El sancocho está casi a punto


Todos conocemos el cuento aquel sobre la ranita que se iba adaptando al agua que gradualmente se hacía más caliente, para así terminar sancochándose sin percatarse de nada; una metáfora con la que podemos imaginar lo que se diría el batracio cuando el agua se pusiera realmente insoportable: “o intento saltar para salir de aquí, o adiós luz que te apagaste”.

El éxito de su intento dependería de cuándo se percató de la gravedad de su estado, y si se avispó antes de que su cuerpo ya no diera para más, para disponer aún de fuerzas para saltar. También podríamos pensar que la rana fue seducida por su propia procrastinación, la cual le impidió reaccionar a tiempo, aún sabiendo que debía hacerlo, mientras se distraía pensando lo qué haría luego de liberarse, aplazando así lo fundamental, o sea saltar. Y salvarse.

O tal vez, si la ranita tuviese alguna creencia religiosa, incluso afrontaría su progresivo cocimiento con la calma del convencimiento de que ocurrirá un milagro que la salvará. En todo caso, sabiendo lo improbables que son los milagros, el hecho es que para salir de una situación de esta naturaleza, hay que darse por enterado, hay que actuar adecuadamente, y hay que hacerlo a tiempo, recordando en todo momento que cualquiera de estas tres condiciones es necesaria para salvarse, pero que cada una de ellas, tomada por separado, no sería suficiente.

Percatarse de los cambios de nuestro entorno es fundamental para intentar mantener nuestros objetivos de salud, empresariales, políticos, familares, etc., y por tanto, negarlos sería una necedad que en nada mejorará nuestra situación, tanto para aceptar la muerte de un ser querido, como cuando toca aceptar las propias dolencias que conllevarán largos y dolorosos tratamientos, actuar para asegurar la supervivencia de la empresa, o para resolver los inevitables conflictos y tensiones que se presentan en cualquier familia.

Si bien todos diferimos en el grado de eficiencia y eficacia para llegar al meollo del asunto, es de sentido común actuar a tiempo, y no andar justificando la inacción con las excusas que más calcen con nuestra forma de autoengañarnos; es por ello que todo opositor debería aplicar la metáfora de la rana, incluso limitándola al período madurista, durante el cual, y grado a grado, se ha ido cociendo al país hasta llegar a este umbral luego del cual ya no habrá fuerzas para librarse; un cocido que comenzó con el fraude de las elecciones presidenciales del 2013, siguió con Maduro gobernando por decreto, con el desconocimiento de la Asamblea Legislativa por parte del resto de los poderes en manos del régimen chavista, y con las actuaciones del TSJ, cuya interpretación a capricho de la Constitución que sus mismos compinches redactaron hace dieciseis años, ya equivale a reescribirla, como en el caso del Presupuesto del año venidero, que no será sometido a la AN, sino que será puesto en práctica mediante decreto del mismo Maduro, avalado por el mismo TSJ.

El umbral se cruzará  con la casi segura negación del TSJ para realizar a tiempo el referendo que revoque a Maduro, y con el ya cantado allanamiento de los fueros parlamentarios de los opositores en la AN.

Estando ya el cocimiento final y la muerte opositora a la mano del chavismo y de los cubanos, tal vez éste sea el momento decisivo para saltar de la olla y liberarse del chavismo –suponiendo claro está, que ese umbral aún no se haya cruzado hace mucho tiempo…incluso cuando Chávez todavía estaba vivo.

Ciertamente, siempre está la esperanza legítima de que se presenten circunstancias que permitan un reboot opositor –la bajada del precio del barril de crudo, por ejemplo, fue potencial factor de desestabilización de un chavismo ya incapaz de mantener su clientelismo, que al final terminó en un via crucis de restricciones para todo el país…

Pero si esa esperanza, entre otras cosas se basara en el hecho de que en Colombia el referendo sobre el Acuerdo de Paz demostró que los tutores cubanos son derrotables, hay que recordar que para el castrismo, y la oligarquía que le relevará -con la plena intención de mantener su statu quo de privilegios-, Venezuela, es la joya de la corona que bajo ninguna circunstancia estarían dispuestos a ceder, por las buenas o por las malas –total, si el mundo no se horroriza ni reacciona con lo de Aleppo, mucho menos se movería luego de una matazón en la Avenida Bolívar, o en la Urdaneta, al pie de Miraflores, en una suerte de realismo geopolítico que Torrealba no termina de entender.

Por otra parte, aunque sobren elementos para ello, no se trata ya de criticar a uno que otro sector de la oposición organizada, puesto que ahora todo consiste en comprobar si realmente el país opositor se ha percatado de que está a punto de sancocho: o sea a punto de entrar en dictadura plena. Incluso hasta se podría comprender que la procrastinación opositora que le ha impedido ir a otro nivel de acción, fue debida a la esperanza del milagro de un cambio sin sangre, o en la espera de las elecciones del 2019, porque después de todo, nadie en su sano juicio desea una carnicería.

Pero incluso para los más radicales, empeñados en correr la arruga aplazando la rebelión –o lo que sustituya a lo que se ha hecho hasta ahora-, y a los más fervorosos y esperanzados de que ocurra el mencionado milagro –después de todo, Capriles afirmó que el tiempo de Dios es perfecto”…-, ya debe ser evidente que estamos a punto de caramelo, esto es, que en vez de tener una transición pacífica hacia la democracia plena, tendremos muy a corto plazo un cambio pacífico hacia la dictadura plena.

Porque no hace falta ser adivino como para deducir que si el TSJ es capaz de avalar el Presupuesto que le presentará Maduro, saltándose con ello el Artículo 187 de la Constitución que le otorga esa atribución exclusivamente a la AN, pues también será capaz de cargarse toda la legislación constitucional y electoral para que el régimen designe a dedo a dichos integrantes de la AN, a los Gobernadores, Alcaldes y hasta a los Jueces de Paz, extinguiendo así cualquier votación universal y directa para esos efectos.

No concebir un plan alterno de actuación, o no ponerlo en práctica por las distracciones del autoengaño en que todo se podrá resolver pacíficamente, o mediante elecciones, es el camino directo a que nos deshuesen luego de habernos cocinado con toda la calma, quedando solamente la escogencia entre una dictadura caótica con estos civiles al frente, o el mismo caos, pero con alguien de gorra sentado en Miraflores.

La diferencia sería mínima, porque entre latrocinio, narcotráfico y abusos de todo tipo, al menos en el segundo caso sabríamos quién manda realmente. Y a lo mejor el mundo se dignará de ubicarnos en el mapa.

Hermann Alvino

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