La Venezuela en el mundo postmoderno (5): Los muros materiales que caen, las paredes espirituales que quedan.


Luego del desmoronamiento de la URSS y del muro de Berlín, el académico Francis Fukuyama proclamó el triunfo definitivo del sistema liberal, porque según él, una vez consolidado éste, no podría haber mayor progresión social ni política; una teoría expuesta en su libro de 1992 titulado The End of History and the Last Man, como corolario a su ensayo de 1989, The End of History?, publicado en la revista The National Interesthttps://goo.gl/ZESYN2

Fukuyama recorría así el camino contrario al postmodernismo con el cual quince años antes Lyotard declaró agotado el idealismo hegeliano, algo más o menos en línea con Samuel P. Huntington, quien con un ensayo publicado en Foreign Affairshttps://goo.gl/oocm66-, y refinado en su libro de 1999 titulado The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, indicaba que una vez enterradas las ideologías, el mundo volvería a su estado normal de conflictos culturales e inherentes a cada civilización, en los cuales las religiones monoteístas juegan un papel de primer orden, al pretender convertir al resto a una fe que cada una de ellas considera la verdadera; una misión que necesariamente implicará violencia.

Así, la naturaleza del conflicto será mucho más marcada, porque el arco temporal de las ideologías es mucho más breve que el de la cultura y las religiones, cuya memoria ancestral es mucho más potente a la hora de movilizar voluntades; alargando así la espera del Estado laico liberal para consolidar –si acaso- su vigencia dentro de la presión que sobre él ejerce cada una de las civilizaciones que menciona Huntington: las numerosas variantes Católicas-Protestantes-Ortodoxas-Hebreas, las musulmanas, y las filosofías de vida como el Budismo, el Sintoismo, o Confusianismo – https://goo.gl/suIVqL

Esos potenciales conflictos entre todas ellas serían además mucho más complejos si también le añadimos los problemas que ya vive la Humanidad, de los cuales Latinoamérica no escapa, aun dentro de su relativa paz social en comparación con el resto del mundo, dada la ausencia de guerras propiamente étnicas o religiosas. En nuestra región además, para bien o para mal, el judeocristianismo tiene el mando espiritual sin que haya violencia entre sus variantes, y sin grieta alguna para que otro monoteismo, como el del Islam, cobre vigencia masiva.

En el caso venezolano, recordemos que la violencia generalizada del siglo XIX no fue debida a factores religiosos, y que cualquier vestigio de ella fue eliminado durante la democracia prechavista; y como Chávez percibía lo complicado que sería dividir racialmente a nuestra sociedad, entonces no le quedó más remedio que optar por la división socioeconómica, en la cual el otro era el rico y el escuálido, tal vez como representaciones mentales de su infancia y adolescencia, de quienes le sembraron ese resentimiento y odio capaces de lanzar una parte de su pueblo contra la otra.

A pesar de todo ese odio que sembró Chávez, indispensable para su proyecto de poder, durante el chavismo los muertos por razones políticas aún se cuentan con los dedos, aunque no así los presos políticos; de cualquier manera, ese odio es ahora nuestro muro, inmaterial, o sea el de la peor especie, porque es evidente que a partir de 1989, con la caída de la pared comunista que dividía al planeta en dos maneras de interpretar la vida, las cosas se han ido saliendo de control, dado que la Humanidad aún no ha sabido resolver el dilema entre estabilidad y caos, que era justamente el papel de los muros del siglo XX, cual triste necesidad, y cuya desaparición acabó con la estabilidad amoral que todos alababan como el mal menor, a sabiendas de lo que vendría después en una sociedad en transición, y por tanto sin sólidas referencias, como la define Zygmunt Bauman en términos de sociedad líquidahttps://goo.gl/edAq8

Por supuesto que aún hay muros que siguen allí, como el que edificó EEUU para medio delimitar su frontera con México –que Trump quiere completar pasándole la cuenta al mismo México…-, la división social en Belfast, que tardará mucho en disolverse, o el muro entre Israel y Palestina. El primero caerá algún día sin mayores consecuencias, porque los territorios que EEUU arrebató a México siempre han sido de facto una mezcla tex-mex que ningúna fuerza anglosajona será capaz de erradicar; el irlandés tampoco sería capaz de generar un conflicto generalizado, algo muy diferente a lo que podría suceder en el Medio Oriente.

La existencia de muros que separan a seres humanos es una afrenta a la libertad que confirma la validez del dilema entre ésta y el caos generalizado, o entre el orden y la justicia; porque basta que caiga uno de esos muros para que la Humanidad reinicie el pase de facturas que tienen siglos esperando su cobro. Por tanto, salvo un salto evolutivo a favor de una nueva actitud espiritual más tolerante, el asunto parece no tener solución, y es por ello que muchas veces se decide enjaular a toda una sociedad que permitir que salga a matarse con las otras del vecindario terráqueo.

Del repaso de las actuales peleas armadas regionales –que relataremos en otro post, junto a la irresponsabilidad de Chávez por haber puesto a Venezuela en el mapa de la guerra-, lo que salta a la vista son los centenares de miles de muertos y las decenas de millones de desplazados y refugiados, más el gasto militar que asciende a varios trillones de dólares: EEUU ya ha gastado un trillón con Afganistán –https://goo.gl/whtY4g– y tres trillones en Irak –https://goo.gl/JEv8Db, y faltaría por sumar lo gastado por Rusia, Irán, Arabia Saudita, etc.

Junto al infinito sufrimiento y tragedia por tantos muertos y lisiados, quedan así los costos de esas guerras y los de la ayuda humanitaria, cuales cargas adicionales para economías cansadas como las europeas, para la población harta de todo ello en EEUU, o para los colombianos exhaustos luego de más de medio siglo de su propia guerra –alargada además por los Castro.

Quedan también los millones de gentes que huyen de la muerte, y que están desquiciando a todos los niveles la gobernanza europea y turca, para que al final volvamos a tener un mundo pegado con alfileres, esperando la próxima ronda de explosión de odios, como sucedió en los países balcánicos antes y después de una Yugoeslavia incapaz de seguir manteniendo unido lo que no se puede unir. Porque al ser humano siempre lo seguirá dividiendo la religión, la cultura, el odio de muchos siglos por afrentas nunca compensadas, los caprichos de la Historia, el color de la piel, de cabello, de ojos, los dialectos que lo diferencian de sus vecinos, y la infinita gama de venganzas personales.

Los aficionados a los relatos policíacos bien pueden leer La hora del Dios rojo, del británico Richard Crompton, quien inserta su relato dentro de la atmósfera preelectoral keniata del 2007, un país con más de cuarenta grupos tribales, y para quienes hay un tiempo en que la locura lo invade todo… cuando las personas se vuelven unas contra otras, y cuando la ira es el único instinto humano… algo que terminó dejando 600 mil personas sin hogar, luego de aquella violencia postelectoral –https://goo.gl/gwoJGZ

Los venezolanos tenemos así un espejo en el cual reflejarnos con esta violencia global, diariamente reseñada en la prensa: porque Chávez quiso convertir a Venezuela en una tierra de conflictos guerrilleros como Colombia –el riesgo aún está latente con tanto militar inconsciente que aún actúa tras las sombras de la impunidad del régimen-, y quiso crear una sociedad basada en el odio a un adversario ficticio, a la cual capitaneaba como treta para alimentar su megalomanía, creando un muro espiritual tan maligno como los que vemos en los telediarios; un muro que está allí, dentro del corazón de cada compatriota, del cual solo queda esperar que su desmoronamiento no traiga desgracias similares a las de otras partes.

El chavismo no entiende nada de esto, y a sabiendas de lo largo y complejo que resulta reconciliar a un país –ejemplos sobran, como el de Argentina o el de España- corresponde a la oposición salvaguardar lo poco que aún queda de paz social, como semilla para la armonía social que todos esperamos vuelva a surgir en Venezuela cuando esta gentuza abandone el poder.

Hermann Alvino

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