado para desmembrar toda iniciativa dedicada a disminuir su poder. Ese mecanismo ha sido la Contraloría, el CNE, la AN, el TSJ, y ahora unos tribunales penales estatales que no deberían tener vela en este entierro de la democracia, pero que su existencia de repente fue considerada conveniente. Mañana será otra argucia legal –o ilegal pero legalizada por el TSJ.

Y cuando toque, seguramente el TSJ desechará las postulaciones de la AN para el CNE y el mismo TSJ, al declarar nulas esas sesiones legislativa. No hay límite para los inventos legales, cuando se tiene el poder de interpretar y reescribir las leyes a capricho.

Eso es así y hay que asumirlo, comenzando por el ridículo monumental que harán los opositores de la AN y la MUD con la colombianización de Maduro, algo que todo el mundo sabe, incluyendo quienes votaron por él, pero que no les importa; y algo que hace más de dos años Walter Márquez probó sólidamente, pero que tampoco importó a la MUD, porque ésta tenía otra estrategia en mente. Un asunto que por lo demás, para el TSJ será una bagatela resolver.

Las dictaduras tradicionales entonces, son como las manadas de animales, cuyo líder es el que mantiene la unidad de propósitos: cuando éste cae sin que lo tumben –por ejemplo cuando se muere-, hay un lapso de desorientación mientras se define un nuevo líder, una incertidumbre que no ocurrirá si el jefe fue desplazado por otro más fuerte. Cuando al líder de la manada chavista se lo llevó el Diablo, con todo el desorden sucesorio que ocurrió –la intervención cubana en la designación de Maduro, más las loqueras del TSJ y de Escarrá-, el régimen más bien terminó reforzándose, a cuenta de la estupidez colectiva de su base de apoyo, dolientes de la muerte de quien los hizo más miserables e ignorantes, además de desdentados, mal vestidos, y enfermos. Este fenómeno no se explica con la trillada e injusta frase de que estas cosas solamente pueden ocurrir en Venezuela, porque la realidad es que el chavismo es una forma de dominación muy distinta, que ha logrado su autosustentación combinando fuerza y leyes, mientras explota las imperfecciones más oscuras de la naturaleza de millones de personas. Así lo logró Fidel, Hitler, Mussolini, Kim, o Ghedaffi.

Salir del chavismo sin embargo -aun en el supuesto que se logre de un solo tajo, y que haya un plan y liderazgo sólido como relevo-, solo implicará defenestrar a esos malvados que tienen el poder colectivo, porque los esbirros de base se quedarán en sus puestos -los funcionarios civiles rasos, abusadores y matraqueros, junto a los que dan porrazos, lanzan lagrimógenas, apresan y aplican cualquier tipo de crueldad física y mental a sus víctimas-; al fin y al cabo, un país no se puede quedar sin policías ni funcionarios, y por tanto, su conducta solo podrá limitarse mediante la severidad y credibilidad del nuevo gobernante, mientras se vaya renovando toda la estructura institucional del país, una labor que se llevará al menos diez años. O más.

Esto es lo que hay, y sobre esa base es que hay que hablar de una estategia seria para acabar con la barbarie, apartando las pendejadas y banalidades que eructa Torrealba –y Capriles-, y sobre todo, que ese plan sea creíble, o sea, capaz de espantar ese sentimiento de muchos opositores rasos, que les indica que en el fondo, debajo de la mesa, hay vínculos y cositas con el régimen que impiden darle un palo a la lámpara.

Porque el mal también es capaz de engañar a los buenos, cercándolos, haciéndoles sentir cómodos, mientras le succiona el alma, que en este caso equivale a su credibilidad.

Hermann Alvino

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