La banalidad de la tribuna, y la de las pantuflas.


Lo de Capriles son ganas de molestar dentro de lo que ocurre en Venezuela, y por supuesto dentro de las arenas movenizas de la oposición. Son manifestaciones de una personalidad desorganizada, o tal vez a veces desbordada por los acontecimientos, delatando una inquietante falta de serenidad, al menos cuando habla en público, sin negarle –claro está- el derecho a defenderse enérgicamente cuando se siente injustamente agredido.

Capriles debe comprender de una vez por todas que la oposición está dividida, que tal vez él represente una parte mayor que las otras, pero no la totalidad, y que todos sabemos que lo que le ha permitido potenciar su gran capacidad de trabajo para estar donde está –incluyendo su tránsito por la Presidencia de la Cámara de Diputados del anterior Congreso Nacional- fue motivado por una serie de carambolas, más no por sus ideas, ni mucho menos, porque éstas han estado algo ausentes durante toda su carrera política, lo que sería algo impensable en la proyección de políticos y gobernantes en países serios, pero asumible en una Venezuela que luego de años de barbarie, se conforma con tener a alguien honesto y trabajador que la gobierne, como Capriles.

En esta Venezuela degradada cívicamente, tener una hormiguita de Presidente, al menos es mejor que un genio picarón que le meta mano a lo que no es suyo; en este sentido, Capriles es un gobernante similar a un ingeniero de mantenimiento, esto es, a alguien que no va a cambiar de raíz una fábrica, sino que solo aspira a que cada componente funcione lo mejor posible, dentro de lo que cabe, con una pequeña reparación por aquí, y un cambio de partes por allá. Él sería un reformista light, cuya altura de miras es limitada, pero que hace el trabajo que se le asigna.

No esperemos entonces de Capriles un plan de país, ni una visión adecuada a lo que debe ser un Estado dentro de este mundo globalizante; la banalidad de cada una de sus declaraciones así lo confirma. Con él seguramente habrá servicios públicos más o menos eficientes, más honestidad en la gestión, cercanía con la gente, mas nunca se saldría del paradigma del rentismo petrolero, aunque lo gestione lo mejor posible.

Algo es algo, pues, y tal vez ése sea el país al que aspiran los venezolanos decentes luego del chavismo; aunque nadie puede negar que conformarnos así nos hace pequeñitos, y que la acción pura y sin ideas que Capriles practica solo es posible en un país que se resigna a que no lo atraquen ni lo maten a uno, a que consigan algunos alimentos en el abasto, sin siquiera pretender disponer de desodorante. Lo dicho entonces: algo es algo

Capriles siempre se llena la boca con lo de la salida pacífica y constitucional, algo con lo que nadie en su sano juicio debería estar en desacuerdo, pero el detalle es que esa opción no siempre es válida, porque depende del tipo de dictadura que se está combatiendo; y todos sabemos –incluso Capriles, suponemos- que en la práctica lo único que diferencia la dictadura cubana de la venezolana es que en Cuba hubo –y hay- paredones de fusilamiento formales.

Por tanto, si la dictadura de la isla, con opositores pacíficos, ya ha durado casi 60 años, es de suponer que ese abordaje opositor sería igualmente espúreo en la dictadura chavista; y ésta reflexión no solo es legítima, sino que debería ser obligatoriamente considerada por Capriles, para recordarle que lo de constitucional y pacífico solo es válido cuando efectivamente el Estado mismo cumple con la Constitución, algo que no ocurre y que se legitima trámite el TSJ, y que no ocurrió cuando a él mismo le hicieron fraude en las elecciones presidenciales que ganó –¿o es que Capriles sinceramente cree que las perdió en buena lid?

De manera que el problema que Capriles intenta eludir, o al menos alargar en lo posible su resolución, es si esa opción constitucional y pacífica es efectiva en contraste con alguna otra forma de lucha legitimada por el artículo 350 de la Constitución –El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos-, un artículo que ahora apunta hacia el propio régimen venezolano y no el de otro país, y un concepto de legitimidad muy bien desarrollada por Jorge Pabón en un escrito en El Nacional que puede leerse en https://goo.gl/Ca6N1v

Dependiendo entonces de las circunstancias, no se puede aplicar ciegamente aquello de que combatir la violencia con más violencia conducirá a más violencia, porque ello dependerá de quiénes son los que combaten a la dictadura, de cuáles son sus verdaderas intenciones, y si éticamente se considera que es más válido combatir pacíficamente, alargando el suplicio de todo un país durante varios lustros, sin hacerle mella al régimen en lo fundamental y con 500 caraqueños asesinados cada mes, o rebelarse con gran violencia, para así reventar todo en poco tiempo, con el riesgo de una carnicería y de que se pierda el lance, dentro de una terrible represión que reforzaría más aún al régimen.

Porque los verdaderos dilemas, no consisten en tener que escoger entre dos opciones “buenas”, o una más “buena” que la otra, sino en dos opciones “malas”, para intentar acertar escogiendo el mal menor, que a su vez sería igualmente un mal inmenso; pero lo que a todas luces parece que tanto Capriles como su parte opositora se niegan a asumir, es que en ninguna opción implica salir del chavismo gratis.

Por ello, abordar esta discusión abiertamente y sin complejos es una condición necesaria para que la oposición se una en una lucha común, y Capriles, como parte mayoritaria de esa oposición organizada, tiene el deber de abrir esta espita y exponerse a que su abordaje no prevalezca, así como el resto de opositores deberán arriegarse no solo a callar en sus críticas, si su óptica no es la que se impone, sino a trabajar aportando mejoras tácticas al plan aprobado.

Ésto es de perogrullo, dirán algunos, pero por alguna razón no se concreta, y éso es lo que desespera a quienes no comparten ni las decisiones de Torrealba, ni las de Capriles, y de allí las críticas feroces –que deberían eximir a Ramos Allup, por su rol institucional como Presidente de la AN- de centenares de opinantes que sienten que no se les escucha; y si encima Capriles les llama empantuflados, pues el daño es mayor, y la brecha se ensancha.

Estamos llegando al llegadero, con un referendo incierto y un pacifismo y constitucionalismo opositor cuyos resultados al menos son dudosos. Paradójicamente Capriles se está saliendo con la suya, porque al final, si todo sigue así, pues vendrán las elecciones presidenciales del 2019.

Poner en tela de juicio las opciones caprilistas no necesariamente es ser un empantuflado mayamero, porque perfectamente uno podría criticar a través del teclado que él menciona en su desahogo –https://goo.gl/drgvhn- sentado cómodamente en una quinta de familia pudiente en la misma Caracas, y hacerlo de buena fe; como también esa crítica puede venir con mala fe por parte de algún richachón mal habido que viva en Pompano Beach.

Hay de todo pues, por ello es que lo menos que Capriles debería hacer es decir que se equivocó en sus palabras con relación a los venezolanos en el exterior. Tal vez él fue tan unidimensional porque cree que quienes están fuera tienen bienes de fortuna -como su familia, por cierto…- y por tanto se lo pasan divinamente; y como no tienen mayores preocupaciones, pues lo critican a él, por teclado. Cosas del ocio, pues.

Porque ciertamente, la banalidad no siempre está en la tribuna, sino que a veces también se empantufla.

En todo caso, lo de la diáspora venezolana –Capriles entiende este término a la perfección- es otra historia; y como pedirle a Capriles ideas para gobernar sería demasiado, más bien intentemos convencerlo para que contribuya decisivamente para esa unidad opositora de la que saldría un plan realista para salir de la barbarie.

Hermann Alvino

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