La Venezuela en el mundo postmoderno (4): El desorden democrático vs. el orden autocrático.


De los numerosísimos análisis llevados a cabo durante las últimas décadas para intentar explicar el estado de la sociedad contemporánea, destaca el libro de 1968 de Samuel P. Huntington titulado Political Order in Changing Societies, que aborda el problema del orden social como elemento de progreso y paz social –el libro puede leerse en el enlace https://goo.gl/GuQT9

Hay que recordar que 25 años más tarde, en la revista Foreign Affairs este mismo autor publicaría el conocido ensayo The Clash of Civilizations?, iniciando así un debate que aún perdura, y cuyas ramificaciones van desde las actuales guerras sectorizadas y el terrorismo internacional, que puede degenerar en un conflicto mundial, hasta las políticas migratorias de todos los países -el ensayo está disponible en https://goo.gl/LJ3kbn, y su análisis será obligatorio en esta serie de la Venezuela postmoderna.

Volviendo al libro en cuestión, el autor afirmaba que los cambios sustanciales en los sistemas políticos, y obviamente en sus instituciones, son debidos a las diversas tensiones sociales que se van produciendo a lo largo del tiempo.

Esas tensiones, podríamos añadir, aparecen como derivadas tanto de procesos modernizadores intencionales, como por circunstancias imprevistas. Las tensiones que generan los intentos de transformación de aspectos claves de una sociedad se pueden interpretar a través de una natural resistencia al cambio, especialmente cuando éste conlleva un incremento o un nuevo tipo de esfuerzo ciudadano para mantenerse en sintonía con el ritmo social general, y ello vale incluso para parte de las élites que lideran dichas transformaciones. Por otra parte, una circunstancia internacional o una catástrofe natural interna, a su vez puede obligar a todo un país a adoptar medidas para sortear, o incluso sobrevivir, a dichos eventos, lo que catalizaría una profunda transformación política o cultural.

De acuerdo a Huntington, el grado de desarrollo político de una sociedad no estaría solamente ligado al progreso material y técnico –un progreso que en tiempos contemporáneos asociamos con conceptos tales como la industrialización, la urbanización, el crecimiento económico, la cobertura de los sistemas educativos o la movilidad social- sino al grado del orden que puede imperar internamente en cada caso.

Como es sabido, el concepto de orden social, por un lado tiene un significado sistémico, en el sentido de las instituciones y estructuras sociales que promueven y monitorean unos patrones de comportamiento -al tiempo que descartan y reprimen otros-, y personal, con relación a la aceptación de la gente del statu quo imperante, la cual, de ser mayoría, contribuirá al orden -esto es, a la estabilidad social-, y que en caso contrario le abrirá las puertas al desorden –o sea a alguna de las muchas variantes de caos o inestabilidad social generalizado, lo que a su vez, en un lapso que puede ser corto o largo, desembocaría en una suerte de nuevo orden, con un grado de control laxo o rígido, para así comenzar un nuevo ciclo social.

El análisis de Huntington, más estas apostillas, constituyen un retrato hablado tanto de la Venezula prechavista como la de la actual tragedia nacional, esto es, un país cuya parte de la élite democrática fue incapaz de llevar a la población en general a vencer la resistencia al cambio que implicaba cumplir la Ley, más muchos cambios cívicos importantes, y que a la postre ese intento de cambio sistémico condujo a su rechazo, para que a su vez ese lapso entre 1993 y 1998 de gran desorden partidista y desorientación generalizada, desembocara en el chavismo, o sea en un nuevo orden caracterizado por un control laxo sobre la vida pública a causa del desgobierno chavista; una variante que no se produjo por circunstancias que impedían la gobernanza –sobraban recursos económicos y materiales- , ni solamente por esa ineptitud que siempre ha caracterizado a sus protagonistas, sino porque su agenda personal solo estaba enfocada al poder como fin en sí mismo, y a enriquecerse a saco.

Para comprender a plenitud la democracia prechavista y la dictadura chavista, el mismo Huntington aclara que el concepto de orden no debe confundirse con la clase o tipo de orden, sea el político, como podría ser el existente en democracia o en autocracia, o el económico, como por ejemplo el de una sociedad con libre mercado o un sistema socialista.

En otras palabras, el orden y el desorden pueden existir en cualquier variante sociopolítica y socioeconómica, y en uno y otro caso el resultado será muy distinto, para bien o para mal; aunque hay que añadir que si bien el orden dentro de una sociedad comunista, como fue la soviética, ofreció estabilidad social general –por adoctrinamiento generalizado y represión muy eficaz-, las limitaciones en materia de progreso material a la larga catalizaron su implosión.

No hay duda que para un demócrata contemporáneo, hablar de orden prescindiendo del tipo de gobierno –democracia o dictadura- es amoral. El problema es que mientras la democracia sigue sin reaccionar ante las fuerzas fácticas de las élites que se han beneficiado de leyes creadas por ellas mismas. para profundizar la actual desigualdad generalizada, esa amoralidad fácilmente es defendida por quienes promueven una autocracia como la de Singapore o la de China, capaces de sacar de la pobreza a millones de personas, y colocar a esos dos países como líderes, mientras esos mismos argumentos revierten en contra de democracias europeas como la española, la italiana y la griega, que han generado una inquietante pobreza y desigualdad.

Tampoco parece del todo válido defender entonces a la democracia recurriendo a aquel dicho que establece que el poder corrompe, pero que el poder absoluto corrompe absolutamente, porque la corrupción venezolana, argentina, brasileña, o italiana, deja muy mal parado a este sistema de libertades. Incluso la corrupción dentro de la política de EEUU contribuye a desmigajar la imagen idealizada de un sistema del cual decía Churchill que era el peor de todos…excluyendo a los demás.

Pues bien, visto lo visto en materia de pobreza y desigualdad, así como en términos de bullying de las élites que gobiernan y legislan, hay legítimos elementos para dudar de dicha frase, porque por un lado se puede pensar que la democracia misma lleva por dentro los elementos de su propia destrucción –al dejar que masas desinformadas decidan su futuro mediante soluciones cuya complejidad se les escapa-, o por no ser capaz de resolver la contradicción que nace al intentar consolidar instituciones que limiten los excesos de las misma élites que las han diseñado, y que dirigen.

Aquellas ideas de Huntington pronto cumplirán medio siglo, mientras que la solución al problema del equilibrio entre orden y libertad no ha avanzado, aun prevaleciendo el sentimiento general de la necesidad de un Estado fuerte, sea defendiendo en lo posible las libertades sociales y económicas –sin minimizar su obligatoria función subsidiaria, para igualar las cargas y ofrecer a todos las mismas oportunidades de superación personal-, o desde la otra esquina, a través de una autocracia dura, que garantice el orden social y que en lo posible –otra contradicción que ha tenido muy pocas excepciones-, la protagonice gente culta y capaz –valgan ambos términos en estas condiciones.

El desorden democrático crea la ilusión de que la solución es el órden de las dictaduras o autocracias. La duda de si una autocracia ordenada es mejor que una democracia desordenada ha cobrado nuevo vigor durante estas décadas de capitalismo salvaje.

En este sentido, a Venezuela le ha tocado lo peor de ambos escenarios: una democracia prechavista, en parte culta y socialmente sensible, que no fue capaz de mantener orden –respeto por las leyes mediante autoridad y promoción de un profundo cambio cívico; y una dictadura chavista inculta y desordenada, insensible a la vida y al hambre de sus compatriotas.

De nada serviría entonces cambiar a estos autócratas bárbaros por unos demócratas ineficaces, dentro de una población que no comprende que las autocracias cultas son casi inexistentes.

Conformémonos por tanto con una democracia de mínimos, esto es, imperfecta, pero al menos con orden; y eso solo es posible ocupándose de muchos detalles de la gobernanza, y no limitándose a pomposas declaraciones y  a pantalleo.

Aunque lamentablemente no parece ser el caso, dicho interés por los detalles debería ser el perfil para escoger los líderes opositores que eventualmente llegarán a gobernar.

Hermann Alvino

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