Un plan de país (3/3)


Rehacer un país requiere de una indispensable voluntad política que a su vez debe basarse sobre una voluntad popular, aunque muchos puedan afirmar que es al revés: o sea que es el pueblo quien decide cambiar de destino, para así designar –o elegir- unos gobernantes que concreten ese deseo; pero ello no es así, puesto que un país –un pueblo- siempre estará dominado por una élite de turno, capaz de convencer sobre su legitimidad, o simplemente imponiéndose como sea, y por tanto, la frase solo el pueblo salva al pueblo es una falsedad moderna inventada, y muy bien difundida. por quienes le han arruinado la vida a medio planeta, a cuenta de justificar su moralmente ilegítima representatividad como gobernantes.

De esa élite depende el destino de un país, teniendo mano libre para arruinarlo, para empobrecerlo, para congelarlo en el tiempo mientras se desarrolla ese ciclo de poder, o para sentar las bases de la prosperidad espiritual y material, e iniciar ese camino, esperando que esos fundamentos sean lo suficientemente sólidos como para que su relevo no revierta lo andado.

La Venezuela petrolera -aun con la riqueza que esa misma frase encierra de por sí- no dio el salto al Siglo XX por voluntad popular, sino cuando parte de la élite que relevó al dictador Gómez se propuso hacerlo; por otra parte, el desarrollo de la infraestructura perejimenista -de la cual el país aun se beneficia, y mucho- fue una simple imposición del dictador; así mismo, los avances durante la democracia prechavista se derivaron de la visión y voluntad política que pudieron fraguarse gracias al inmenso liderazgo de Betancourt, Villalba y Caldera, quienes fueron capaces de generar una masa crítica inicial de liderazgo y recursos humanos cuyo impulso duró casi veinte años, para luego irse apagando -tanto en ideas, como moralmente- rompiendo así el hilo afectivo y conceptual con ese pueblo que nunca pudo ser cívicamente responsable a plenitud, y que en determinado momento –justamente: de manera irresponsable- pensó que era dueño de su destino, y eligió a Chávez. Las bases de aquella democracia betancuriana se habían vuelto muy frágiles, y solo quedaría por juzgar si ya lo eran en sus inicios, o si los sucesivos relevos se encargaron de debilitarla.

Esa opción popular, una vez comprobados los abusos del chavismo y el sufrimiento que le ha causado a todos, obviamente confirma todo lo anterior, esto es, que quienes tienen la sartén por el mango son las élites, y que con la jerarquía chavista, pues se dio el caso de que optó por reventar esa paz y relativa prosperidad para retroceder al país a los niveles de primitivismo político de hace sesenta o cien años.

Es con esta perspectiva que quienes aspiran a rehacer al país deberán ver las cosas: porque se enfrentarán a un pueblo moralmente desehecho y materialmente en harapos, cuya formación técnica de partida no será la adecuada para abordar la misión, y que además una parte no desdeñable de éste cree que es dueña de su destino y de que tiene patria, o peor aun -que es lo que astutamente han impuesto los chavistas ortodoxos- cree que a causa de la torpeza de Maduro se ha  perdido el legado de progreso que dejó Chávez, sin percatarse que la destrucción nacional vino precisamente por mano del barinés, y que Maduro, o quien podría haber estado en su lugar, ha sido un simple mandadero de los cubanos, y un descarado vividor a cuenta de la lotería del poder que le tocó en suerte.

El efecto de todo ello a futuro es que parte del país no estará en condiciones materiales para asumir el inmenso sacrificio que supondrá producir bienes y generar servicios dentro de un presupuesto petrolero que se estima que durante un par de décadas rondará los 40$ por barril, mientras la otra parte –chavista por devoción- estaría permanentemente oponiéndose a esos sacrificios, intentando revivir el relajo laboral –o sea, cobrar sin trabajar- que le impusieron al país los dos Comandantes –el barinés y el cubano-, al tiempo que se despilfarraban los mejores años petroleros de nuestra historia.

Para las élites que vendrán, entonces, y suponiendo que realmente deseen cambiar las cosas,  la gestión política y económica de esa pinza será decisiva para que lo puedan hacer en democracia, -esto es, por las buenas-, sin que ese proyecto de cambio sufra discontinuidades, derivadas de la permanente rebelión a la que estarán sometidos por parte de quienes ocupen el papel de los actuales chavistas.

En este sentido, la materialización de un mínimo de prosperidad y empleo serán decisivas para disponer de un mínimo de paz y apoyo social; para ello, y durante al menos una década, habrá que mantener y exprimir al máximo el modelo rentista al tiempo que se vaya fomentando la inversión en innovación tecnológica y en formar a todo un país para competir industrialmente con los demás, sin caer en la tentación de imitar el modelo chino –que por lo demás no se llevó a cabo en democracia, y además destruyó gran parte de su biosfera-, ni el brasileño –cuya podredumbre está a la vista, y cuyo retroceso a causa de la disminución del precio de las materias primas que exporta, indica que en el fondo Brasil sigue dentro una economía rentista que además ha destrozado parte de su biodiversidad para horror de todo el planeta.

Como la renta petrolera está y seguirá a la baja, y PDVSA está pulverizada –junto a la CVG-, el único camino que queda es renegociar deuda externa y ceder una parte importante de la soberanía petrolera y minera, esto es, privatizar parte de ese monstruo inútil que creó Chávez; y dado que los números condicionan esta dura realidad, ello es una opción inevitable que además implicará  deshacer en parte lo andado durante CAP I con las nacionalizaciones del petróleo y del Hierro, siendo ello una gota más de las consecuencias del legado chavista: retroceder en materia petrolera a los acuerdos existentes de hace medio siglo.

Pero la clave para el cambio será invertir de verdad esos ingresos en formación, y en infraestructura pública, dándose por sentado la apertura económica total que permita reinvertir libremente en el país –y repatriar capitales- para rehacer la estructura privada agroalimentaria y manufacturera.

Durante ese lapso el objetivo no sería competir internacionalmente -ya que al igual que en el pasado el modelo rentista no se ocupa de ello- sino el de crear las condiciones para convertirse en una potencia regional manufacturera e innovadora, un objetivo realista porque a diferencia de varios de los llamados tigres asiáticos que se convirtieron en competidores globales exitosos, Venezuela tiene las materias primas necesarias para producir la infinita variedad de derivados de los hidrocarburos y metales tracicionales como el Hierro y el Aluminio, además de tierras raras que son utilizadas en dispositivos electrónicos como celulares, radares, satélites, y muchos equipos de alta estrategia para cualquier país. Por ello es que justamente se habla de reinversión en formación y en innovación –comenzando por las universidades y centros de investigación-, complementada con la apertura económica.

Por supuesto que el esfuerzo y sacrificio para llegar a ese punto será enorme, después de todo, la vida de los países prósperos es muy dura, y los abusos del capitalismo –o neoliberalismo- han ido laminando el Estado de Bienestar de las potencias tradicionales, las cuales para mantener el empleo, a sabiendas que no pueden competir con países con mano de obra muy barata –y desafortunadamente muchas veces semiesclava-, se orientan a agregar valor, innovando.

En cualquier caso Venezuela siempre tendría las de ganar, por su posición geoestratégica, por sus materias primas, por su eventual disposición a realinearse de manera flexible tanto con ese Occidente-Japón tecnológicos como con China, y porque ni el número de sus habitantes ni su ecosistema han llegado a extremos catastróficos.

Sin duda que los elementos para convertir al país en un verdadero emporio de riqueza y ganas de futuro están a la mano, pero aunque muchos piensen que todo sería cuestión de aplicar el sentido común y copiar acá lo que de alguna manera ha funcionado en otras partes -además de hacerlo con valentía e integridad moral indiscutible-, no deben olvidar que los elementos conceptuales son muy complejos, comenzando por el entramado jurídico y económico, y que ello no puede ser obra de uno que otro iluminado que ahora sale a vociferar por las calles contra el régimen.

Salvo entonces algunas excepciones que han demostrado estar a la altura de esta clase de retos políticos y programáticos, el resto de recursos humanos no está a la vista -e incluso tal vez se haya ido-; por tanto la primera tarea por realizar sería la misma que abordaron Betancourt et all, esto es: acuerpar a ese talento nacional que cree en este nuevo paradigma –nuevo para Venezuela, más no para un tercio de ese mundo que prospera y triunfa.

Porque infortunadamente, quienes realmente visionan ese paradigma y han desechado el modelo rentista que tanto daño nos ha hecho, son muy pocos –en la MUD, tal vez ninguno, fuera de ella uno(a) que otro(a)…un choque de visiones que constituye otro punto en contra con el que de partida habrá que lidiar para salir del pozo.

Hermann Alvino

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