Tiempos extraños (5/5)


El sistema de Westfalia, sus variantes de Viena, el vengativo Tratado de Versalles, y el statu quo llamado Guerra Fría, han logrado limitar los alcances de la guerra, siempre que algún gobernante de una que otra potencia no insista en conquistar territorios ajenos independientemente de las consecuencias que sus actos acarrearán para todos; en este sentido, el integrismo musulmán es igualmente un detonante porque se compone de una alianza entre grupos afines en distintos países, para quienes el poder es estatal, no es un objetivo final sino un medio para impulsar una lucha religiosa más amplia; para ellos, el sistema de Wesftalia, al no derivar de una “base divina”, ni siquiera es una opción.

En Medio Oriente están surgiendo fenómenos que el sistema político internacional adoptado por el pensamiento occidental no es capaz de gestionar, salvo apoyando con armamento a uno que otro gobernante para recuperar el control de sus territorios y eventualmente volver a reintegrarse en dicho sistema. Pero ello no está dando resultado a causa del resentimiento islámico hacia Occidente, el cual se combina con las mismas divisiones entre musulmanes.

A la inquietud por la decadencia de Occidente causada por las formas que ha ido adoptando ese pensamiento, debe sumársele la posibilidad real de que el vacío político y cultural que va dejando sea ocupado, aunque sea parcialmente, por otra concepción del mundo; y para comprender mejor los motivos por los que ese vacío se está produciendo desde el punto de vista del individuo, es que recurriremos a la obra de Jacques Bazun.

Bazun escoge y analiza el desarrollo del pensamiento occidental desde el año 1500 -el nacimiento de la Ciencia moderna- hasta el 2000; las etapas que establece son: desde la revolución luterana hasta la revolución newtoniana –siglos XVI y XVII-; desde Luis XIV –el nacimiento del Estado-nación- hasta la Enciclopedia y la Revolución Francesa –D’Alembert, Didedot, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, o sea el llamado Siglo de las Luces-; el Romanticismo -como reacción frente al racionalismo, que también será la raíz del Liberalismo-, para entrar de lleno a Goethe y consagrar así a la Historia, las costumbres y la misma Geografía como elementos que conforman la interacción humana por encima del racionalismo puro; la entrada a la Década Cubista previa a la Primera Guerra Mundial; y el desarrollo del  siglo XX.

Obviamente cada período se asocia a los eventos geopolíticos de su tiempo y a la componente tecnológica que hacía posible la agenda política de cada gobernante, así como al empuje psicológico derivado de una creencia ciega de los valores de turno.

Como todo historiador, el autor escoge su propio ángulo para resaltar la importancia particular de ciertas personas, como Pierre Gassendi -precursor del empirismo medio siglo antes que Locke-, o Pierre Beaumarchais –como factor cultural y político en la independencia de EEUU e indica que no basta el genio o el impulso de alguien para echar adelante un fenómeno social sin una tecnología puesta a punto para ello; por ejemplo, si las 95 tesis de Lutero, pegadas de la puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg el 31 de octubre de 1517, no se hubieran escrito con la imprenta ya en funcionamiento, tal vez no habría habido ningún desgarro religioso dentro del Cristianismo -al menos por un tiempo-; e incluso con el artefacto impresor a disposición, dicha publicación habría tenido poco recorrido sin las debidas mejoras en la calidad del papel y la tinta; ello indica además que el progreso tecnológico depende de la interacción de muchos descubrimientos, donde la genialidad consiste en detectar una serendipia y una sinergia inesperada, para concretar una aplicación determinada que cambie nuestras vidas; visto así, Barzun tiene un abordaje idéntico al que expuso el periodista británico James Burke, en sus libros Connections y The day the Universe changed, entre otros.

Por otra parte, Barzun advierte contra la tendencia que cataloga como revolución a cualquier cambio importante, limitando este título a unos pocos eventos: el terremoto religioso a partir del siglo XVI, la fortaleza monárquica de un siglo más tarde, la Revolución Francesa, el Liberalismo, y la Revolución Rusa del siglo XX; una lista discutible que se enlaza con los saltos del pensamiento occidental que han ido conformando el mundo tal y como es: la emancipación, el individualismo, la autoafirmación, la abstracción y el análisis, los cuales son no solamente los pilares espirituales del Occidente actual sino la misma semilla de su eventual decadencia.

La emancipación se presenta como una suerte de consigna seductora que caracteriza a toda revolución, para llegar luego al primitivismo, como reacción al frenético ritmo de vida que impone la urbanización del planeta, y al individualismo, como síntesis de dicha emancipación y autoconciencia.

Por su parte, la autoafirmación –o autoconciencia­­– nace con el mismo Sócrates –conócete a ti mismo-, recorre toda la filosofía griega y los padres de la Iglesia para llegar hasta Descartes, Leibniz, Kant, Hegle, Marx, Freud, Heiddeger, y culminar –añadimos- con avances neurocientíficos como los de Damasio, que invierten el pienso luego existo de Descartes.

La abstracción y el análisis son justamente la base del método científico, junto al reduccionismo – utilizado por primera vez en las artes plásticas por los cubistas-, para llegar a la especialización, y la dificultad de comunicación entre las diferentes disciplinas humanas.

Con estos elementos se pueden valorar las diversas definiciones con que Bazun identifica a estos tiempos: época de la incertidumbre, de la ciencia, del nihilismo, de las masacres, de la globalizacion, de las dictaduras, del diseño, de la derrota, de la comunicación, del hombre corriente, del cine, de la democracia, de la infancia, de la ansiedad, de la ira, de las expectativas absurdas; todo lo cual recuerda la modernidad líquida definida por Zygmunt Bauman: un tiempo sin certezas, o de incertidumbre endémica, donde las estructuras sociales que se van formando no tienen oportunidad para solidificarse, por ejemplo en el trabajo, debido a la flexibilidad laboral que impide consolidar una cultura y un grupo humano permanente, y en la familia, abierta, flexible, dispuesta a varias combinaciones, o a su fragmentación.

En este entorno pragmático y cortoplacista, el individuo está continuamente obligado a desarrollar nuevas tácticas para tener un mínimo de probabilidades de éxito dentro de su alienación, porque paradójicamente, esa cultura relativamente vasta que le ofrecería perspectiva, ahora es inútil frente a una economía de servicios y de manufactura robotizada, que requiere empleos que exigen un conocimiento puntual, para aplicarlo repetidamente.

La desorientación en tiempos extraños e inciertos -para efectos de nuestra convivencia pacífica y nuestra realización personal- la atribuye Bazun a la decadencia del pensamiento occidental a partir de las contradicciones que se generan por la hipertrofia de cada uno de esos elementos mencionados anteriormente; una hipertrofia que ha generado la cínica interacción entre moralismos y rentabilidad, la aceleración del ritmo de vida, la altísima frecuencia de acontecimientos que nos impactan mediáticamente y que nos congelan la capacidad de asombro, la generalización de los derechos sin la debida contraparte de deberes -lo liberal como libertinaje-, y una suerte de tiranía de la mayoría sobre la minoría, que lo iguala a todo por debajo dentro una única cultura multimediática y estética.

Bazun entonces, podría ser considerado un reaccionario para quien la democracia solo sería un avance si estuviese bajo la responsabilidad de una élite ilustrada, lo que nos recuerda el dilema sobre la validez y utilidad de una democracia abierta, donde el pueblo no siempre, o casi nunca, está capacitado para comprender a plenitud su responsabilidad cívica, en una sociedad donde el inmediatismo, la conveniencia a la mano, y tal vez el saber y temer que la vida es muy corta -y que solo ocurre una vez para cada uno de nosotros-, han exacerbado el vivir a salto de mata, o como decía en los años 90 el personaje Eudomar Santos de la telenovela Por estas calles de principios de 1990, interpretado por el genial Franklin Virguez: Como vaya viniendo, vamos viendo…¿Qué es lo que está pa ´sopa?

Este simplismo para abordar la rutina diaria ya no equivale al primitivismo de Barzun, sino que es una versión burda de lo que David J. Helfand -en su libro Survival Guide to the Misinformation Age– nos indica son los tres pilares básicos de todo ser vivo: comer, no convertirse en la comida de otro, y reproducirse; lo que para el ser humano de estos tiempos estraños se traduce en: ir a una venta de comida rápida, no meterse dentro de la jaula de una fiera en el zoológico, y cuadrar una cita a ciegas por internet.

Visión pesimista ciertamente, que presagia una catástrofe moral de primer orden –que en Venezuela ya ha ocurrido, además de la catástrofe material- y que una vez apartado por inútil el mismo refugio religioso, conllevaría a la desesperación, no solamente por el sin sentido de la vida misma, cuya esencia se resume en unos átomos que vienen de la nada universal, y cuyos choques al azar le permitieron asociarse en proteínas y genes, con el único objetivo de perpetuarse, sino por la misma alienación espiritual y material a la que la Ciencia nos ha aprisionado para siempre, porque retroceder en el saber humano no es posible, salvo una catástrofe planetaria que destruya gran parte de nuestra memoria documentada en soportes físicos –papel, roca y bits-, para devolvernos a ese estado primitivo, donde según Edward Wilson -en su reciente libro The Social Conquest of Earth- pondríamos de nuevo en práctica esa ley que establece que un individuo egoísta siempre prevalecerá sobre otro altruista, pero un grupo de altruístas siempre prevalecerá sobre uno de egoístas.

En síntesis, aquel papel como regulador geopolítico y como representante del pensamiento occidental que durante tres siglos ejercieron por etapas Francia, España, Alemania, Austria, Italia, Holanda, o Inglaterra, y desde 1945 EEUU, pareciera haber perdido fuelle y credibilidad una vez que la tecnología ha alienado, ha creado una sociedad frívola, y se ha entregado a las fuerzas del un mercado en una suerte de círculo vicioso imposible de romper.

A falta de algo mejor, en lo geopolítico la apuesta sigue siendo el sistema westfaliano, lo cual explica el acercamiento de Obama a Irán, y la consolidación de las relaciones comerciales con China, en un caso para ampliar el margen de acción política en Medio Oriente, y en el otro con relación a Rusia, cumpliendo así con su papel de equilibrista en un mundo multinuclear, en desmedro con el rol de policía ejercido hasta la presidencia de Bush II, y confirmando así su tendencia aislacionista, no solo por la convicción de muchos de sus ciudadanos sobre la inutilidad de las guerras más recientes, sino por la percepción de que están siendo invadidos por migrantes con culturas ajenas a la verdadera (?) naturaleza de EEUU, generando un debate irracional, histérico y demagógico.

En la actualidad es prácticamente imposible que en EEUU se imponga un aislacionismo como en el pasado, pero que en esta sociedad globalizada, dicha tendencia se plantee como una alternativa válida, no solo allí sino también en Europa, es un dato a tener en cuenta, porque el aislacionismo obliga a ser autárquicos, y de allí que en los siglos pasados las potencias de entonces se apoderaban de territorios para colonizarlos y disponer así de tierras de cultivo y yacimientos minerales para sus industrias; y porque Alemania se consolidó tarde como país y potencia, lo mismo que Italia y Japón, es que comenzaron los problemas que al final reventaron en dos guerras mundiales. Ahora el mundo es mucho más denso y más pequeño –en la ONU hay 193 delegaciones de países independientes, y no quedan territorios para colonizar-, por tanto, ese aislacionismo y su sustrato de nacionalismo como caldos de cultivo de la guerra son un elemento adicional de complejidad en estos tiempos extraños.

Por otra parte, si recordamos que junto a la legitimidad  –democrática o de facto– la estabilidad también depende del respeto a la autodeterminación de un gobierno o régimen, vemos que se presentan problemas no menos graves, porque con ese criterio Muammar Gaddafi y Saddan Hussein deberían haber seguido en el poder –ya es obvio el impacto negativo y el horror que se derivó luego de sus respectivas defenestraciones-. Con base a los principios westfalianos, nadie debería meterse en el detalle de la violación de derechos humanos en China, como tampoco interferir en la guera interna en Colombia, ni en el dominio cubano en Venezuela –aunque este último ejemplo es redundante, porque realmente nadie mete la mano para ayudar a los demócratas de este país-; en este sentido el sistema de Wesftalia es amoral. Y eso hay que asumirlo.

El detalle de dicha amoralidad es que cuando realmente se requiere solidaridad colectiva, entonces cada cual saldrá a buscarse la vida sin ninguna consideración por los demás; y el cambio climático será la confirmación de que la nada ética será la nueva ética, esto es, que el pensamiento occidental, luego de vivir cuatro éticas, ha dado la vuelta en redondo para volver la mirada a la Antigüedad para expresar su desesperación en aquella frase imperial que Yourcenar rescató en sus Memorias de Adriano:  “Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros”.

Hermann Alvino

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