De Harvard a Cariaco (pasando por el Cementerio de la Guairita).


En un escrito de Ricardo Haussman nos enteramos del proyecto que este académico lidera en la Universidad de Harvard sobre el diagnóstico de las loqueras -y tropelías, suponemos…- con las que el chavismo ha hundido a Venezuela, y sobre la elaboración de las propuestas para al menos devolver al país a la familia de los estados no fallidos –http://goo.gl/zDZUW7

Obviamente que ello topa con la casi absoluta carencia de información confiable, tanto para realizar un diagnóstico realista, como para asomar soluciones, porque la opacidad informativa ha sido una característica chavista y una política de Estado al mejor estilo soviético y chino.

Sin embargo, las dudas que genera el proyecto es el enfoque casi exclusivamente económico, al abordar solamente temas como la balanza de pagos, el déficit, la deuda pública en todas sus variantes, el financiamiento internacional, o el control de cambio, aunque también hay una mirada atenta al marco de regulaciones que el régimen ha impuesto durante las casi dos décadas de su ciclo de poder, andamiaje éste cuya desmantelación será indispensable para (re)impulsar la iniciativa privada y la simplificación de todos los procesos del Estado.

Las dudas nacen por la aparente unidimensionalidad del proyecto, porque aun si existiera la oportunidad de aplicar inteligentemente sus contenidos, con los que seguramente se daría un paso importante en la recuperación de algo de prosperidad y paz social, y con todo que el mismo Haussman indica que un componente de su misión es “el diseño de una política social que auxilie a las familias venezolanas ante esta catastrófica situación”, esa misma sintaxis nos recuerda la que utilizaron los técnicos durante la preparación del programa de gobierno de CAP II, quien al aplicarlo a rajatabla pocos días luego de ser reelegido Presidente, causó aquella explosión social de la cual el país nunca llegó a recuperarse del todo -ni material ni afectivamente-, pulverizando luego tanto al sistema político y social de la democracia, como a la consideración que muchos venezolanos tenían por aquella gente muy talentosa -del IESA y PDVSA, entre otras instituciones de altísimo nivel-, a quienes los rayaron por su supuesta insensibilidad social, la cual hasta el mismo Chávez manipuló hasta la saciedad.

Aunque comprensiblemente, aquel plan respondió a la moda de la época, como fue lo impuesto por un Occidente liberal triunfante ante una URSS implosionada, esto es, aquel Capitalismo que gradualmente –a partir de Reagan y Thatcher- se iba despojando de toda ética social y reglas de juego que hacían más o menos posible la existencia de la mano invisible equilibradora, para adentrarse en el consabido neoliberalismo, o capitalismo de amiguetes, que durante estos 30 años ha profundizado la desigualdad social en EEUU y Europa, sobrepasando ese umbral que le ha permitido a la extrema izquierda, y la extrema derecha nacionalista, recobrar una vigorosa -y alarmante- vigencia política.

A aquellos profesionales se les había pasado por alto que Venezuela estuvo drogada durante tres décadas con la cantaleta de que el petróleo era una dádiva que había que disfrutar sin mayor esfuerzo personal, y por tanto no había ninguna razón para pagar un peaje razonable que garantizara el buen estado de las autopistas, ni motivos para no regalar la gasolina mediante ridículos precios de mercado. Mucho menos para pagar tasas e impuestos.

Todos ellos simplemente habían pasado por alto a Hegel, quien en su momento enseñó que cuando a una realidad determinada se le van sumando gradualmente cambios cuantitativos, en determinado momento todo el conjunto experimentará un irreversible cambio cualitativo.

Algunos ejemplos de aplicación hegeliana: si quemamos algo de hidrocarburos pues habrá algo de dióxido y monóxido de carbono en la atmósfera, pero si lo vamos haciendo durante décadas, ese calentamiento gradual -por el efecto invernadero de esos gases-, a la postre producirá un cambio climático; o si durante un par de temporadas no apareciera la lluvia, lo peor que podría pasar sería la ruina de la cosecha, pero si la sequía perdurase durante varios años, entonces habrá un desierto.

Las realidades sociales también responden a este concepto: un voto trampeado puede que no haga mayor diferencia en el resultado final, pero si ello ocurre en centenares de mesas electorales, el resultado será muy distinto; el tráfico automotor colapsa luego de la suma casi imperceptible de factores; la gradual acumulación de armas en los hogares norteamericanos ya comienza a generar matanzas de todo tipo; si un ciudadano o conductor bota papeles y basura en aceras y calles, la recolección de desperdicios lo compensará, pero si todos lo hacemos, entonces terminaremos viviendo permanentemente rodeados de porquería -nuestra gente de cerro ya lo sabía desde los inicios mismos de los barrios.

Más aún, la sociedad globalizada ha ido causando pequeños cambios aparentemente inofensivos, como el goteo de inmigrantes en el Reino Unido, el cual de repente cambió la estética urbana al percibir como la piel blanca poco a poco disminuía en cantidad, reviviendo miedos que se creían superados, como el temor a que el extranjero diferente robe los empleos disponibles, forjando así el triunfo del Brexit; si en una sociedad, el desempleo se vuelve crónico, llega un momento en que la mayoría de desempleados ni siquiera se tomarán la molestia de buscar trabajo; si al ciudadano se le acostumbra a las dádivas no merecidas, a la postre todos estaríamos buscando la mejor forma de ganar dinero sin trabajar; y si durante años nos vienen insuflando bits informativos sobre lo heroico que es Fidel, al final todos terminaremos siendo filocubanos –y de esto el nazi Goebbels también sabía mucho.

Ésta es la misma diabólica dialéctica que durante casi veinte años el chavismo ha impuesto en Venezuela, y por tanto cualquier plan de gobierno para sacar al país de ese abismo, donde ahora convive con los países más miserables de la Tierra, además de contener propuestas socioeconómicas adecuadas, también tendrá que considerar que la resistencia a un cambio para bien será enorme, y ello será así, porque el chavismo ha acostumbrado a millones de venezolanos a medrar y a mendigar, completando así esa misión iniciada durante la democracia prechavista.

Cualquier plan de gobierno debe entender que la salida no es solamente económica, ni jurídica, y comprender la necesidad de una transición educativa a marcha forzada, para que esos millones de venezolanos acostumbrados a las dádivas, reorienten su visión de la vida y se conviertan en esos entes productivos que toda sociedad civilizada demanda, y para medio enderezar a la fuerzas armadas, a los cuerpos policiales, y a jueces y fiscales, tanto para combatir la desbocada criminalidad callejera, como la de cuello blanco dentro de las entrañas del mismo Estado, cuyos funcionarios chavistas han consolidado a la impunidad como un patrón cultural.

Pero incluso desde la misma perspectiva de Haussman el problema no es nada sencillo, porque si en el pasado ya era misión imposible detectar a algún político dispuesto a quebrar lanzas para un aumento del precio de la gasolina, o para impulsar un cambio libre de divisas, tantos años democráticos, y luego chavistas, acumulando bits culturales a favor de la mentalidad controladora, han consolidado ese cambio cualitativo en la mentalidad de nuestras élites intelectuales y gobernantes, las cuales, y sin importar su ideología, se resistirán frontalmente a medidas de este tipo; y lo que es peor, la misma ciudadanía, como ya hizo en el pasado, provocaría un vacío importante en el apoyo necesario para que un nuevo gobierno democrático pueda mantenerse.

Puede que en Harvard no se hayan percatado del todo, pero lo del comportamiento caótico y anárquico de millones de venezolanos –sea por necesidad o por esos antivalores que gradualmente ha ido imponiendo el chavismo- se ha convertido en un problema muy real, y por ello el descuidar ese salto de calidad por el que ha transitado una población que cada vez más internaliza una aversión al principio mismo de autoridad, condenaría desde sus inicios a cualquier plan de gobierno. Un testimonio más o menos tragicómico de ese comportamiento lo  podemos apreciar en la reseña sobre las rochelas de malandros y de la misma clase media en el Cementerio de la Guairita, que en teoría ofrece un entorno de reflexión y seguridad bastante diferente al del Cementerio General del Sur de la capital –http://goo.gl/EiMqNi-; aunque si realmente se desea algo más duro, pues basta recordar los sucesos de Cariaco –http://goo.gl/Cyohus

Devolverle un mínimo de contenido cívico, tanto a los civiles como a esas fuerzas policiales, es un reto que rebasa cualquier visión economicista de la sociedad, la cual sabemos que es necesaria, más no suficiente, lo cual legitima una pregunta a Haussman con relación a lo que afirma sobre “la oportunidad” que él mismo ha tenido para “liderar proyectos similares para muchos países”: ¿cuáles países?, ¿países con un grado de envenenamiento mental e irresponsabilidad cívica similar a la que el chavismo ha inoculado a gran parte de nuestra población, para inmunizarlos frente a cualquier rastro de esfuerzo personal y comportamiento civilizado?, ¿países como España, para cuyos trabajadores, luego de ser noqueados por la austeridad neoliberal, la misma presidenta del FMI recomendó bajarles los sueldos en un 10% –http://goo.gl/58GD1J?, porque de esa respuesta dependerá considerar su experiencia como relevante, o reforzar las sospechas sobre la unidimensionalidad de su proyecto, por la permanente sensación -basada en realidades, por lo demás- de que esas ideas siempre conllevan un profundo desequilibrio en los sacrificios que los diversos estamentos sociales realizan…tanto Lagarde como los burócratas europeos jamás se bajarían el sueldo…

Por tanto, a sabiendas de que lo urgente es salir del chavismo a como dé lugar –entendiendo que cualquier camino no pacífico es un azar que podría traernos más barbarie y dolor-, el enorme esfuerzo que se realiza en Harvard parece que solo apunta a una porción de lo importante –que no es poco-, con un programa de gobierno frente al cual hasta el demócrata más íntegro tendrá legítimas dudas sobre si será realista desarrollarlo a plenitud dentro de un estado de libertades; porque en países que han sufrido esos cambios cualitativos para peor, como Venezuela, la tentación del cesarismo ilustrado siempre se colará.

En este sentido, y para aumentar las probabilidades de que cuando llegue el cambio éste se consolide en libertad y en buenas manos, por un lado estos analistas deberían aprehender esas realidades sociales que en el pasado desdeñaron, y por su parte, quienes aspiran a legislar y a gobernar este país para bien de todos, a su vez deberían enterarse de la complejidad técnica que esa misión conllevará.

Ambos grupos, y ello es de perogrullo, técnicos y políticos deberán complementarse, de lo contrario la historia probablemente se repita. Para mal, como siempre.

Hermann Alvino.

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