La Venezuela en el mundo postmoderno (6): el plan de país.


Sin el método científico la humanidad se cubre de sombras, un riesgo que siempre está presente, por los brotes periódicos de los fanatismos de todas las religiones, y por las ansias de poder que justifican su dominio sobre ideologías inventadas sobre la marcha.

Ejemplos de insensatez humana sobran; y todos tienen en común el respaldo en cambote a la tontería de turno, como si el número de seguidores fuese directamente proporcional a la validez de lo que se predica y se defiende, pero la verdad –o lo que consideremos como tal, una vez aplicado el método científico a determinada realidad – no necesariamente es democrática:

En 1931 se compiló un conjunto de escritos de científicos que se oponían a las teorías de Einstein – Hundert Autoren gegen Einstein, http://bourabai.kz/articles/100/page01.htm-, una suerte de chapuza colectiva con la que se pretendía echar porquería al autor y a su Teoría de la Relatividad. Ante esa alharaca, Einstein afirmó que para esos efectos, su teoría se habría desmoronado simplemente con una sola crítica bien fundamentada, porque hay verdades -como la Ley de la Gravedad- que no son democráticas, y su validez no depende de cuantas personas creen en ellas. La Tierra es redonda y gira alrededor del Sol, a pesar de que durante siglos la Iglesia quemaba en la hoguera a quienes decían lo contrario; y el planeta sufre el efecto invernadero causado por la actividad industrial humana, con un gradual –y eventualmente exponencial- incremento de la temperatura que a su vez conduce a un inevitable cambio climático.

Éstas son una verdades sustentadas por datos recabados a través del mencionado método científico, y si damos a éste como bueno, no importa cuántos académicos la respalden, como tampoco es relevante cuántos políticos nieguen que los hielos se derriten; los animales migran a otras latitudes, las estaciones se hacen más extremas, y que el ser humano debe prepararse a vivir en un planeta que será muy distinto al del pasado.

Pero este método, aceptado universalmente para recabar conocimiento no funciona de manera tan mecánica cuando se trata de las ciencias sociales, porque allí el conocimiento objetivo es muy resbaladizo, por las hipótesis de partida: el peso de las opiniones –sobre todo las de quienes tienen el poder-, y la infinita gama de variaciones derivadas de la interacción humana. Si esa dificultad no existiera, entonces las leyes de la Economía serían universalmente aceptadas por todos, y religiones e ideologías podrían acordar un terreno común para entenderse.

Por ejemplo, puede que haya centenares de curas polacos que quieran prohibir el aborto en cualquier circunstancia –incluyendo la violación, malformación del feto, y peligro de vida para la madre-, y que el gobierno de ese país inicie el proceso legislativo para ese fin, pero ello no les da la razón, al menos para las miles de mujeres que se pondrán en huelga para frenar el proyecto.

Como también puede que en 1989, 911 intelectuales y artistas venezolanos hayan respaldado con su firma un documento de bienvenida a Fidel Castro en el que lo definían  como conductor fundamental de la Revolución Cubana…en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latinahttps://goo.gl/8bFFFe-, algo que tal vez ni el mismo Fidel se crea…

De igual forma, prescindiendo de la vergüenza ajena del CNE venezolano sobre su negativa a dejar expresar al pueblo sobre el futuro de Maduro, y del largo período que su incompetencia y tramposería imponen para conocer los resultados electorales, puede afirmarse que el pueblo colombiano ciertamente desaprobó el acuerdo de paz con la guerrilla, pero que la abstención fue del 62.59%; como también puede decirse que el presidente Santos cambió las reglas de juego sobre la marcha, disminuyendo el umbral requerido para la validez del “Sí”, permitiendo que los funcionarios participaran ilegalmente en el proceso, además de hacer la campaña a favor antes de que la autoridad electoral lo permitiera.

También podemos referirnos al referendo húngaro del 1 de Octubre 2016, sobre si aprobar o no la cuota de refugiados establecida para ese país por la Unión Europea; según el gobierno, el resultado fue un 98% de rechazo a la cuota, que sería de 2.300 de los 160.000 refugiados en la UE, cifra que para Hungría no representa peso alguno, pero allí el problema es que hay un gobierno xenófobo que se ha gastado 100 millones de dólares en construir vallas electrificadas en sus fronteras. La falta de quorum del referendo -39.9% de votos válidos- automáticamente aprueba dicha cuota, pero como el gobierno no lo va a tolerar, falta por ver qué harán los burócratas de la Unión Europea…

De manera que votos y firmas pueden decir lo que quieran, pero a la postre lo que conforma la realidad es la interacción de los diversos factores de poder que en ese momento están en una pugna; una dialéctica muy cambiante por el mismo azar de la conducta humana, haciendo imposible predecir el futuro.

En todo el planeta se ha impuesto el poder neoliberal que emergió en la sociedad post industrial –post URSS y post Muro de Berlín-, y por eso no nos debe extrañar que –ya aterrizando en el terruño, y prescindiendo de que más firmas no es sinónimo de más verdad– aquel documento de refrendaron 60 economistas sobre lo que consideran deben ser las decisiones para levantar a Venezuela –https://goo.gl/TUeYZ5– tengan una alta componente de esa naturaleza. Dicho escrito tiene ya dos años -aunque su diagnóstico sigue siendo válido- y se debe complementar con algo más reciente, como son las directrices económicas generales que indica Ricardo Hausman como producto del trabajo de académicos en Harvard – https://goo.gl/zDZUW7

Dejando al margen la manía venezolana de compilar decenas de firmas al pie de cada documento que se considera pueda ser de importancia para la opinión pública, ambos trabajos son sin duda muy importantes, y deberían servir de base para cuando toque rescatar a Venezuela; pero hay que tener muy claro que éstos solo se limitan al ámbito económico, y no son un plan de país, sino un conjunto de medidas para salir de abajo, que no es poco, pero que no indican ni sugieren para donde deberíamos ir como sociedad, qué nichos de desarrollo industrial abordar, ni cuáles deben ser los cambios culturales a promover.

Porque un plan de país no debe limitarse a lo económico, un tema necesario, más no suficiente, y ése es el drama de los economistas liberales, que piensan que el mundo es solamente Economía, y que una vez impuesto un esquema económico -liberal-, el resto vendrá por añadidura. Ellos son el contraste en negativo del chavismo, que piensa que nada es Economía, y que ésta -o sea la prosperidad- se dará por añadidura una vez impuesto un esquema social.

La unidimensionalidad del abordaje meramente económico es justamente una de las consecuencias de la imposición neoliberal postmoderna, la cual, sin negarle verdades técnicas y de sentido común en materia de funcionamiento económico de cualquier sociedad que pretenda ser próspera, se queda corta a la hora de pensar sobre qué bases edificarla.

Concebir un plan de país capaz de restablecer un mínimo de normalidad económica, y a la vez reponer parte del civismo perdido, es un reto formidable que rebasa cualquier visión economicista; abordar esa concepción debe ser una misión colectiva y coordinada –y quien crea que él solo puede imaginar todo lo que habrá que hacer, simplemente es un necio.

Pero el asunto va mucho más allá, porque la carencia de civismo es justamente lo que degrada cualquier iniciativa política, e incluso material, por el comportamiento que desde siempre destroza las infraestructuras públicas y privadas en lapsos increíblemente cortos; por su parte, el rentismo sembrado muy dentro del alma venezolana impide un cambio de la cultura del trabajo, y la misma desinformación de esa parte de las élite que sería el relevo al chavismo, sobre los nichos tecnológicos posibles -por las materias primas de partida existentes en nuestro territorio- dificulta pensar en un plan de desarrollo alterno al rentismo petrolero.

La misión que tendrán esas élites para reinsertar a Venezuela en la actual sociedad postmoderna, será no solo el reponer al Estado como entidad natural proveedora eficaz de todos los servicios de una sociedad, con reglas de juego económicas que están reflejadas en documentos como los comentados, sino también en resolver el problema de cómo reconstruir materialmente la infrastructura pública, de dónde obtener los recursos para ello, cuál debe ser el proyecto educativo humanista y técnico para que las nuevas generaciones puedan competir en un mundo inmisericorde con los países débiles, cuál será la dirección industrial a promover para materializar esos productos que permitirán competir, y cómo utilizar la renta petrolera para hacer todo ello posible, al mismo tiempo que dichos logros vayan arrinconando dicha dependencia, recordando que Chávez concibió a PDVSA como caja chica para el desarrollo social –y para el latrocinio-, y que sería un error repetir la experiencia, en este caso como caja chica para el desarrollo industrial.

Dentro de todo esta complejidad, será además obligatoria la inteligencia y sensatez para aplicar la parte fundamental de las recetas económicas, para que ciertos resultados a corto plazo sean tangibles, y así poder mantener un mínimo de apoyo social a cambios socioeconómicos que serían normales aprehender en cualquier otro país que no haya vivido casi dos décadas de locura generalizada, pero que acá no será tan sencillo.

Cuando se habla de plan de país entonces, no se está hablando de conchas de ajo, sino de algo un poco más complicado, cuyo marketing electoral lo será aún más, por el sacrificio implícito que habrá que realizar para hacerlo realidad que seguramente espantará muchos apoyos.

Hermann Alvino

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