La Venezuela del mundo postmoderno (1): Los retrasos seculares.


Poco más de una década antes de la implosión Soviética de 1989, y sin que casi nadie se percatara –mucho menos los intelectuales de la izquierda venezolana que tenían secuestradas las escuelas humanísticas del nuestras universidades públicas-, alguien con una inmensa visión de las cosas había declarado –y con mucho fundamento- extinto al Comunismo.

Fue el filósofo francés Jean-François Lyotard, quien con su libro La condición postmoderna. Informe sobre el saber, publicado en 1979, cavó la tumba del Comunismo como expresión política del Marxismo.

Pero en ese mismo libro, Lyotard también expulsó al Capitalismo como vía adecuada para el progreso de la humanidad, algo de lo cual parece que aún no se han enterado ni en Occidente ni en la actual China del capitalismo salvaje, como tampoco parece darse por enterado el pensador Francis Fukuyama luego de su apología a ese sistema en su obra de 1992 El fin de la Historia y el último hombre.

Más aún, Lyotard también excluyó a la Ciencia como rama de la actividad humana destinada a resolver nuestros problemas.

Es complicado leer los textos filosóficos contemporáneos, especialmente para quienes no tenemos una base formal de Filosofía para recorrer fluidamente una redacción y estructuración de razonamientos que para los profanos es como intentar escalar a mano y pies desnudos una montaña en vertical, puesto que a cada paso hay resbalones, retrocesos y eventual caída, para al final terminar por cerrar esos libros y olvidarse del asunto. Más enrevesado es intentar esa aventura con los franceses y alemanes, tanto en su idioma original como en excelentes traducciones, una experiencia muy diferente a lo ameno que puede resultar la lectura de los filósofos grecorromanos.

Pero es lo que hay, a Lyotard hay que digerirlo, aunque sea con casi medio siglo de atraso, y comprender el alcance de su proyecto para efectos de comprender mejor a Venezuela.

El Postmodernismo ya había sido un término utilizado décadas antes por el historiador Toynbee, así como por algunos filólogos y críticos literarios con relación al Modernismo Literario Latinoamericano –Rubén Darío entre otros, tal como nos lo enseñaban en nuestro Bachillerato.

Pero el término postmodernista adoptado por Lyotard se relaciona directamente con aquella época de la humanidad que los historiadores calificaron como Moderna –posterior a la edad Media, y previa a la Contemporánea-, durante la cual se impusieron tres paradigmas en los que se encajonaron todas las explicaciones del devenir humano.

El primer paradigma, o relato, o si se quiere metarrelato, fue el Iluminismo, cual movimiento que estableció al conocimiento como instrumento material para aprehender al mundo. De allí nacieron la Ilustración y el Positivismo, para establecer el reino de la Ciencia y la Tecnología en todos los asuntos humanos.

El segundo metarrelato fue el Idealismo, especialmente el desarrollado por el filósofo Hegel, el cual estableció que la voluntad de Dios está en todo, para conducir al hombre a la libertad, y que por tanto abordar y explicar el sentido de nuestra existencia deberá conllevar un mayor conocimiento espiritual interior. La Filosofía de Hegel es mucho más que eso, pero para estos efectos basta con lo mencionado, recalcando que tanto su Idealismo como el Iluminismo suponen una progresiva evolución espiritual, y por tanto enaltecimiento humano, hasta llegar en algún momento a un punto final que representa la culminación de la humanidad.

El tercer paradigma lo representó el pensamiento de Marx, quien tomó la misma lógica hegeliana en la que se basa el concepto de enaltecimiento de la humanidad, pero en vez de sustentarla en lo espiritual lo hizo en lo material, enlazándose así con el Iluminismo. Para Marx, el derrotar a la alienación humana pasa por el dominio de lo material.

¿Qué operación mental realizó Lyotard para desactivar estos tres paradigmas? Pues por un lado nos recordó algo que ya es evidente, y es que la Ciencia y la Tecnología, con todos los beneficios que han traído a la humanidad, están causando más problemas que soluciones –un ejemplo de ello es la degradación planetaria-, Porque no hay forma de evitar esas consecuencias cuando la Ciencia se convierte en un fin en sí mismo, por tanto, el Iluminismo por sí solo no es suficiente para aprehender a la humanidad.

Por otra parte, la evolución del ser humano hacia Dios, mediante progresivos saltos de calidad espiritual –la dialéctica inventada por Hegel-, quedó invalidada a partir del Holocausto nazi –e incluso, podríamos añadir, luego de que EEUU lanzara dos bombas atómicas sobre la gente, o luego de comprobar que tanto ese país, como algunos otros que ya tienen dicha bomba, estarían dispuestos a repetir la experiencia-. Hegel establecía que todo lo real es racional, y que todo lo racional es real –esto es, que el acercamiento hacia Dios es real como producto de lo racional, y que el esfuerzo racional genera un enaltecimiento espiritual real-; pero aquellos genocidios –sin mencionar las carnicerías de la Primera Guerra Mundial- descartan la continua evolución humana hacia niveles espiritualmente más sublimes, porque no son racionales, invalidando así ese mismo idealismo hegeliano.

Por último, como no fuera suficiente el cargarse esos dos paradigmas, se aparta al Marxismo como metarrelato explicativo del ser humano, por basarse en la combinación de los dos anteriores, y porque las acciones militares de la URSS en la entonces Checoslovaquia –y años antes en Hungría, añadimos-, en opinión de Lyotard fueron la evidencia del fracaso del Comunismo como motor del progreso humano.

En 1979 entonces, Lyotard desactiva los sistemas de referencia que hasta ese momento habían regido en el mundo contemporáneo, y es a partir de esa perspectiva que se pueden explicar todos los fenómenos sociales que se han ido sucediendo durante el último medio siglo: el debilitamiento del centralismo político, social y religioso, la aparición del relativismo ético, la dilución del poder tradicional internacional, el empoderamiento individual en numerosos aspectos de la vida diaria, así como centenares de fenómenos que en la actualidad se dan por descontados, pero que tuvieron un origen en la caducidad real de esos tres paradigmas; un vencimiento detectado y descrito brillantemente por Lyotard.

Su pensamiento es mucho más complejo que eso, por ello hay que limitarlo hasta acá, mencionando de paso las ideas que se han ido derivando con el paso del tiempo, dentro del desmigajamiento de esas tres referencias. Destacan así dos pensadores: Gianni Váttimo, creador del llamado pensamiento débil, y Zygmunt Bauman con su sociedad líquida. Así mismo podemos incluir al venezolano Moisés Naím, a partir de su libro  El fin del poder. Todos ellos intentan estructurar un relato contemporáneo que describa y explique lo que podemos considerar como una suerte de caos en todos los niveles de la vida humana y planetaria. Un desorden que no necesariamente será para mal. En este sentido, amanecerá y veremos.

Para enlazar todo lo anterior con Venezuela, se podría comenzar recordando aquella frase en la que se afirmaba que nuestro país había llegado a la era del jet desde la de la curiara, sin pasar por la del ferrocarril, una verdad incompleta, ya que su significado real apunta no tanto a la ausencia de una red de ferrocarriles como las de cualquier país serio, sino a la de una infraestructura industrial capaz de construirla, tanto sus rieles como sus vagones. Depués de todo, si por la opción rentista impuesta por la élites gobernantes, exportar petróleo permitía importarlo todo, entonces ¿para qué producirlo localmente?

El salto de la curiara al jet –prescindiendo por ahora del retroceso que ha conllevado el chavismo- fue la manera más plástica para indicar que para Venezuela, el siglo XX había comenzado con tres décadas de retraso -luego de la muerte del dictador Gómez-; un retraso que también se había producido para ingresar al siglo XIX, luego de las guerras de independencia, las cuales, salvo períodos de excepción por la presencia en los niveles más altos de gobierno de venezolanos cultos y decentes, se caracaterizaron por el reguero de caudillos ignorantones, hasta llegar a los tiempos de Crespo, Cipriano Castro y Gómez.

Puede decirse que éste es el destino de los países colonizados malamente con la única finalidad de extraer a saco las riquezas que allí se encuentran, y sin sembrar un mínimo de civilidad, para que cuando termine el ciclo formal de dominio, pues que se las arreglen dentro de un mundo que mientras tanto fue avanzando en todos los frentes.

Fue el caso de las colonias españolas, y las inglesas y francesas de África, esto es, lo que a la postre llegó a llamarse como tercer mundo; unas colonias, donde a diferencia de lo que hoy es Canadá, Australia, o Nueva Zelanda, cuya conquista no fue un proceso orientado a desplazar a los nativos de esos lugares -que los había, claro está, pero en cantidades ínfimas en comparación con las poblaciones mexicanas, peruanas o la de los países africanos, y con estructuras sociales tan simples en comparación con las otras mencionadas-, sino que prácticamente fue una ocupación de esos predios semidesiertos, con la cual se importaron esas formas de vida occidentales –británica, francesa, portuguesa, holandesa, etc.- que le permitieron a países como a la actual Australia y Nueva Zelanda disponer de un inicio mucho más ventajoso en comparación con otra clase de colonias, para entrar en el siglo XX y estar entre los países más desarrollados.

Ese retraso en la entrada al siglo XIX, unido a la mentalidad cerrada del dominio clerical dentro del centro de poder de la potencia colonizadora, más los tiempos oscuros que vivió el país durante muchas de las décadas siguientes, impidieron que Venezuela conociera a plenitud aquel Iluminismo, que junto a la Revolución Industrial acuñó el término modernidad.

De igual manera, la misma ausencia de ideas que no fueran únicamente enfocadas a desplazar al caudillo de turno para iniciar otro ciclo similar de penurias para la población, tampoco permitió promover la difusión de las ideas filosóficas europeas, entre ellas las del mismo Hegel y Marx. Luego de la entrada diferida al siglo XX, indudablemente hubo grandes esfuerzos para asirse a ese tren de adelantos científicos y formas contemporáneas de organización política que prevalecieron en el Occidente libre post Segunda Guerra Mundial; nadie duda que durante gran parte del lapso de existencia de la democracia prechavista, Venezuela fue un país occidental –si cabe el término-; pero visto en retrospectiva, aquella afinidad pudo deberse más a la bonanza petrolera, que permitía fijarse en aquel Occidente como fuente de shopping, no solo para las élites, sino para toda la clase media y una porción de  la clase popular. La democracia fue entonces un espejismo y un instrumento para el consumismo, y Occidente no fue una referencia para cambiar a fondo la óptica cívica del venezolano; por tanto, al terminar la bonanza, pues volvieron los tiempos oscuros: el chavismo hacía su entrada.

La lección que se desprende –al menos para los tiempos futuros del país-, es que no es suficiente que una sociedad tenga acceso a los bienes y servicios existentes en los países más avanzados para considerarse como tal, porque ese nivel de desarrollo –valga el término- no debe alcanzarse de sopetón y sin sentar las bases industriales y cívicas que lo sustentan.

Por supuesto entonces, que si una sociedad no internaliza a plenitud el significado de las grandes referencias que van marcando espiritual y materialmente a la Humanidad, obviamente tampoco podrá apreciar sus limitaciones, y cuando llegue el momento, tampoco valorará su invalidez -como fue el caso de los marxistas endógenos.

Venezuela tiene así un vacío conceptual inmenso: por un lado, por sus crónicos déficits científicos e industriales nunca ha vivido una verdadera revolución industrial para superar unas necesidades mínimas de bienes y servicios, o para mantener a raya enfermedades e infecciones. La paradoja es que muchos de los problemas causados por esa ciencia derivada del Iluminismo, como la contaminación ambiental, ya los vive el país causados por una ciega e irresponsable depredación que no tiene nada que ver con el abordaje lyotardiano.

Por otro lado, las élites nativas siguen aferrándose a un paradigma idealista, que puesto en práctica conllevaría para el venezolano una ascensión espiritual definitiva, cuando la realidad descrita en el Pensamiento Débil de Gianni Váttimo y en la Sociedad Líquida de Zygmunt Bauman indican que el comportamiento de las sociedades ha llevado a relativizar todas las  referencias, y por tanto ninguna tesis absoluta tendrá la fuerza necesaria para imponerse sobre las demás –de nuevo podríamos recordar las reflexiones de Naim en su libro El fin del poder-, recordar que EEUU ni ganó en Vietnam, ni en Iraq, ni en Afganistan…

La consecuencia inmediata es que, guste o no, a la postre, y luego de hacer justicia, será indispensable la interacción inteligente con el chavismo del futuro –de nuevo, permitase el término, no para salir del régimen, sino para recuperar parte del tiempo perdido.

Porque Venezuela, al igual que entró con retraso los últimos dos siglos, increíblemente también lo está haciendo con el siglo XXI.

Hermann Alvino

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