Antropofagia endógena


Aún está en la memoria de todos el saqueo al camión de la Polar, durante el cual la gente pasaba por encima del cadáver del camionero fallecido en el accidente de la principal autopista caraqueña –https://www.youtube.com/watch?v=IkMMrVsKieo-; eso fue hace tres años, un tiempo en el que la pobreza que ya había causado el régimen chavista, con sus 14 años en el poder, no era ni de lejos comparable con la hambruna actual.

Hay que imaginarse entonces lo que sucedería si un accidente similar ocurriese ahora, con el fallecido de por medio, justamente para que la comparación sea válida -y no como lo que pasó hace poco con el camión que botó la carga de azúcar debajo del puente de la Hoyada, y que la poblada de los alrededores se ocupó de llevársela de inmediato, sin importar el tamaño ni peso de cada saco –https://goo.gl/kujXmG.

Decimos que para efectos de la comparación debería haber un muerto tirado en la calzada –Dios no lo quiera-, porque visto lo visto sobre lo que ocurrió en el Táchira, tal vez uno que otro saqueador más salvaje que el resto, bien sería capaz de llevarse el cadáver para utilizarlo como alimento a su familia, sea por hambre, o porque la degradación espiritual nacional que ha consolidado el chavismo ha llegado a su máxima expresión.

Este pensamiento repugnante y surrealista sobre la antropofagia endógena, ya ha ocurrido en las instalaciones de Politáchira –ver https://goo.gl/bZ0bOZ-, luego de que seis de sus policías secuestraran a varios hombres y mujeres, de los cuales dos de ellos fueron asesinados, despedazados, colgados para su desangramiento -cual rito macabro kosher­­-, y dados como alimento a todos los detenidos en Politáchira. Un asunto difícil de creer para cualquier ser normal.

Es lo que hay pues, matar, desangrar, despedazar, comerse a un semejante, violar a una muerta, profanar cadáveres dentro de los fetichismos sexuales más escondidos del arquetipo de cada uno de estos enfermos que pueblan las cárceles a cargo de Iris Varela, y de los integrantes de los diversos cuerpos de seguridad a cargo de gobernadores y ministros narcotraficantes.

Este episodio pone la piel de gallina, al igual que lo que se relata en la documentación carcelaria que nos cuenta la crueldad que existía durante los mandatos de los diferentes caudillos del siglo XIX y del período gomecista; aunque la diferencia es que de aquellas cárceles, si se tenía algo de suerte, se salía enfermo, desdentado, destruído físicamente –más no siempre espiritualmente, por supuesto-, pero de los retenes chavistas, cualquiera hasta puede salir caníbal, o no salir de cuerpo entero, sino como parte de los cuerpos de los liberados que se lo comieron.

Ciertamente la antropofagia ritual es parte de nuestra historia como especie humana, pero cuando ésta se mezcla con la venganza y una que otra patología extrema, entre otras cosas termina por profanar tumbas para hacer caldo con los huesos del odiado enemigo –como pasó con Duvalier padre, cuyos restos fueron a parar al caldero de unos cuantos haitianos alebrestados durante la revuelta que expulsó a su hijo y sucesor, y como pasaba con cierta frecuencia con Idi Amín, genocida ugandés, quien de vez en cuando optaba por comerse a uno que otro adversario, o alguno de sus ministros.

Que esos episodios africanos -o de la parte occidental de la isla La española, que en gran medida, política y culturalmente hablando, también se corresponde con ese lado oscuro de África- también sucedan en Venezuela, indica en qué se ha convertido una parte del país a través del chavismo.

Vemos entonces que con relación al siglo y medio de caudillos que asolaron a Venezuela, el chavismo ha puesto a la crueldad en otra liga, porque acá no se trata de las hordas de uno y otro bando que durante la guerra civil de 1848-49 se abrían en canal, o entraban a saco en cada pueblo que tenían a la mano, como tampoco del carcelero sádico que todo régimen utiliza para sembrar el terror. Tampoco estamos hablando de aquella guerrilla de hace medio siglo que causó muertes y terror, ni del Porteñazo y Carupanazo, episodios que incluso llegando al límite de la tolerancia liberal, podríamos hasta catalogarlos de guerra entre dos sistemas políticos, protagonizados por un lado por gente como Petkoff y guerrilleros casi contemporáneos de Torrealba, y por otro por demócratas liberales como Rómulo Betancourt, Leoni y Caldera. Ni mucho menos estamos refiriéndonos a la locura y genocidio de la narcoguerra en Colombia, donde comunistas y paramilitares han destruido con saña el destino de millones de sus paisanos, además de matar a un cuarto de millón de colombianos, al tiempo que bombardeaban, destruían, violaban y secuestraban; o la narcoguerra mexicana, un país que como Colombia, y en teoría a diferencia de Venezuela, el concepto de la vida humana ha pasado a un nivel más light.

De lo que estamos hablando, en cambio, es de Venezuela del Siglo XXI, donde al margen de la decadencia de los gobiernos democráticos que la pudieron haber precedido, se supone que la gente (ya) no comete esas atrocidades por ningún motivo.

Esa crueldad hace paliceder a la crónica negra, cuando se reseña uno que otro loco que asesina, despedaza y devora a sus víctimas e incluso congela las partes para disponer de ellas más tarde; unos desquiciados que actuan individualmente, fuera de la periferia de la normalidad mental, a diferencia de este episodio que se ha desarrollado dentro de las misma entrañas de nuestras instituciones, y con su aquiescencia, y que realmente nos pone a repensar sobre lo que realmente quiso decir Chávez cuando durante su primera campaña electoral prometía freír en aceite las cabezas de adecos y copeyanos…una metáfora que ha cobrado realidad en el pellejo de algún infortunado a quién le tocó caer en manos de esos policías y detenidos salvajes de Politáchira.

¿En qué nos ha convertido entonces el chavismo? ¿Acaso la regresión endógena que activó Chávez pretende convertirnos en aquellos jíbaros que cortaban cabezas para reducirlas y cargarlas como amuletos? ¿Se trata de entregarle nuestro acervo espiritual contemporáneo a los dioses más tenebrosos, frente a los cuales hasta los Orishas que el régimen ha puesto tan de moda sucumben ante su poder?

Los tiempos oscuros ya están aquí, y para exorcizarlos se necesitará algo más que un referendo revocatorio. Aunque éste sería un prometedor comienzo.

Hermann Alvino

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