El manicomio.


En las dictaduras más o menos normales, todo está encauzado: hay una élite que domina y un gentío sujeto a los caprichos de ésta; hay una política económica más o menos estable –generalmente de corte liberal, obviamente con los naturales pliegues que favorecen a la élite en el poder-; existe un entorno mediático que alaba al régimen –con la esperanza de que algún incauto se lo crea, al tiempo que la gran mayoría ciudadana filtra cada noticia, gracias a su cultivado escepticismo-; los personajes del régimen se turnan en los cargos –lo que no impide que poco a poco la familia vaya permeando y ascendiendo en la burocracia del poder-; los servicios públicos funcionan más mal que bien –como en todo país semidesarrollado administrativa y políticamente-, aunque en materia de censo de personas y sus posesiones el sistema sí es eficaz, justamente para mantener el control y aplicar las medidas represivas con eficacia; si el dictador no es un militar, seguramente habrá establecido fluidos vasos comunicantes con las fuerzas armadas, en un equilibrio siempre inestable, pero que con astucia y buen reparto se puede mantener por bastante tiempo; los voceros del régimen se ciñen a un guión muy concreto e igual para todos, el cual diariamente se elabora y repasa a conciencia en ese cuarto de guerra donde se traza la estrategia mediática; y en general hay estabilidad social –léase tranquilidad, pocos robos y atracos-, la cual durará durante años, incluso hasta poco antes de que el régimen se desmorone por cualquier circunstancia.

Hay otras características de estas dictaduras, como por ejemplo –y en la medida en que la pobreza del país lo permita-, la manía de construir y magnificar cada obra; el esconder cualquier abuso a las leyes que el mismo régimen estableció para legitimarse, lo que no impide actuar duramente cuando el desvío de conducta de alguno de sus jerarcas se considere gravísimo, apartándolo, enviándolo fuera del país, o simplemente eso: apartándolo, literalmente. Por otra parte, si alguna familia o grupo industrial poderoso no se pliega al régimen, pues se les defenestra; y mucha gente poco afín a cualquier proyecto dictatorial, al intuir que la situación puede prolongarse durante muchos años opta por apoyarlo, a cuenta del bien personal y de las oportunidades de desarrollo profesional de sus hijos.

Puede que pase mucho tiempo antes de que el país recobre la libertad y la democracia como la concebimos en términos contemporáneos –si es que la ha tenido alguna vez-; esto es, transparencia administrativa, representatividad y fortaleza de las instituciones, respeto a la Ley y a los derechos humanos, y un nivel medio o alto de eficiencia y eficacia en la función integral del Estado; en todo caso, a esta clase de dictaduras se las puede describir de muchas formas, con más o menos detalle, y hasta se las puede clasificar con una suerte de semántica bien elaborada por los politólogos, pero apartando estas elaboraciones conceptuales, el hecho es que todo el mundo es capaz de reconocerlas.

El caso venezolano, por más que se lo quiera encasillar en alguna categoría, es prácticamente imposible, porque la dictadura chavista, además de ser tal, es simplemente un manicomio, que no solo está compuesto de locos, sino de fieras, que en la jerga chavista se denominan colectivos, al punto que se diferencia de tal manera de una dictadura normal –como es el caso de su criminalidad permanente y fuera de todo control del Estado- que los vivarachos intelectuales de la izquierda europea o latinoamericana, justamente afirman de que el chavismo no es una dictadura -otro ejemplo con el que se llenan la boca afirmando que el chavismo no es una dictadura es con relación a las elecciones: en dictaduras no puede haber elecciones, pero durante el chavismo ha habido varias, por supuesto todas ellas manipuladas fraudulentamente.

El chavismo es sinónimo de desgobierno; por ejemplo, ni se sabe cuantos somos, ni donde vivimos, ni se puede dotar de papeles de identidad a todos, ni suministrarle electricidad, agua potable, ni seguridad personal, ni una cesta alimenticia accesible hasta para quien tiene un ingreso mínimo. Eso no sucede en una dictadura seria, como tampoco allí el país estaría en una condición de fragilidad territorial y militar como lo está la Venezuela chavista, ni los diplomáticos que representan al dictador serían capaces de comportarse ridículamente como lo hacen los nuestros –comenzando por Delcy Eloína-, porque a la vuelta lo pagarían muy caro.

Pareciera ser, paradójicamente, que de alguna manera a los protagonistas de esas dictaduras su régimen sí les importa –incluso para efectos de seguir llenándose los bolsillos con dinero mal habido-, y por ello no son capaces de cruzar impúnemente ciertos límites de la decencia. Parece incluso que tuvieran conciencia de que todo eso no les durará para siempre.

No sabemos del todo por qué los jerarcas chavistas se comportan de esa manera; tal vez porque ellos saben que hagan lo que hagan el centro de decisión real está en la Habana, tal vez por la misma colombianidad de Maduro, o quizás porque dentro de toda la degradación educativa y cívica que se ha acumulado durante décadas en todas partes del planeta, ha sido en Venezuela donde ello ha impactado más, porque en toda Latinoamérica, cuesta mucho conseguir un militar tan básico y soez como lo fue Chávez, o como lo es Cabello, o mejor dicho, sí se lo consigue, sin irnos muy lejos, en la persona de Juan Vicente Gómez.

Como se ha dicho, en una dictadura de las tantas que hay por allí, los voceros son personas que cuidan mucho lo que dicen, mientras que en el manicomio chavista, al tiempo que una loca ignorante manda a sembrar acetaminofén, la presidenta de la empresa telefónica afirma que en el país internet es lento porque lo usa mucha gente, y Cabello –como presidente de la pasada AN- se fotografía con un garrote al estilo Trucutú; y mientras que con una exministra preñadita –término consagrado en su momento por el Comandante-, se corre el riesgo de que todo el país pase un bochorno ajeno a cuenta de las escapaditas del colombiano, la ministra de Justicia sigue diciendo que en las cárceles venezolanas no hay pranes; ahora el del Interior es imputado por la DEA por narcotráfico –la DEA cuando señala es que tiene todos los elementos para pisar en firme-, Jaua sigue con sus rebuznos, por un lado se critican las nacionalizaciones de las industrias proveedoras de PDVSA y por otro se le cae encima a Del Pino, al presidente del BCV lo pillan en la playa divirtiéndose con unas carajitas, el régimen hace un papel patético con lo de la presidencia de Mercosur, Aporrea da bandazos entre críticas feroces y apoyos incondicionales al régimen, el TSJ ha enloquecido política y legalmente, y así hasta el infinito, pasando porque ahora PDVSA tendrá un canal propio de televisión.

El único que habla muy poco, el pobre, porque se ve que el cargo que ocupa fue un capricho de Chávez para que la estructura de nuestro Estado se pareciera a la china, cubana o nicaragüense, es el Vicepresidente Aristóbulo.

Eso sí, cuando habla también rebuzna, pero lo hace tan esporádicamente que pareciera que él es el más cuerdo dentro de este diabólico manicomio en el que la irresponsabilidad de millones de venezolanos han optado por encerrarse.

Hermann Alvino

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