Puede que no lo parezca, pero nos interesa a todos.


Quienes no somos españoles, ni tenemos vela en los asuntos políticos de aquel país, aunque no lo parezca, deberíamos interesarnos en la crisis socialdemócrata española -del Partido Socialista Obrero Español, PSOE-, a partir de su actual espectáculo tragicómico, el cual se va desarrollando de acuerdo a sus particulares estatutos, sin excluir que ciertas aristas insalvables se diriman en los tribunales, aunque ello no es el punto focal sobre el que debemos fijar nuestra atención:

El PSOE, como representante formal de la socialdemocracia española, hasta hace poco ha sido junto al conservador Partido Popular, el otro pilar bipartidista; un esquema que se rompió en las elecciones generales de Diciembre del 2015, cuando el PP, aun manteniéndose como primera fuerza parlamentaria, perdió la mayoría absoluta, obligándole así a obtener el voto afirmativo de otras fuerzas parlamentarias, o su abstención, para poder formar gobierno.

En dicha elección, tanto el PSOE como el PP perdieron muchos votos y escaños, que fueron a parar a manos de unas fuerzas emergentes –Ciudadanos, un partido claramente de derecha, y Podemos, representante de una izquierda más extrema de la teóricamente moderada del PSOE. Con Ciudadanos y Podemos el bipartidismo español ya no es posible; y ello se debió fundamentalmente a dos factores; por un lado, la extrema política de austeridad del gobierno del PP, cuya receta neoliberal de librito ha asfixiado a parte de la clase media, y a una gran porción de la clase media baja, todo a cuenta de arreglar las cuentas del Estado. Guste o no, la consecuencia ha sido la radicalización de muchos votantes que en el pasado se ubicaban en el centro, para migrar hacia la izquierda electoral –ambos términos variables de país a país.

La otra causa de la ruptura del bipartidismo nació de la política económica del último gobierno del PSOE –el de Rodríguez Zapatero-, quien sembró las bases del neoliberalismo que poco después desarrollaría a plenitud el siguiente gobierno, o sea el del PP. Desde entonces el PSOE se ha desempeñado como partido de oposición, aunque más que menos identificado con el neoliberalismo europeo, al igual que el resto de partidos socialdemócratas de la región.

El que toda la socialdemocracia europea se haya montado en la onda neoliberal le ha generado dentro de gran parte de sus bases electorales una insoluble imagen de incoherencia, que al final la ha obligado a rendir cuentas. En el caso del PSOE, el detonante ha sido la decisión de su Secretario General de negarle el apoyo parlamentario al PP para formar gobierno; esta negativa se mantuvo con las correlaciones parlamentarias resultantes tanto de las elecciones de Diciembre 2015 como de las de Junio 2016, una decisión que abrió posibilidad de unas terceras elecciones –desde Diciembre pasado, el gobierno español está en funciones, sin poder tomar decisiones de calado-, aunque los eventos tragicómicos del PSOE ya han provocado la dimisión del Secretario General, lo que eventualmente podría destrabar la investidura del PP.

El detonante entonces dentro del PSOE, ha sido negar la gobernanza del PP, una opción cuya legitimidad y sustrato ético pueden defenderse o no de acuerdo a cada punto de vista -en todo caso, la falla es del mismo sistema electoral, concebido para un bipartidismo que ya no existe, y que deberá ajustarse a esta nueva realidad política y social mediante cambios constitucionales.

La segunda capa del conflicto es de liderazgo puro y duro, porque cuando un partido va en retroceso, su mando inevitablemente será disputado, utilizando como arma arrojadiza los errores políticos del líder de turno. En España, el hecho de que dirigentes de peso de uno u otro partido ocupen las presidencias de las diversas Comunidaes Autónomas, configura un tejido de poder muy delicado en términos de interacción con la otra dirigencia nacional­­ -como el mismo Secretario General-, que desarrolla su potencial desde el parlamento –esos jefes regionales del PP, del PSOE, del PNV en el País Vasco,etc., son los que mediáticamente se ha dado por llamar barones de los partidos…cosas de la cultura monárquica…

En el caso del PSOE, y olvidando que ellos también son responsables de su imparable retroceso electoral, éste ha servido para que parte de esos barones le haya movido el piso político al Secretario General, con la excusa de que España necesita gobierno, aunque sea del PP; una excusa que los delata en su doble rasero -porque ellos no permitirían nada de eso en sus respectivas Comunidades-, pero que creen que ante el país ellos se revalorizarán como estadistas.

Con todo, es la tercera capa del conflicto la que debe interesar tanto a los europeos como a quienes en Venezuela aspiran a construir organizaciones políticas estables:

Porque en Europa, el que la Socialdemocracia poco a poco se vuelva electoralmente insignificante, representa un peligro enorme si su vacío es llenado con organizaciones extremistas y nacionalistas. Las bases de la crisis socialdemócrata se remontan a los años 90, cuando se aceptaron los preceptos neoliberales, convencidos de la posibilidad de tener un Capitalismo misericordioso con los desposeídos…además de querer explotar esa ilusión ciudadana de que todos íban a ser clase media alta…

Al final, cuando la realidad del neoliberalismo terminó por mostrar su verdadero rostro, muchos electores socialdemócratas aún ubicados en el llamado centro moderado migraron hacia la derecha neoliberal, para así apoyar al original y no a la mala copia neolibral socialdemócrata; y los que siempre se definían como de izquierda –incluso desde ese centro moderado– se decidieron por organizaciones alternas, que en el caso español encarnó Podemos.

Visto así, la Socialdemocracia y el PSOE, electoral e ideológicamente hablando, dejan de ser referencia política y solo le quedaría irse más a la derecha, que en España sería para disputarle el terreno al PP y Ciudadanos, o más a la izquierda, donde el terreno ya está ocupado por Podemos.

Ha sido recién ahora entonces, cuando les ha estallado en las manos la bomba de relojería que representó la contradicción entre los verdaderos preceptos de la Socialdemocracia, y la onda socioeconómica neoliberal que se expandió y consolidó luego de la implosión de la URSS.

El problema es que Europa, sin una Socialdemocracia sólida -y hasta consciente de sus limitaciones conceptuales- y dentro de una realidad neoliberal que durará unas cuantas décadas más, corre el riesgo de dejar sin esperanza a millones de personas, cuya calidad de vida ha sido degradada sin misericordia por una burocracia insensible que actúa siguiendo al pie de la letra el librito del Capitalismo salvaje. Esa desesperanza es el semillero de grandes conflictos futuros, que se irán incubando y sistematizando dentro de las organizaciones extremistas de izquierda y nacionalistas, que -como hace un siglo- sabrán captar ese descontento derivado de la incoherencia entre lo que se predica y lo que se hace –la llamada desconexión de la clase política.

Por el lado venezolano, recordemos que la ruptura bipartidista de la democracia prechavista se debió justamente a los mismos factores que ahora se repiten en Europa y España: a la contradicción entre el mensaje y la actuación de los partidos, y a la simbiosis ideológica entre los dos pilares del bipartidismo, la cual, al no resultar en prosperidad general, creó aquel enorme vacío político, cual desconexión que le abrió las puertas al chavismo.

Porque aquel paquete que CAP II intentó imponer para sanear las cuentas, y en parte generar un cambio de cultura, y tal vez de modelo de desarrollo, fracasó porque fue rechazado por millones de adecos, a quienes durante medio siglo se les había dicho algo muy distinto, como fue que papá Estado les iba a resolver la vida, y que el rentismo petrolero iba a ser eterno.

Y porque aquel COPEI, que durante casi medio siglo le había dicho a su militancia que representaba una alternativa humanista frente al Capitalismo y al Marxismo, de repente les informó que nada de eso era verdad, porque en el fondo su identificación con prácticamente todo el paquete de CAP II era total –si  bien lo expresaba esas medidas de forma diferente.

Por eso es que aquellas elecciones las ganó CAP (II): porque el electorado moderado, luego de valorar el sustrato ideológico de la oposición copeyana durante el período Lusinchi,  prefirió irse con el original adeco en vez de la mala copia copeyana, sembrando así la ruptura del bipartidismo, para que cinco años después, con esos copeyanos desorientados a cuestas, Caldera completara la faena, y para que poco más tarde, todo el neoliberalismo in pectore de AD y COPEI se acuerpara alrededor de Salas Röemer, al tiempo que el extremismo ocupaba el vacío de una izquierda insensata y el de una socialdemocracia que ya no existía –y que tal vez nunca existió-, llevado de la mano de muchísimos copeyanos y adecos ya huérfanos de esperanza.

Las palabras cuentan, y mucho, por ello es que la incoherencia entre lo que ideológicamente se predica y lo que se hace a la postre termina delatando la falsedad de muchos partidos. Las consecuencias del repentino vacío de organizaciones, que si bien han sido ideológicamente incoherentes, pero a la vez impecablemente democráticas, pueden ser terribles para un país, e incluso para un continente. En el caso Europeo estará por verse si la Socialdemocracia será capaz de proponer un modelo alterno al Capitalismo salvaje que se ha impuesto y hacerlo resolviendo esas contradiciones conceptuales que arrastra desde hace más de setenta años, o dejar el campo libre a ver si hay suerte en la creación de organizaciones alternas a esa derecha radical e insensible, que con los años en algunas partes se ha transformado en xenófoba y racista, y capaces de disputarle el terreno a una incipiente izquierda que no tiene idea de nada.

Para Venezuela, solo queda desear que quienes dirigen las organizaciones democráticas no prometan lo que es imposible, no ilusionen a la gente como se hizo en el pasado –aunque ello tenga un costo y disgustos electorales-, porque al hacerlo se volverán a sembrar los elementos de la autodestrucción del sistema.

Un sistema que aún no existe, pero que obliga a ir pensando sobre qué bases edificarlo.

Hermann Alvino

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