El esperpento


De la naturaleza de cada dictadura se deriva la intensidad del control sobre la vida de la gente; así en una dictadura totalitaria no teocrática –como la fascista o la comunista-, el dominio es prácticamente completo, desde los precios de todos los bienes y servicios, hasta los permisos para viajar a otro lugar dentro del mismo país, o incluso para mudarse de vivienda en la misma ciudad.

Las dictaduras no totalitarias -latinoamericanas, africanas y algunas asiáticas como la reciente birmana o menos reciente filipina- son más laxas; éstas ciertamente controlan lo fundamental, esto es, donde está cada uno y qué hace, lo cual obviamente ofrece información fundamental sobre las actividades políticas que puedan incomodar al régimen de turno. Pero en otras áreas de la vida no interfieren tanto, de forma que siempre hay un margen de libertad económica.

Sin embargo hay dos características que son comunes a ambos tipos de dominio social: la primera es que en cualquier actividad de corrupción, contrabando, mercado negro, etc., siempre estará presente el régimen como cómplice, a veces llevándose la parte del león, o a veces como simple socio permisivo. Dejar margen para estas cosas no solamente es una importante fuente de ingresos para sus funcionarios y esbirros, sino que sirve para mantenerlos contentos. En la dictadura haitiana de Duvalier, por ejemplo, a los matones Tonton Macoutes se les daba rueda libre para que saquearan cualquier hogar, entre otras cosas, para redondearse el sueldo.

Lo segundo que tienen en común es la represión casi total de esa criminalidad callejera, en la cual y a diferencia de la anterior el Estado no participa, lo cual por vía indirecta implica que la gente está relativamente segura contra esos atracos y asesinatos derivados de la delincuencia común. De manera que siempre que uno no se meta a conspirador, viva su vida y mire para otro lado, es muy probable que luego de cada jornada laboral se pueda volver vivo a casa. Pobres o ricos, humillados o no, vivirán para abordar el día siguiente.

Ese control sobre la delincuencia común es debido a que las dictaduras aborrecen el crimen de calle, por ser una actividad que potencialmente desestabilizadora del status quo si la gente llegara a hartarse también por ese problema. En este sentido, las policías corruptas, las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad del régimen, de alguna manera limitan su radio de acción criminal solo a esos niveles comentados anteriormente, junto al soborno de funcionarios de menor rango, un incordio que después de todo no implica ningún riesgo vital.

El caso Venezuela es por tanto muy diferente y anormal, puesto que la dictadura chavista, teniendo en común con las demás lo de la complicidad estatal en actividades criminales a gran escala que no implican criminalidad callejera, se ha diferenciado de aquellas en dos variantes; la primera ha sido la metamorfosis policial, que aparte de los sobornos mencionados ha pasado a se un cuerpo delictivo para cometer atracos, secuestros y asesinatos, y la segunda es la absoluta pérdida de control en materia de criminalidad callejera, ya sea por desgobierno e incompetencia o por la inicial complicidad de Chávez con las bandas criminales de barrio, a las cuales se les armó y motorizó para asegurar su apoyo político, luego de lo cual éstas –ya con ese equipamiento y armas que ni de lejos habrían obtenido en un régimen dictatorial normal, y con el control territorial asegurado- comenzaron a desplegar a plenitud su propia agenda.

Llama la atención, sin embargo, que este desmadre criminal se haya producido incluso bajo las narices de los mismos cubanos que desde hace una década controlan nuestras instituciones fundamentales, porque allá en la isla, siendo el castrismo una dictadura totalitaria, su criminalidad institucional se multiplica con el tráfico internacional de armas, de drogas, con el mercado negro y el contrabando masivo, mientras reprime duramente al hamponato y al raterismo. No es frecuente que allí ocurran atracos a plena luz del día, ni secuestros diferentes de los de naturaleza política.

Solo queda entonces entender que para Cuba, Venezuela es una mera colonia dentro de la cual su control se ha limitado a las actividades criminales de alto vuelo, a los grandes negocios -por decirlo de alguna manera-, dejando el campo libre a los nativos para que nos matemos entre nosotros a partir del descontrol de sus títeres chavistas en esta materia fundamental para uno vivir dentro de una sociedad más o menos civilizada.

Por otro lado, las dictaduras son muy efectivas cuando crean sus propias constituciones y leyes, cual traje a la medida, porque sus leguleyos son muy talentosos en estas actividades, no dejando casi ningún resquicio ni vacío legal. Por tanto, los tribunales y las cortes supremas que se configuraron a conveniencia de cada régimen, cuando se trata de interpretar lo escrito prácticamente no tienen trabajo. Allí todo está bien atado pues.

Es aquí entonces donde aparece la otra enorme diferencia entre el chavismo y los otros regímenes, porque la dictadura de Chávez también redactó su constitución a conveniencia, y legisló con mano libre durante una década, para disponer de leyes para todo, pero el detalle está en que la mediocre redacción de todo ese cuerpo legal, más la enorme cantidad de vacíos legales causados por su incompetencia conceptual, gramatical y sintáctica, hace que incluso si estuviésemos en una democracia plena, sería obligatoria su interpretación, y de allí a apresar a Leopoldo López, o a que los integrantes de nuestro bien amado TSJ abusen y prevariquen, pues hay un solo paso. Incluso menos.

Si eso fuera todo pues cada ciudadano de antemano sabría que esa interpretación sobre el texto escrito, tanto constitucional como en materia de diversas leyes, siempre será realizada para beneficiar al régimen, sin embargo –y aquí está el aporte innovador del chavismo a la ciencia del Derecho, que ha convertido a todo el régimen en un esperpento-, cuando de todas todas ya no hay margen ni texto escrito para favorecer al régimen, el TSJ reescribe las leyes (!), y hasta emite decretos que solo le corresponden al poder ejecutivo.

Dicho esperpento además, hablando en términos beisboleros, tiene la capacidad de picar y extenderse, porque no solo ya no era suficiente con indicarle a la GNB que impida las manifestaciones opositoras frente al CNE, sino que en materia de nacionalidad venezolana, para ser Presidente, nacer o no en el territorio nacional ya no tiene ninguna importancia.

Puede que medio país se indigne frente a esto, y puede pensarse que ya es clavo pasado, porque después de todo ya está más que probado que manifestar no sirve de mucho cuando un régimen no está dispuesto a ceder en nada, además de que han pasado tres años desde que la mitad del país votó e impuso fraudulentamente a un candidato a Presidente no nacido dentro de nuestras fronteras.

Pero el asunto ya no parecería cosa del pasado si la oposición, luego de superar todas las trabas que de mala fe le está poniendo el CNE al referendo revocatorio, se topase en la víspera con una decisión del mismo TSJ postergando o anulando todo lo andado…está a la vista, ¿o no?…

El enemigo real entonces para los demócratas venezolanos no es Maduro, ni sus cubanos esbirros y chulos, sino esta degeneración institucional llamada Tribunal Supremo de Justicia, comandado por una vivaracha que pudo obtener su doctorado con una tesis que se basa en la independencia de poderes a partir de una interpretación parida en conchupancia con el podemita español Monedero, un conocido delincuente intelectual, quien al igual que esos profesores que siempre han medrado en nuestros centros educativos, en vez de ejercer la libertad de cátedra para buscar la verdad en todas sus dimensiones, aprovecha la debilidad del sistema educativo, y el descuido que la democracia siempre ha tenido con relación a la cultura, para hacer proselitismo político desde la tarima profesoral, como ahora hace su exalumna desde la tribuna del TSJ. http://goo.gl/Bje2kQ, http://goo.gl/EbcWtX

No sabemos si fue un chavista o un cubano quien eligió al TSJ como instrumento para liquidar a la AN y a toda la oposición democrática. En todo caso la estrategia es genial, porque al margen del madrugonazo de la anterior AN para designar a sus representantes, el TSJ está ungido de una sacralidad constitucional que internacionalmente todos respetan, en virtud de que a nadie en su sano juicio, incluso si le acompaña alguna tentación poco democrática, se le pasaría por la mente sospechar que su corte suprema de justicia es capaz de prevaricar y reescribir a conveniencia el texto constitucional.

El TSJ entonces no solo es el enemigo interno a vencer, sino el ariete con el cual el chavismo se (re)legitima internacionalmente cada vez que hay necesidad de ello.

De manera que en vez de andar pataleando y polemizando con el TSJ, la oposición organizada lo que debería formular es una estrategia legal para cambiar esos miembros cuya indignidad no los hace merecedores del título de magistrados.

Ése es el objetivo entonces, y seguro que debe haber una manera de lograrlo…

Hermann Alvino

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