Calle ciega.


Hay que asumirlo de una vez por todas: en Venezuela están dadas las condiciones para un golpe de Estado -los marxistas, los chavistas y los filocubanos usarían la frase redundante “condiciones objetivas”, para una realidad que va con ellos también: porque el golpe está allí, esperando, y tal vez solo el referendo revocatorio –no importa su resultado- sea lo único capaz de aplazarlo, mientras se conforma otro escenario que eventualmente lo conjuraría.

No es alarmismo, sino simple comparación con escenarios parecidos de otros países latinoamericanos: saqueos, crimen desbocado, anarquía jurídica, represión errática y desgobierno general. Como ejemplos concretos podemos recordar la Argentina de María Estela Martínez -mejor conocida como Isabel de Perón-, heredera inmediata del poder que dejó su marido al fallecer, y quien apenas duró dos años como Presidenta antes de que el país terminara de sumergirse en la sombra de una tragedia humana éticamente comparable a la que se vivió con el nazismo.

Isabel fue tan inepta como lo es Maduro, y al igual que él heredó un país desordenado y errático, el cual obviamente, no fue capaz ni de arreglar ni de sentar al menos unas bases mínimas de funcionamiento; ella, al igual que Maduro, heredó el poder de un país en caos de su marido Perón, quien antes de morir había sido presidente durante un año.

Maduro a su vez heredó el poder de Chávez, quien también durante varios años puso al país patas arriba, aunque no desde el exilio sino directamente desde la Presidencia. Y ambas herencias sorprendieron a más de uno, mas no a los vivianes encargados de ir convenciendo al candidato a fiambre sobre su sucesor(a): Lopez Rega por una parte, y Fidel por otra.

También podríamos referirnos al caso chileno, con un Allende secuestrado por las fuerzas extremistas más dispares, porque sus casi tres años de gestión caótica evidenciaron una ineptitud “objetiva” para gobernar que en retrospectiva sería comparable con la de su vecina Isabel, y con la que ha mostrado Maduro durante estos dos años.

Lo único que podría diferenciar a Maduro de aquellas dos joyitas, es que tanto Allende como Isabelita llegaron legalmente a la Presidencia, mientras que Nicolás fue un doble fraude de Ley, por no ser venezolano, y por haberse impuesto mediante una monstruosa trampa informática; y aunque esos dos detalles no sean relevantes en un pueblo desmemoriado y que hace tiempo que dejó de ser bravo, sí serían dos motivos oportunamente revividos para un eventual golpe.

Lo que en cambio sí es para tomar nota es una similitud entre aquellos militares sureños con nuestras fuerzas armadas: las gorras del Sur se agruparon en una cruzada religiosa anticomunista que hasta dispuso de cardenales como apoyo político y transmisor de esos valores -valga el término- que fueron el sustrato para una represión extrema, mientras que en las fuerzas bolivarianas, y con igual fortaleza espiritual, impera el filocastrismo.

Pero esa realidad espiritual a su vez indica una fundamental diferencia “objetiva”: ningún militar argentino ni chileno aceptaría doblar la cerviz ante una fuerza extranjera militar ni política…justamente, uno de los detonantes del golpe de Pinochet fue la entrega allendista a Fidel, al igual que para Videla fue la de Isabel a la ultraizquierda internacional, mientras que para nuestros militares, siendo ya parte de su esencia vil el recibir órdenes de los cubanos, un golpe criollo solo serviría para que el invasor caribeño pueda quedarse hasta que le dé la gana.

Por otro lado, la actual atmósfera social de Venezuela se parece demasiado a la que, en vísperas de golpe, había en Chile y Argentina: caos gubernamental, un desmadre de la violencia, y un desorden económico con escasez e hiperinflación; pero aquella violencia sureña era política, con enfrentamientos diarios entre el castrismo, la extrema izquierda y los grupos paramilitares de derecha, mientras que la venezolana es por la criminalidad desbocada y la degeneración de las fuerzas armadas y policiales que se dedicado a delinquir, y a matar.

Por otra parte, las loqueras económicas de aquellos dos presidentes del Sur no lograron pulverizar a la industria, porque a pesar de la actividad desestabilizadora que el peronismo desarrolló durante casi veinte años, los gobiernos argentinos tuvieron relativo éxito para que allí se siguieran produciendo los bienes y servicios indispensables para su población; igualmente, las políticas de los gobiernos de derecha y la DC chilena que se llevaron a cabo antes de Allende, habían llevado al país a un nivel industrial capaz de abastecer de lo necesario a su gente.

Por ello, durante esas dictaduras donde sí hubo muchos muertos, muchas crueldad y represión, y profunda desigualdad, no se pasó hambre, ni faltó desodorante, ni papel de baño, ni crema dental, ni hubo apagones, ni faltó agua, a diferencia de la Venezuela de Chávez, cuya destrucción material e institucional –completada por Maduro- fue desarrollada de la mano de nuestros militares como protagonistas de primer orden del régimen.

Por ello, a diferencia de aquellos sentimientos encontrados que los golpes generaron en aquella clase media argentina y chilena -por una parte el horror mismo del evento, y por otra la expectativa para retomar un rumbo democrático normal en un plazo razonablemente corto, sin  siquiera sospechar lo que se les veía encima- en Venezuela, dados los antecedentes de estos militares que ya están en el poder, la idea de un golpe es motivo de verdadero pánico.

Venezuela obviamente no ganaría nada con ello, a diferencia de estos ladrones con gorra, ineptos con uniforme, filocastristas con revólver, quienes apartarían de una vez por todas cualquier obstáculo formal que les impide terminar de apoderarse de toda la piñata nacional.

Mientras tanto el país se va pareciendo a esas naciones nórdicas que trabajan bastante menos que las tradicionales 40 horas que la cultura occidental ha impuesto durante un siglo, aunque ello responda a razones muy distintas a la productividad de esos catires que agrega gran valor a sus bienes y servicios: es por falta de electricidad; un motivo que por más que uno se lo cuente, ellos no se lo creen, y por tanto tampoco terminan de comprender los brotes espontáneos de violencia que causa la inquietud de reversión hacia la Edad Media, en un país donde, al igual que creían Isabelita y Allende, Maduro cree tener controlados a los militares, cuando la realidad es que Maduro, Cilia, y hasta el mismo Diosdado, desde que se quitó el uniforme para ser diputado –un título que le queda muy grande-, sí son tontos útiles de la misma gente que supo hacer de Chávez otro bolsa al servicio de China, Irán, Siria, Rusia y Cuba.

Y, justamente, a los tontos los dejan figurar hasta que dejan de ser útiles…como por ejemplo cuando un país se les va de las manos, para que sean apartados por quienes tienen el poder real. Solo falta por ver en qué acera está Padrino López y los uniformados que les dan planazos a los diputados en el CNE, aunque probablemente ellos también son tontos útiles del poder cubano.

Al igual que cualquier evento de la Historia, los golpes de Estado son un proceso que en algún momento llega a un punto sin retorno, y solo un liderazgo democrático grande -individual o colectivo-, creíble, y con mucha ascendencia interna e internacional, sería capaz de revertir ese caudal de descontento de cada venezolano de a pie, y esa ceguera, tanto de la oposición, cuya envidia interna la incapacita para unirse, como la de los imbéciles que actúan de comparsas desde el poder ejecutivo y judicial, a su vez incapaces de ver que cada traba que su CNE le pone al referendo, y que cada zancadilla que su TSJ le pone a la Asamblea Nacional, son un pasito más hacia esa irreversibilidad que será el corolario de una tragedia que comenzó con un intento fallido de golpe, continuó con un sobreseimiento de la causa, y se consolidó con la irresponsabilidad de todo un pueblo lleno de resentimientos, ávido de venganza, y tan huérfano de autoestima como para animarse de nuevo a aceptar que le guíe otro militarejo, en un círculo vicioso de nunca acabar, que no es precisamente realismo mágico, sino estupidez pura.

Hermann Alvino

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