Rehacer a Venezuela (I)


Si alguien con sentido común y un mínimo de preparación, tuviera una varita mágica para arreglar al país, lo primero que obviamente debería preguntarse es qué hacer y cómo hacerlo. Tal vez sea capaz de responder con éxito a ambas preguntas, para así abordar el formidable reto de rehacer a Venezuela en el lapso de una generación. Pero ese éxito a espaldas del contexto mundial, justamente solo sería posible teniendo esa varita mágica, porque cualquier equipo de gobierno, por más competente, honrado y de buena fe, fracasaría en esa misión si no atiende al contexto internacional. Y es sobre esta materia que tratarán los dos próximos post, antes de intentar plantear un plan general de actuación, o si se quiere, una visión de país.

A los autores que han intentado explicar los tiempos actuales, o la sociedad post industrial referida en escritos anteriores, agregaremos a otros tres. En primer lugar a Steven Pinker, cuyos trabajos sobre el lenguage humano y el sustrato cerebral del que afloran las ideas son bien conocidos, y quien en el 2012 publicó el libro The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined, el cual auguraba cierto optimismo sobre el grado de violencia en las relaciones humanas, afirmando que con relación al pasado, la actual violencia tiene un apreciable grado menor de intensidad. Ello es así –según Pinker- porque el Estado mismo ha ido arriconando los diversos entornos de anarquía, y por el avance de las ideologías humanistas de los derechos humanos.

Dicho optimismo prevalece incluso dentro de la violencia diaria que reseñan los medios, y que agobia a todo el planeta, desde la guerra en Siria hasta las carnicerías de los carteles de la droga en México, pasando por la crueldad terrorista y la de los pranes venezolanos, aunque en justicia, Pinker también aborda el lado oscuro del ser humano -en términos de dominación, venganza, sadismo, y lo que él define como violencia práctica– que puede ser activado en los entornos más dispares, lo cual nos lleva entonces a citar un segundo autor, Jennifer Welsh, con su reciente y preocupante libro The Return of History: Conflict, Migration, and Geopolitics in the Twenty-First Century, en el que se plantea la vuelta a comportamientos humanos extremos que se pensaban ya extintos. El contraste con Pinker está a la vista.

Welsh, dentro del respeto a Fukuyama, quien anunciaba el triunfo liberal definitivo, destaca el fracaso de la democracia liberal frente a las fuerzas fácticas que predominan actualmente, como los extremismos religiosos judeocristianos y musulmanes, el militarismo, y el capitalismo sin reglas, siendo Siria, Irak, Afganistán, Zimbabwe, Ucrania, etc., ejemplos inmediatos de las limitaciones de dicho sistema.

En este fracaso, Welsh detecta una suerte de regresión hacia la desigualdad social, junto a las numerosas prácticas de barbarismo que pulverizan las agendas de ayuda humanitaria, mientras se bombardean poblaciones indefensas –con una crueldad que no se veía desde la Segunda Guerra mundial-; esa vuelta al pasado se encarna en los atentados en las grandes ciudades -con enormes saldos de muerte y destrucción-, y en los desplazamientos de millones de personas que huyen de los conflictos, todo ello dentro de un probable regreso a otra Guerra Fría, si bien en un contexto y correlación de fuerzas algo diferentes a los de la anterior, aunque con los mismos actores.

En síntesis, se plantea el reingreso de las autocracias y la consolidación de democracias formales -o sea, vaciadas de contenido- o democracias no liberales -aceptando esta contradicción-, a partir de un civismo ciudadano en retroceso –tal vez por la degradada calidad de la educación y formación general.

Evidentemente el de Welsh no es un escenario optimista, especialmente si recurrimos a las tesis de John J. Mearsheimer, scholar de la Universidad de Chicago -expuestas en su libro The Tragedy of Great Power Politics-, sobre la actual multipolaridad que debilita la jerarquía internacional de poder que prevaleció hasta hace poco; un debilitamiento que bien podríamos enlazarlo con la generalizada restricción de los márgenes de maniobra de los gobernantes, tal y como lo explica Moisés Naim en su libro El fin del poder.

Según Mearsheimer, la multipolaridad fomenta la anarquía –siendo ésta la ausencia de una autoridad central, o la de una jerarquía-, la cual a su vez sería el fundamento de una suerte de agresión realista generalizada, consolidando así el miedo y la incertidumbre en materia de relaciones internacionales.

Estos tres abordajes para poner en contexto a los eventos contemporáneos, siempre habrá que insertarlos dentro de lo que recordó Kissinger en su último libro Orden Mundial, sobre la importancia de los tratados de Viena y Westfalia, para así evaluar en qué grado este actual desorden internacional se desvía del objetivo clásico de toda potencia, cual es fomentar el equilibrio de poderes de sus adversarios, para evitar que alguno de ellos termine prevaleciendo sobre todos los demás, convirtiéndose así en un enemigo formidable y dificil de vencer.

Para efectos de Venezuela, hay varias lecciones a tener en cuenta: en primer lugar hay que recordar que sin importar su riqueza o pobreza terrirorial, no estamos en un coto aislado del mundo, mucho menos si somo un país petrolero, y muchísimo menos luego de las locuras geoestratégicas del megalómano y mitómano barinés, que fragmentaron nuestra red de alianzas con el mundo libre.

En segundo lugar, hay que percatarse que los patrones de desarrollo post chavismo, para devolverle a Venezuela el mínimo de prosperidad indispensable para sobrevivir como país, dependerán de las tecnologías que se escojan para impulsarlos, las cuales a su vez deberán estar en función de nuestra situacion geopolítica, esto es, de nuestra ubicación geográfica, materias primas, tejidos de alianzas y el grado real de influencia sobre otros países. En otras palabras, deberían ser estas constantes las que fijen los bienes y sevicios capaces de competir en el mundo globalizado, y por tanto el patrón industrial que se oriente a producirlos, y de paso cambiar el paradigma rentista impuesto hace un siglo.

Obviamente que en un país con brotes de difteria, malaria, zika, con millones de marginados pasando hambre, con la industria privada destrozada junto a la misma industria petrolera, con la delincuencia desbordaba, y con un Estado –infraestructura, funcionarios y procedimientos- que se puede ya catalogar como fallido, puede que se piense que la geopolítica cuenta muy poco, pero una vez que los vecinos ya han comenzado a notar la patética debilidad general de Venezuela como país, solo será cuestión de tiempo el comenzar a pasar disgustos territoriales, para así sentir la importancia de la geopolítica…

La otra lección no es menos importante, e indica que fomentar una clase media fuerte que se extienda hacia los estratos sociales más golpeados por la pobreza, parece que ya no es suficiente para asegurar una democracia real duradera. La razón de ello es algo rebuscada, pero no menos cierta, y es que siempre se ha atribuido la existencia de dicha clase media a las políticas económicas liberales que crean prosperidad, y a sus sistemas educativos orientados a formar gente capaz de entrar con éxito al mercado laboral, y a sembrar una conciencia cívica, que la haría comportarse dentro de los valores que justamente sustentan esa democracia.

Parece que ya no es así, sea por la debilidad de los sistemas educativos, que se resienten de la falta de inversión por parte de gobiernos cuya agenda está marcada por la austeridad y el equilibrio fiscal, o por la misma superficialidad contemporánea, como producto de la aceleración de los tiempos del ser humano, dentro de una sociedad de la información cuyo lado oscuro es su infinita capacidad para distraernos, debilitando nuestra capacidad de abstracción, y en consecuencia nuestra iniciativa cívica, dándole así la espalda a la política, fomentando las mencionadas autocracias y democracias vacías.

Como factor adicional del retroceso democrático están las políticas de austeridad extrema, ya no inspiradas por un liberalismo sensato, sino por un Capitalismo sin reglas, o mejor dicho, que ha impuesto sus propias reglas, entre las cuales está el altísimo grado de impunidad que le permite seguir abusando, para seguir están laminando sin misericordia a esa clase media.

Al embrutecimiento entonces, se le suma el empobrecimiento, siendo éste último ya extremo en el caso de Venezuela; de manera que junto a fijarse muy bien cómo están las cosas en el actual contexto internacional, cualquier proyecto de país deberá contemplar no solamente cómo crear prosperidad para ir desempobreciendo a la gente, sino un proyectp cultural de cambio de valores cuyo principal logro sería que millones de venezolanos crean y practiquen a plenitud la democracia liberal.

Hermann Alvino

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