Cómo tumbar al chavismo (2/3): Los civiles.


En la actual Venezuela se puede simplificar la clasificación de los civiles dividiéndolos en dos grupos: los que están en el poder y los que no. Los primeros obviamente componen la jerarquía chavista, la cual a su vez se divide entre quienes fueron protagonistas del poder estando Chávez vivo, y quienes se aglutinaron en torno a Maduro una vez desaparecido el barinés; unos atrincherándose en una ortodoxia “chavista” con el argumento de la bonanza durante los tiempos del Comandante -junto a la laxitud madurista para gobernar de acuerdo a aquellos principios “chavistas”-,  y otros –los de Maduro-, cual traidores de la revolución que ni se inmutan, al tiempo que siguen raspando la olla sin perder un minuto…como hicieron sus antecesores que hoy los combaten.

Los otros civiles, los que no mandan, se dividen en chavistas y en demócratas opositores. Los primeros se pueden catalogar como tontos útiles desde el mismo inicio del régimen, y los otros como unos incautos, que en manos de una oposición muy mediocre –salvo excepciones- han ido poniendo sus esperanzas en las diferentes elecciones, a cuenta de que ello suponía un avance en la conquista gradual y pacífica de espacios de libertad, un proceso mediante el cual, a la postre supondría defenestrar al chavismo del poder.

En cierta medida, ambos grupos, muy disímiles entre sí, han sido tontos útiles de diversos intereses.

Para el chavismo primario, de pura esencia militar, los civiles siempre fueron una molestia necesaria. Los partidos de izquierda venezolanos, que durante la democracia siempre fueron pro cubanos, junto a toda esa intelectualidad que controló universidades, medios de comunicación y una red cultural que fue capaz de transformar la imagen de un asesino como el Ché o Fidel en revolucionarios entregados al bienestar de su pueblo, ni siquiera sospechaban la existencia del barinés, más aun, sus sentimientos hacia las fuerzas armadas siempre fueron de desprecio, por asociar a cada gorra con la represión de aquel sistema democrático que ellos siempre quisieron liquidar.

Al surgir Chávez con su golpe de Estado fracasado, toda esa izquierda se aglutinó de inmediato alrededor del militar, olvidándose de todas las críticas con la que crucificaron a esa institución que los derrotó en su aventura guerrillera. Pero ese olvido civil no fue tal dentro de esa generación de militares golpistas, por cuyo grado –Teniente Coronel, Mayor, Capitán y Teniente-, y edad, ya habían vivido y sufrido parte de ese desprecio izquierdista.

Por otra parte, el desorden de toda esa izquierda se fue delatando en los numerosos proyectos partidistas que se fueron sucediendo durante treinta años –PC, UPA, MEP, Causa R, Liga Socialista, etc…-, así como en los diversos grados de radicalización y aburguesamiento, y en su propia certeza de que democráticamente jamás llegarían a gobernar a Venezuela –aunque las sospechas de fraude para privar de la victoria al candidato de la Causa R,  Andrés Velázquez en las presidenciales de 1983, fueron muy sólidas.

Ese desorden de la izquierda era un elemento más que suficiente como para que cualquier militar –incluso alguien con el cacao mental que afectaba a Chávez y sus conspiradores- les devolviera con creces –y con fundamento- ese desprecio al que fueron sometidos durante treinta años. Un desprecio que por lo demás también los civiles demócratas se lo habían ganado a pulso…basta con recordar la humillación que para las fuerzas armadas representaron las tropelías de Blanca Ibánez, y los arreglos de los políticos de entonces para definir muchos ascensos.

Por otra parte, por más mediocre que fuera esa camada de militares golpistas, todos ellos fueron formados dentro de una institución armada sólida que les enseñó a pensar y sistematizar conceptos -cualidades indispensables en quienes están destinados para la guerra-; a todos ellos, obviamente, algo les quedó de esa vivencia, la cual, aún quedándose corta -porque es a partir del grado de Coronel cuando realmente se realiza en profundidad el análisis sociopolítico y geopolítico-, era más que suficiente como para estar muy por encima de esa masa amorfa de conceptos y proyectos de los civiles de la izquierda venezolana.

Esa piedrita civil en el zapato militar para su asalto al poder tuvo que ser tolerada por Chávez, porque era la única correa de transmisión con la que contaba para un marketing electoral lo suficientemente amplio como para tener posibilidades de triunfo electoral –descartemos, para efectos del análisis, los errores de AD y COPEI durante la campaña electoral de 1998.

Fue esa “izquierda”, entonces, quien lo proyectó, al tiempo que otros empresarios civiles -que de izquierda no tenían nada, y que al final también fueron tontos útiles- se encargaban de financiarlo.

El cinismo y la astucia de Chávez consistió en hacerles creer a todos ellos que eran protagonistas de su proyecto de poder, cuando en realidad éstos eran los militares, incluso aquellos que no veían con buenos ojos al barinés –después de todo, la formación militar imprime una solidaridad gremial que trasciende lo personal-, y ello se confirmó con el paso del tiempo, con la progresiva militarización del Estado, tanto en cargos de primera línea como en todos los demás niveles, en cargos designados y de elección popular, como muestra de que los civiles del chavismo nunca mandaron realmente, y siempre fueron unas fichas movidas a conveniencia por Chávez.

La muerte del barinés no llegó a trastocar esa situación, aunque inicialmente las apariencias presagiaran un nuevo equilibrio entre civiles y militares en el poder, porque ya asentado el dominio cubano sobre nuestras fuerzas armadas, era más que lógico que los Castro no iban a permitir que un militar venezolano fuera el sucesor, ya que con todo y esa humillación a la cual Chávez sometió a esa institución -al imponerle comandos, consignas y bandera cubanas-, todo tiene un límite, y un militar de Presidente, en pocas semanas bien podía sacudir al país de los cubanos.

Fue por ello –y acá la Historia vuelve a ser producto del azar y la astucia-, que Fidel convenció –y forzó- a un Chávez moribundo y sin estar por completo en sus cabales, para nombrar formalmente a Maduro como sucesor, un civil que además de no ser venezolano de nacimiento para ejercer dicho cargo, fue formado dentro del esquema de la revolución cubana, y por tanto, incluso habiendo vivido casi toda su vida dentro del país, nunca tuvo la oportunidad de formarse y practicar nuestros valores patrios fundamentales.

La designación del civil Maduro –ya grave por ser éste una suerte de apátrida adoctrinado por Castro, y más aún por ser un inepto en todo el sentido del término- fue un mal necesario, ya que de ninguna manera se podía permitir nombrar como sucesor al militar Cabello. Hasta por razones de acento, lo ideal para los isleños que dominan a Venezuela hubiera sido poner a un venezolano más o menos formado y capaz, aunque sea mínimamente, de aprehender las complejidades de un Estado, y por supuesto que fuera una de sus fichas. Pero en ese momento de azar y apuro no lo hubo, y fue esta carencia la que ha impulsado un aparente poder civil en el régimen, porque las fuerzas armadas siguen controlándolo todo y más, dado que la ineptitud de Maduro, traducida en una altísima impopularidad, le ha obligado a cederle a los uniformados no solamente más poder –si cabe-, sino incluso espacios de promoción de imagen que hasta ahora no tenían.

Por tanto, los civiles chavistas que gobiernan a Venezuela –al menos los que ocupan posiciones a las que los militares aún no han accedido…- están así entre dos fuegos: por un lado el de una casta militar chavista –y no chavista- que siempre los ha despreciado, y por otro por un castrismo que los utiliza para mantener una fachada light del régimen, al tiempo que debe bregar con el otro verdadero poder encarnado por los militares endógenos que aún poseen un mínimo de dignidad.

Visto así, los civiles chavistas que formalmente ocupan el poder en Venezuela, son un poder ficticio, aunque ellos se crean dueños del cotarro.

Y por ello, no será con ellos con quién habrá que tratar en serio para tumbar al régimen –y lo de tratar no es una palabra casual, porque ésta puede tomarse en muchos sentidos, pacíficos o no, de acuerdo a las circunstancias.

Hermann Alvino

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s