¡Váyanse!


La diferencia entre un maestro de ajedrez y un jugador promedio es su capacidad para anticipar posibles y probables jugadas, mediante una visión de contexto imposible de concebir para su rival; esa visión estratégica, y el manejo a plenitud de variantes tácticas, vale para cualquier actividad en la vida -aunque con dispares grados de azar en cada caso-. Curiosamente, un maestro de ajedrez puede que sea un inepto para analizar un contexto político, al igual que un mediocre empresario puede que sea un genio del dominó, porque el talento innato para anticiparse y ganar un lance dentro de determinada actividad no necesariamente es exportable a otra -obviamente siempre hay excepciones: en sus mejores tiempos, Rafael Caldera, además de ser un político astuto, fue un magnífico jugador de dominó, aun dentro de la sospecha de que sus rivales a veces le dejaban ganar, no tanto para ahorrarse el disgusto del expresidente, sino para evitarle a su socio de partida un inmerecido regaño monumental.

Por supuesto que también la actividad política exige pensamiento estratégico y táctico de gran nivel, para que dentro del inevitable azar de las cosas, aumente la probabilidad de éxito. Acá el azar son los errores sobre la marcha –como los que comete Trump a diario-, la muerte de alguien relevante, el que salga a relucir algún secreto que cambie por completo la percepción ciudadana, que ocurra alguna desgracia individual o una catástrofe que implique muchas vidas, un asesinato o un secuestro, y cualquier evento internacional que tenga profunda repercusión interna -ejemplos en la reciente historia venezolana fueron los asesinatos del grupo GATO durante CAP I, y el mensaje del Secretario General de COPEI la madrugada del golpe de Chávez.

Con todo, la visión estratégica debe prevalecer, adaptando las tácticas según sucedan las cosas. El detalle es que por más que se nazca con esa habilidad, si se opta por la actitud de andar por la vida a salto de mata, confiando en la capacidad de improvisación, o simplemente por pereza mental, y peor aun, desconociendo este tema por completo, pues no se podrá reaccionar a tiempo cuando las cosas ocurran, ni para sacar provecho de éstas, ni para limitar daños si hiciera falta.

Por eso es que se requiere de gente capaz y disciplinada para asumir el liderazgo social, político, y económico –apartando, para efectos de estas reflexiones, el tema de su legitimación por elección universal a cargo de una ciudadanía que se escora más hacia la imagen y otras frivolidades, en vez de atender las condiciones de cada candidato para ejercer determinado cargo.

No se sabe a ciencia cierta si Chávez fue un gran estratega o un temerario sin escrúpulos, puesto que su éxito en acceder al poder también dependió en gran parte de los errores de aquellos líderes demócratas irremediablemente sumidos en la autocomplacencia y la soberbia; además, los posteriores éxitos del barinés para mantener intactos ese poder e imagen personal, no solo dependieron de ese sistema autosustentable impuesto por su absolutismo mediático y político, sino también porque millones de venezolanos, cívicamente ineptos, optaron por desahogar sus frustraciones y resentimientos personales apoyándolo incondicionalmente.

Lo que en cambio sí está a la vista, es que con pocas excepciones la oposición venezolana se ha caracterizado por carecer de estrategia –además de no tener un plan de país, si de repente el gobierno cayera en sus manos-. Ejemplos sobran: la torpeza electoral de Manuel Rosales en su elección presidencial ante Chávez –repetida años más tarde al entregarse mansamente a los esbirros de Maduro-, la huelga petrolera sin un plan alterno, la abstención electoral opositora que dejó el 100% de la Asamblea Nacional a las fuerzas chavistas, el vuelvan caras caprilista que dejó pasar el fraude electoral de Maduro, y la ingenuidad de Leopoldo López al entregarse tan mansamente -como Rosales- a las fuerzas del régimen.

El síntoma más reciente que reflejó esta ausencia de visión estratégica y táctica opositora lo vimos todos con su arrollador triunfo legislativo del pasado Diciembre 2015, cuando a las pocos días de ejercicio legislativo, esos diputados se percataron que había un Tribunal Supremo de Justicia investido constitucionalmente para disponer a capricho del destino de cualquier ley que de esa asamblea pudiera emanar.

Han pasado ocho meses de la instalación de la AN, lapso durante el cual esos opositores no han sido capaces de articular una acción tendiente a corregir las irregularidades en el nombramiento de los integrantes del CNE, ni de imponer la autoridad que le confiere la Constitución para que los ministros rindan cuentas, al tiempo que toleraban la laxitud del CNE, basándose en una única carta, cual es que algún día habrá referendo, que éste se ganará, y que Maduro se irá.

Así, la inexistencia de un plan alterno es patética, como es la manía de Torrealba de convocar manifestaciones que no sirven para nada –mucho menos con el estómago vacío-, salvo en su función de terapia colectiva. Ahora se trata de una manifestación capitalina única, convocada para el próximo mes de septiembre, cuyo centralismo facilitará al régimen entorpecer el transporte a la capital, además de los costos inmensos que esos desplazamientos implican, en vez de descentralizar esa protesta en varias ciudades clave -si acaso realmente se cree que servirá para algo-, bajando costos, y dificultando la labor de seguimiento y saboteo del régimen.

No, la oposición no está en buenas manos -ello en parte es a causa del dedo que decide candidaturas en vez de dirimirlas en elecciones de base-, y no vale argumentar que esos son los bueyes con los que hay que arar, como tampoco vale el ratón moral que quieren ellos imponer a los críticos, acusándoles de romper una unidad que nunca existió; a estas alturas es más que obvio que el triunfo de Diciembre de 2015 ha sido estéril, que no se ha sabido estructurar una sólida y real matriz de opinión de apoyo opositor, optando por sentarse a esperar a que el régimen se hunda -como esperó vanamente COPEI el hundimiento de AD durante el período Lusinchi-. Además, junto a la incomprensible inacción con relación a los presos políticos, esta oposición se ha olvidado del asunto de las elecciones de gobernadores que debían efectuarse a finales de este año, a sabiendas que esos vagabundos en ejercicio le causan tanto o más daño financiero al país del que genera Maduro y sus compinches en el gobierno central.

Por ello, de creer que las manifestaciones sirven para algo, indudablemente habría muchas más razones para realizarlas que la del referendo revocatorio, y éstas ni siquiera se consideran. Basarse, por tanto, en una única carta, delata la carencia de visión estratégica y táctica de esta gente en una toma de calle que al día siguiente solo dejará la ciudad mucho más sucia de lo que ya está. Y ésto simplemente es desesperante, porque siembra falsas esperanzas cuya posterior frustración será un elemento catalizador de cualquier explosión social -durante la cual los pacifistas deberán esconderse para salvar el pellejo.

Lo mejor que podrían hacer entonces es marcharse a casa, o a donde sea, no sin antes aportar un servicio importante, que sería democratizar sus propias organizaciones, para no repetir esa soberbia y autocomplacencia de ese pasado partidista prechavista. Ello obviamente no ocurrirá, al contrario, porque si le damos algo de credibilidad al rumor de que Capriles estaría en contacto con el exrector del CNE Vicente Díaz para sustituir a Torrealba al frente de la MUD –ver http://goo.gl/EVjZHD-, pareciera más bien que la tendencia sería reciclar gente que ni aportó ni aportará nada a la democracia.

Parece entonces que esta partida de ajedrez del poder contra una multitud de improvisados y aprendices de brujo que viven más o menos cómodamente, la está ganando Padrino López, quien como General sí cursó esas materias de corte estratégico a las cuales el Comandante  barinés, por su mismo grado inferior, no tenía acceso.

Es lo que hay. Amanecerá y veremos.

Hermann Alvino

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