Rehacer a Venezuela (II)


La naturaleza del papel petrolero de Venezuela deberá cambiarse radicalmente si los demócratas que relevarán al chavismo desean realmente reinsertar al país en el grupo de naciones capaces de competir y prosperar.

Para los efectos prácticos, en Venezuela el siglo XXI aún no ha comenzado, como no lo había hecho el siglo pasado sino hasta la muerte del dictador Gómez; aquel retraso histórico solo se pudo recuperar gracias a la renta petrolera, porque sin ella probablemente aún estaríamos entre los más pobres del planeta. Pero como habrá petróleo y gas natural para rato, será cuestión de saberlo utilizar para volver a compensar el actual retraso secular, mas no como aquella vez, limitándose solo a hacer caja con la renta generada por la venta de hidrocarburos, sino también  utilizándolo como materia prima para manufacturar y venderle al mundo todos los plásticos que se utilizan en prácticamente cada actividad humana.

¿Renta petrolera?, sin duda, para reconstruir la infraestructura nacional y subsidiar al país entero, para que vuelva a tener fuerza física, espiritual y económica, y así incorporarse a un desarrollo industrial que deberá ser novedoso y eficaz. Por otra parte, sea como renta o como resorte industrial, el Estado venezolano no podrá alcanzar los mismos límites de poder que tuvo en el pasado cuando monopolizó la explotación de sus riquezas, porque la deuda que dejará el chavismo, la falta de recursos humanos preparados, la obsolescencia de los equipos, y la destrucción material de unidades industriales dedicadas a explotar, transportar y refinar, lo obligarán a darle a la iniciativa privada una importancia y protagonismo indispensables.

El Estado venezolano post chavista será tan débil que obligatoriamente deberá aceptar con quienes sí saben de hidrocarburos, y tienen el capital necesario para aprovecharlo, condiciones de convivencia impensables en el pasado, y tal vez muy duras. En cualquier caso, credibilidad y fortaleza en la gobernabilidad serían los factores para gestionar esta interacción y traer prosperidad y desarrollo más temprano que tarde.

El petróleo seguirá así siendo una parte vital del andamiaje de las relaciones internacionales, donde se vive la contradicción entre una globalización inmersa en la fragmentación, siendo la primera el derivado inmediato del enorme avance de las tecnologías de la información y comunicaciones, asi como del transporte.

Por su parte, la fragmentación social y política ha sido producto del avance de espacios diversos de libertad y de la diversificación de la gobernanza –por ejemplo la descentralización en áreas de la vida pública-; a su vez ha habido una centrifugación en lo existencial, al estar rodeados de un penetrante entorno mediático que ha permitido conocer e intercambiar vivencias e ideas, así como en lo económico, con la masificación y segmentación de bienes de consumo para contentar a todos los gustos, y de paso hacer a la gente cada vez más exigente, aun en lo innecesario.

La fragmentación además ha (re)cobrado impulso en lo religioso, porque se han aflojado las riendas coloniales y postcoloniales que aún ataban a países árabes y a gentes de diversas etnias de territorios africanos, y por el rápido crecimiento de variantes del Cristianismo en lugares donde la Iglesia Romana prevalecía sin discusión.

Pero tal vez el impulso mayor que ha recibido la fragmentación, ha sido el gradual empobrecimiento de las clases medias a partir de la imposición de un Capitalismo sin reglas, provocando la desconexión de amplias capas poblacionales de las élites gobernantes, quebrando los tradicionales equilibrios partidistas, y fomentando profundas divisiones sociales, junto a los nacionalismos que hace un siglo provocaron carnicerías humanas a gran escala.

Esta fragmentación es a su vez retroalimentada por la globalización que permite el comercio masivo de armas, para así mantener activos conflictos armados de gran importancia –Siria, Afganistán, Congo, etc.-, luego de que estos hayan surgido a partir de la incipiente e insospechada  multipolaridad que emergió luego de que EEUU fuera considerado –aunque sea por pocos años, luego de la caída del Muro de Berlín y la implosión de la URSS- la única potencia predominante y capaz de arbitrar en la agenda mundial.

Porque ahora EEUU, con todo y ese potencial militar que sobrepasa en gasto y poder a la suma de todo el resto de países, ya no es capaz de imponer su agenda, luego de la entrada decisiva de China a la familia de los poderosos, y del papel cada vez más influyente de la Rusia de Putin.

Hay que recalcar que EEUU, desde sus mismos inicios, sigue debatiéndose en el dilema entre el aislacionismo que permite su misma geografía, y el exportar los valores libertarios en los que se basó su fundación como país; un dilema que se ha vuelto complejo desde el momento en que EEUU tampoco puede retirarse de las áreas en las que ha intervenido directamente.

Por su parte, Rusia es por naturaleza una nación intervencionista –con los siglos se ha ido tragando todo el norte de Asia, hasta la misma Alaska, que terminó vendiendo a EEUU-, y con experiencia en ir asimilando pueblos y territorios muy diversos, desarrollando con el tiempo ese temor a las invasiones que le ha obligado disponer de territorios buffer que limiten dicha eventualidad; un temor que si bien le ha permitido condicionar en todo momento la realidad europea, también le ha impedido sentirse parte plena de esa misma Europa.

Por su parte, China no tiene experiencia internacional, puesto que desde hace milenios se ha mirado solo hacia adentro, y es ahora cuando deberá probar si puede asumir un papel de influencia global con responsabilidad, un reto no tan sencillo de abordar por parte de un país-continente que siempre ha visto al resto del mundo como vasallos bárbaros, cuyo infortunio consistía en estar muy lejos como para gozar de la protección y civilidad del Hijo del Cielo que gobernaba a aquellas tierras del lejano Oriente. Por lo pronto su contencioso marítimo con países vecinos, indica que aún no posee ese grado de madurez que toda potencia líder debe tener.

Estas tres potencias militares, a las que se sumará eventualmente la India, de alguna manera son las llamadas a configurar el mundo del siglo XXI; ellas no sufren el problema de identidad que tiene la Unión Europea, cuyo efecto más reciente ha sido el Brexit británico, sin descartar futuras fragmentaciones o rezonificaciones. El poder económico y militar de EEUU y China están a la vista; el poder militar de Rusia compensa toda baja de su economía, la cual por ahora depende en gran medida de los precios de petróleo y gas; mientras que el poder económico de la Unión Europea no es suficiente para compensar su fragilidad militar –producto de la vivencia de haberse abierto en canal en dos guerras mundiales dentro de su terrirorio.

Dentro de esta perspectiva, es bueno recordar que el equilibrio entre potencias más o menos equivalentes, solo puede concretarse con alianzas que compensen cualquier salida de tono de alguna de ellas, cuando en algún momento se comporte de forma tan agresiva como para amenazar el statu quo que tanto trabajo costó consolidar. Ése es el fundamento del tratado de Westfalia y del Tratado de Viena; pero la diferencia fundamental es que quienes cerraron  aquellos acuerdos, tenían una visión del mundo muy similar -al fin y al cabo todos ellos eran la nobleza europea-, pero la visión del mundo -y los valores que la sustentan- tanto de EEUU, China, y Rusia es muy diferente.

Si a estas tres potencias le añadimos los paises árabes –petroleros- con las  diferencias religiosas insalvables entre chiítas y sunitas, o los odios inextinguibles entre Pakistán y la India, se puede comprender mejor la importancia que tienen los tratados y esfuerzos para mantener a raya esta inestabilidad in crescendo desde el final de la guerra Fría entre EEUU y la extinta URSS.

La diplomacia que podríamos llamar como tradicional, que estableció el balance de fuerzas, no tiene como objetivo la paz, sino la estabilidad, y el contener dentro de ciertos límites los conflictos armados que puedan surgir; ello se corresponde con la más plena ortodoxia liberal, porque cuando cada país se ocupa egoístamente de sus propios intereses, será la mano invisible la que regule su interacción, para que cada uno se vaya inexorablemente reacomodando en el contexto internacional; ese espíritu liberal es el mismo que sustenta la separación de poderes en la que se basa la democracia: cada poder público busca su propio espacio –y beneficio político-, para que la misma mano imponderable los equilibre, luego de hacerlo con todas las fuerzas fácticas para que la redacción de su respectiva constitución saliera de una forma, y no otra.

La diplomacia actual se debate así entre una globalización liberal en la cual cada uno persigue sin misericordia sus objetivos particulares –salvo los EEUU, cuando son víctimas de esa parte de la ecuación del dilema que los persigue desde siempre, y se van a invadir Iraq o Afganistán-, y de la cual nadie puede salirse ya –ni siquiera corea del Norte, ni Cuba-, y una fragmentación, que a partir de la laminación de las clases medias que pierden sus empleos por la deslocalización de las empresas a entornos con costos laborales más baratos, entre otras cosas le pone palos entre las ruedas a los tratados de libre comercio que van surgiendo -como los de EEUU con México, Canadá y eventualmente la Unión Europea, o entre Rusia y China, para crear un flujo de comercio alterno al Dólar.

Claramente estas cosas no están al alcance mental de la diplomacia chavista, ni de los chavistas encargados de nuestras industrias estratégicas, tanto la petrolera como la minerometalúrgica, porque al canciller –con el perdón del término- Delcy estos conceptos le quedan muy grandes, tanto por su patética carencia de cultura general, como por su abordaje geopolítico fuera de contexto y formas en los foros internacionales, que delata una inmensa ignorancia sobre estos temas. Por su parte, el presidente de PDVSA –Del Pino- solo piensa en lo inmediato, o sea en reciclar deuda para pagar deuda, sin siquiera tener idea del contexto internacional a futuro donde PDVSA tendrá que interactuar, mucho menos en sanearla. Pero es lo que hay.

Venezuela lo tendrá muy crudo si piensa que -cuando toque- podrá reintegrarse a un Occidente libre cuya autonomía geoestratégica y comercial aún está redimensionándose dentro las realidades mencionadas; aunque el papel de exportador petrolero confiable dentro de ese mundo libre y democrático deberá mantenerse, sería irrealista, para un país que además posee minerales estratégicos, ignorar en el futuro a una porción importantísima de la realidad geopolítica, como hizo en el pasado.

Es por todas estas razones por las que la futura democracia venezolana deberá disponer de una diplomacia que, basándose en valores humanistas genuinos de paz, derechos humanos e intercambio comercial justo, no pierda el sentido de la realidad; una realidad a la cual la misma Venezuela podrá contribuir a su configuración, dependiendo de cómo serán sus opciones de desarrollo industrial como contrapartida a su rol de exportador petrolero.

Hermann Alvino.

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