El espejo colombiano


Probablemente los colombianos aprueben en el referendum del próximo 2 de Octubre el acuerdo de paz con la guerrilla, el cual tuvo como tutor descarado al castrismo, y que los pone entre la espada y la pared, al obligarles a escoger entre la continuación de la guerra o una paz que en pocos años podría ser terrible para todos ellos. Para ello se requerirá el “sí” de al menos el 13% del censo electoral, o sea 4.396.626 votos.

Si tomamos como el catalizador inicial al asesinato de Gaitán en 1948, tenemos que la guerra en Colombia lleva casi setenta años, aunque las bandoleras y las fuerzas paramilitares existían desde hace mucho antes, dedicándose a robar tierras y a exterminar pueblos enteros, a cuenta de la revuelta de turno o de una que otra transnacional para sus cultivos y exportaciones.

El balance de esta guerra contemporánea es de un sufrimiento infinito: 250 mil  muertos, seis millones de  refugiados, seis millones y medio de hectáreas de tierras arrebatadas a sus propietarios -tanto por parte de la ultraderecha como de la ultraizquierda, o sea ¡el 15% del territorio de ese país!-, más la descomposición social e institucional, agravada con el negocio global de la droga con el que durante décadas las fuerzas en combate han financiado sus operaciones militares y la compra de políticos, funcionarios de seguridad y militares, no solo en Colombia sino en medio planeta, junto al desperdicio existencial de varias generaciones de jóvenes combatientes, imposibilitados para salir de ese círculo diabólico, o de aquellos que volvieron sin oficio a la sociedad civil, cuya hostilidad generalizada hacia ellos les hizo la vida más que imposible.

Las causas de este ciclo de guerra son muy diversas, y para comprenderlas está la amplia literatura sobre el tema, pero no está de más apuntar que una vez consolidada la revolución en Cuba la influencia castrista ha sido descarada, y los curiosos encontrarán información en la red que indica que casualmente Fidel estaba en Bogotá aquel 9 de abril de 1948 –ver por ejemplo https://goo.gl/8vh1dY-; una presencia que muchos la asocian con sus funciones de enlace con la CIA, y que otros más benévolos como de contacto estudiantil para proyectos futuros.

Es obvio que la influencia castrista ha sido un factor determinante en la guerra de Colombia, y por tanto cualquier conversación seria de paz debía realizarse no con los payasos, sino con el dueño del circo. De allí que la Habana haya sido la sede y la mentora de este proceso.

El documento final que será sometido a referendum es una afrenta a la dignidad de los pueblos, y uno no sabe si el gobierno de Santos es muy tonto como para aceptar esas condiciones, o es que desde mucho antes de ser presidente de Colombia, tanto él como sus colaboradores ya estaban captados por Cuba para que a la postre le sirvieran en bandeja de plata un triunfo histórico.

Desde hace años la guerra en Colombia había llegado a un punto en el cual el Estado no era lo suficientemente fuerte como ganarla, al menos sin arrasar territorios urbanos muy densos que acabarían con los guerrilleros, pero también con miles de civiles inocentes -una disyuntiva que se presentó en la guerra entre el gobierno de El Salvador y el Frente Farabundo Martí, dado lo denso de las ciudades salvadoreñas que representaban enclaves guerrilleros.

Las condiciones de la paz se pueden resumir en lo siguiente:

Para quienes materialmente incluso apretaron el gatillo en tanta matanza no habrá cárcel, para los narcos además tampoco extradición a EEUU, tendrán hasta 26 curules en el Congreso -de manera automática y sin necesidad de ser electos-, no habrá devolución del dinero acumulado por atracos y narcotráfico para compensar a las víctimas -ese dinero saldrá de más impuestos a los colombianos…- y mantendrán gran parte de los territorios conquistados.

La guinda del pastel no solo es reconocer a las guerrillas como socios legítimos del Estado colombiano, sino también  que estos acuerdos serían incorporados a la Constitución de Colombia. Ver https://www.mesadeconversaciones.com.co/

El gobierno colombiano ha cometido un gravísimo error al acelerar un proceso de paz que de todas maneras se iba a dar, por la sencilla razón de que tanto en Cuba como en los comandos guerrilleros colombianos saben que una victoria electoral a mediano plazo sería muy posible, como sucedió en Venezuela, y por tanto, no tenía sentido seguir con el método de la desestabilización del Estado, si éste se puede conquistar además con el apoyo legitimado de millones de votantes…porque si ello fue posible en Venezuela, un país que era algo más rico en renta que Colombia, y con una desigualdad social algo menor que la colombiana, pues ese escenario es perfectamente viable en una Colombia cuya injusticia social sigue intacta.

Lo que han hecho Santos y su gente entonces, ha sido abrirle a la guerrilla la puerta al poder, permitiendo que ésta de antemano disponga de una ventaja estratégica inmensa: tierras, cargos en el Congreso, armamento que no entregará, y muchísimo dinero por décadas de narcotráfico y delitos varios, suficiente para financiar campañas electorales durante muchos años.

El balance de este acuerdo ha sido poner en desventaja a los demócratas colombianos. Por ello, si Santos cree que pasará a la Historia como el pacificador de su país, sus descendientes se llevarán una sorpresa cuando lean que esa misma Historia lo mencionará como aquél que desarmó la última línea de defensa ante la barbarie de la ultraizquierda castrista, a la vez que los estudiosos de la Ética concluirán que de nada sirve portarse bien, ni respetar la Ley, ni la vida del prójimo, porque uno siempre se podrá salir con la suya, manteniento riquezas, poder y privilegios, como establece el tratado de paz para la guerrilla.

En síntesis, es como si las fuerzas vencedoras de la Segunda Guerra Mundial se hubieran sentado con los criminales nazis a redactar un acuerdo de paz donde éstos conservaban rango, sueldo, riquezas y privilegios, sin pagar ni un solo día de cárcel; y más aún, que una cuota de ellos ocupara por un par de décadas un número determinado de asientos en el parlamento alemán.

Por nuestra parte, este asunto debe ser del mayor interés para los demócratas venezolanos, a diferencia del desinterés manifestado por Colombia por el sobreseimiento a Chávez, y su acceso al poder mediante elecciones, porque aquella indiferencia Colombia la pagó cara cuando sus guerrillas se reforzaron con los santuarios territoriales que les regaló el mismo Chávez.

Nuestro interés debe ser mayúsculo, puesto que si a gente que asesinó a un cuarto de millón de personas se les perdona, se les permite mantener territorios, no se les confisca ni un céntimo de lo robado, ni una bala de las que no utilizaron para asesinar, pues está más que clara la posibilidad futura de que nuestros negociadores demócratas –MUD, para entendernos-, seguramente con Cuba terciando el asunto, perdonen a los delincuentes chavistas que han gobernado desde 1999, que esquilmaron incluso legalmente al Estado venezolano, y cuyos esbirros han asesinado solamente a pocas decenas de venezolanos.

Si el chavismo venezolano debió ser el espejo de Colombia, por la antes remota, pero ahora más sólida probabilidad, de que allá la guerrilla llegue legalmente al poder mediante elecciones, de igual forma Colombia debe ser nuestro espejo a la hora de hacer justamente lo contrario de lo que está casi listo para ser aprobado, esto es perdonar a tanto ladrón y asesino.

Venezuela siente en carne viva los efectos del sobreseimiento a Chávez, un acto de conciliación promovido por todos los políticos de entonces, que todo lo sabían…por tanto, de aprobarse ese tratado de paz, pues ya le tocará a Colombia sentir lo mismo dentro de pocos años, y por carambola obviamente también a Venezuela, en un diabólico repetir de la Historia.

Por eso es que no puede haber conciliación sin justicia, mucho menos con esta gentuza filocubana que cuando sale impune de sus atrocidades termina por creerse de verdad que era nuestro deber conciliar y perdonarlos, para que hagan lo que hagan siempre tengan espacios de maniobra permitidos por demócratas débiles y desorientados, que se dejan engañar con el falso dilema de la paz a cualquier precio.

Por supuesto que tener una paz inmediata es tentador, y ése debería ser el objetivo de todos, pero cuando ésta lo que hace es sentar las bases para que más temprano que tarde se genere una infelicidad mucho mayor a la actual, lo adecuado para un estadista es resistir dicha tentación y trabajar intensamente para que ese objetivo se logre sobre un sustrato más firme y justo.

Hacerles pagar a los criminales de guerra por sus fechorías es un acto de profilaxia social que contribuye a la paz; en cambio, otorgar la impunidad promueve el caos y degrada la ética de una sociedad. Eludir esa responsabilidad es como vivir en democracia sin ejercer deber alguno, lo que a su vez equivale a vivir en autocracia sin ejercer derecho alguno, algo que Venezuela ha practicado, lo primero durante cuarenta años y lo segundo durante dieciocho.

Colombia entra en la etapa final de esa irresponsabilidad democrática de no cumplir con su deber; ya veremos si el futuro le traerá una autocracia similar a la nuestra.

Hermann Alvino

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Un comentario en “El espejo colombiano

  1. Claro y concreto,pero a mi parecer,tengo mis dudas,a cerca de que el NO le dejara al URIBISMO una buena tajada para retomar más fuerza de la que tiene…y el SI, ganar el premio NOBEL, el señor Santos…el de la PAZ..Que hacer ante esta odisea,ante esta encrucijada..? Que dilema !.

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