La Venezuela en el mundo postmoderno (6): Pobre y aislada.


Dentro de su permanente intensidad, la actividad internacional venezolana durante la democracia fue relativamente serena: Venezuela nunca buscó pleitos; y a partir de tres gobiernos electos libremente luego de la dictadura de Perez Jiménez, el país ya era la referencia democrática de la región, por la talla de Betancourt, Leoni y Caldera, y en parte por los tiempos revueltos que vivían las pocas democracias que aún sobrevivían –como era el caso de Chile.

Aquella serenidad –valga el témino- no era ocio: los contenciosos con Guyana y Colombia seguían allí, junto a las dictaduras y guerrillas promovidas por Cuba y la URSS, lo que obligaba a mantener la alerta en todos los organismos del Estado vinculados a la realidad internacional.

La intensidad en materia internacional de aquella democracia se incrementó en 1973 con el embargo petrolero de la OPEP, como corolario a la Guerra del Yom Kippur, para castigar a los países aliados de Israel, lo cual para Venezuela, miembro fundador de dicho cartel, y exportador de crudo de primer orden -al menos en aquellos tiempos-, fue un sacudón que despertó a muchos de nuestros diplomáticos del sopor derivado de quince años de relativa tranquilidad.

Eran tiempos de Guerra Fría entre EEUU y la URSS, con conflictos indirectos en muchos países, e intervenciones directas en lugares como Vietnam. Esa realidad contribuyó a configurar el Tercer Mundo, un término ya utilizado veinte años antes por el economista francés Alfred Sauvy, para clasificar países no absorbidos por los dos vórtices más poderosos de entonces.

Fue durante el primer gobierno de CAP cuando realmente comienza otra etapa internacional para el país, por su obvio papel petrolero a precios muy superiores a los del pasado, y en gran parte por el mismo Carlos Andrés, quien al igual que Chávez treinta años más tarde, encontraría en lo internacional un escenario para inflar su ego hasta límites algo ridículos –como regalarle el barco Sierra Nevada a Bolivia, un país sin mar-, que no solo nos costaron mucho dinero, sino que comenzaron a remover las tradicionales líneas maestras de alianzas con Occidente.

A causa de su ego además, CAP I se propuso ser líder del Tercer Mundo junto a su intención de promover condiciones más justas de intercambio entre exportadores de materias primas y países industrializados -siempre tentados a mantener esos esquemas coloniales-, algo que iba generando un gran reajuste, luego de veinte años de statu quo impuesto por la Guerra Fría desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

A CAP le sucedió Luis Herrera Campins, cuyo mandato también vivió eventos muy importantes, que reconfiguraron el papel internacional del país, para entonces aún literalmente rodeado de varias dictaduras -desde Guatemala hasta Argentina, pasando por Brasil-. Hubo una actividad internacional muy intensa, por ejemplo con el primer período de sesiones –cuya sede fue Caracas- de lo que a la postre sería la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, un tratado entre los más importantes de la Historia -del cual ahora dependen las aspiraciones marítimas chinas, contra las de Vietnam, Filipinas y Japón-, aunque tal vez lo más relevante del período de LHC haya sido la promoción de la paz en Centroamérica, donde países como Nicaragua y El Salvador sufrían la guerra interna apoyada y financiada –para variar…- por Cuba y la URSS, y el apoyo venezolano a Argentina en la Guerra de las Malvinas.

Lo primero fue la consecuencia lógica de aquel liderazgo que comenzó con Rómulo Betancourt, y el estar al lado de Argentina fue motivado por la carambola de que el rival argentino era también el apoyo fundamental guyanés dentro del conflicto del Esequibo: El Reino Unido.

A partir de los gobiernos siguientes, la presencia venezolana en el ámbito internacional fue mermando, tanto por la crisis interna que ya se asomaba como porque Latinoamérica se democratizaba rápidamente. El foco pasó así a ser la influencia del neoliberalismo de Reagan en la economía occidental, previo a la implosión de la URSS y la caída del muro de Berlín, para luego transladarse al papel del neoliberalismo global posterior a esos fenómenos.

Habría que esperar hasta la presidencia de Chávez, para ver cómo Venezuela se lanzaría de cabeza a una piscina vacía en materia internacional, en una frenética actividad impulsada por la megalomanía y mitomanía del barinés, solo posible por aquel enorme ingreso petrolero. El Comandante no solo arrasó con el andamiaje de alianzas del país con los polos de libertad del mundo contemporáneo, sino que sus tropelías, su verborrea ridícula, y la ineptitud diplomática -ya degenerada en amiguismos y opciones de alcoba-, hicieron de nuestra presencia internacional un espectáculo grotesco y ridículo que costará décadas cancelar de la memoria institucional, y mucho trabajo para recuperar un mínimo de aquel respeto que una vez tuvo Venezuela.

Pero lo peor de todo fueron las relaciones de Chávez con la calaña planetaria con la cual tejió alianzas: a la guerrilla colombiana le dio armamento, dinero y territorio venezolano para guarecersce, a la Nicaragua de Ortega le dió petróleo, apoyo financiero y material para arrinconar a los demócratas de ese país; lo mismo intentó hacer en Honduras y El Salvador, con éxitos transitorios que afortunadamente no cuajaron; así mismo metió mano en casi todos los países de la región, grandes y pequeños, continentales e islas, utilizando el petróleo como apoyo financiero a aliados, y como arma arrojadiza contra adversarios, que en ambos casos él escogía a su arbitrio, para influir en cada elección y en el voto de cada gobierno en los foros internacionales. Con Cuba sobran los comentarios, pues la realidad está a la vista.

Además de Castro, Chávez se alió con el carnicero Assad en Siria y con el loco Gheddafi en Libia, junto al genocida Saddam -al mismo tiempo que se aliaba con sus enemigos religiosos y geopolíticos iraníes-; se pudo del lado del genocida sudanés, del asesino y ladrón que aún tiraniza a Zimbabwe, del dictador de Bielorrusia, y del ruso Putin, enfrentándose permanentemente a Israel, pero no apoyando al pueblo palestino, sino a sus terroristas.

No ha habido tirano a quien el Comandante no haya contactado para concretar acuerdos, redes de inteligencia, cesión de territorio venezolano para prospección y explotación de minerales estratégicos de guerra, lavado de dinero, tráfico de drogas, de armas y de personas, acoso diplomático a países más débiles. Aquella megalomanía de Chávez -que se suponía aplicada a cambiar realidades geopolíticas- siempre estuvo acompañada por las actividades delictivas más variadas, al punto que a estas alturas no está del todo claro si en realidad de lo que se trató desde el primer momento fue el crimen mismo, y que toda la parafernalia internacional no fue otra cosa que un parapeto para esconderlo –sin mucho éxito, por cierto.

En tiempos globalizadores asociados a una indispensable capacidad competitiva, Chávez puso a Venezuela en sentido contrario a la Historia, con el consiguiente deterioro geopolítico y el respeto internacional que se le debe a un país pacífico, petrolero, de pasado democrático impecable, y estratégicamente ubicado. Lo irónico es que aún con sus alianzas algo sórdidas con China y Rusia, el desprecio de estos países hacia Venezuela y su régimen es más que obvio, y en caso de necesidad real no se podrá contar con ellos, porque el trueque chavista entre el entorno del mundo libre por el de esas dos autocracias, ha situado a Venezuela en el territorio de los países parias, poniéndola así como objetivo de una eventual guerra tanto para Occidente –por haber estado intimando durante tantos años con los enemigos de la libertad-, como para esas autocracias poderosas -por toda la dependencia generada en ese trato.

El chavismo ha puesto a Venezuela en una situación de desventaja material y estratégica solo posible de revertir apartando ideologías caducas y tomando medidas realistas y practicas; este país empobrecido al límite está además más aislado que nunca , una realidad que en lo internacional la loca de Delcy Rodríguez contribuye a empeorar diariamente, alejándonos más aún del verdadero significado del postmodernismo, esto es, el redimensionamiento y la justa ponderación de los paradigmas del pasado, para asomarnos al futuro con nuevas formas de interacción para poder sobrevivir como sociedad civilizada.

Hermann Alvino

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